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Inicio > Bitácora africana >

Ordoñez Ferrer, Carlos

Carlos Ordoñez Ferrer como él dice "Antes fui realizador de televisión. Ahora soy activista, viajero y escribidor. Es mejor para la salud" .

Colaborador de MUGA El Centro de Estudios y Documentación sobre Inmigración, Racismo y Xenofobia, MUGAK, impulsado desde SOS Arrazakeria, Organización que viene desarrollando su labor desde 1995.

Carlos Ordoñez Ferrer ha pasado nueve meses en Mozambique tiempo en el que ha escrito su blog Mozambiqueando que a partir de ahora podremos encontrar en nuestra página web

De vuelta a España realizó el Master "Información Internacional y países del Sur" de la Universidad Complutense de Madrid

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Zanzibar, por Carlos Ordoñez Ferrer

15 de septiembre de 2009.

Seguimos mozambiqueando fuera de Mozambique. En esta ocasión, incluso fuera del continente, ya que un avión nos llevó hasta la legendaria isla de Zanzíbar.

Desde el aeropuerto fuimos derechos al norte, a Nwungui. Una hora de bus nos dejó ante unas playas de no cerrar la boca. Arena fina y blanca, cocoteros, agua cristalina. Playas igual de hermosas bordean toda la isla. La característica de las del norte es que la marea no impide el baño en ningún momento. En otras zonas la marea baja tanto que por mucho que camines el agua no te sube de la rodilla. Un par de días ahí nos dejarían lo suficientemente relajados como para introducirnos más tarde en la ciudad conocida como Stone Town, la Ciudad de Piedra. Si el concepto de cruce de culturas tiene una imagen es esta ciudad. Hoy viven en aparente armonía. Antes no fue así. Y es que la hermosura de Zanzíbar demuestra cómo un infierno puede disfrazarse de paraíso.

Esclavitud

Este antiguo sultanato se encuentra a escasas millas de la costa. Fue un puerto estratégico en la historia del comercio. Un comercio avivado por los árabes huidos de las guerras islámicas allá en el siglo VII y por los persas. Y empujado por los vientos monzones que desde el comienzo de los tiempos han supuesto una organizada invitación de ida y vuelta desde más allá de la península arábiga hasta las costas del norte de Mozambique (vientos “kakazi” en swahili) con tejidos, cerámica, perlas. Y viceversa, es decir de sudoeste al noreste (“kuzi”). Esta vez con marfil, especias y más tarde … esclavos. Zanzíbar fue el punto de concentración del comercio son seres humanos que abatió África austral y que aún no ha sido reparado. Las expediciones se internaban hasta los montes de Kenia, las orillas del lago Malawi o Uganda. Se secuestraba mujeres, jóvenes y niños. Se mataba a los que no servían y se quemaba el poblado para no dejar huellas ni testigos y se emprendía un largo camino hasta Zanzíbar. A las mujeres se les permitía acarrear a sus bebés siempre que eso no impidiera que cargaran también lo que los expedicionarios les habían asignado. Normalmente marfil.

Zanzíbar concentró a los supervivientes de las expediciones. Allí, en el marcado de Stone Town se vendía a estas personas. Una mujer en buena forma física se compraba por el equivalente de 25 dólares. Y después, en el mercado de Omán se vendía por 100. No faltaba demanda. Y la oferta se conseguía a como fuera lugar. Holanda, por ejemplo necesitaba mano de obra para sus plantaciones en las Indias Orientales. Incluso se castraba a niños ya que un eunuco tenía mucho más valor en este macabro comercio. Ello supuso que en las calles de Stone Town murieran desangrados no pocas criaturas. En ese mercado ahora se levanta una catedral Anglicana. Al parecer, la primera que se construyó en África. En su sótano se conserva un par de celdas de la época. Aún cuelgan los grilletes. La entrada a la Iglesia cuesta 3.500 shilings. No conseguí entender dónde iba ese dinero. Tampoco comprendí si esa Iglesia en cuestión sacaba algún beneficio por estar encima de semejante lugar. Me pareció demasiado inmoral todo y dejé de indagar.

En su jardín hay una burda representación en piedra de 5 esclavos. De pronto llegó al lugar un batallón de turistas italianos. Mientras un guía negro les explicaba qué había sido ese lugar, algunos se dedicaban a fotografiarse junto a los esclavos petrificados. No pude más y me fui.

Pero regresemos al presente.

Comienzan las vacaciones

El hotel lo habíamos concertado un grupo de personas, todas mozambicanas menos nosotros y Klaus, un austriaco simpático, con una agencia de la isla llamada Exotic Tours. Y lo cierto es que la entrada fue bastante exótica. Viajar en “paquete” abarata los precios pero limita las opciones. El hotel al que nos llevó el bus, efectivamente estaba a los pies de una playa de ensueño. Punto. Eso era todo. Las habitaciones no estaban listas, el agua se negaba a salir, el cocinero se había largado, por lo que no había cena y lo peor de todo. El lugar estaba tan aislado que para salir y entrar necesitábamos un transporte que no existía. Y como no se trataba de ningún reto televisivo ni nada por el estilo organizamos una rebelión general. Algo que aceleró la amistad intergrupal. Exigimos todos en unión un lugar con mejores condiciones. Hubo resistencia por la parte organizativa. Pero ante la determinación de las masas comenzaron a ceder. Nos mostraron otro lugar algo mejor pero no nos gustó. Un grupo de cuatro se fueron por su cuenta en taxi y encontraron un buen lugar. Nos hicieron las reservas para todos y le dijimos a la agencia que se encargaran ellos de pagar. Funcionó. Estábamos a un paso del pueblo y lo mínimo funcionaba bien. Así que gafas de sol, pareo, libro, bañador y ahí comenzaron las vacaciones.

El turismo tiene su número de estrellas. Por lo visto, por estos lares se va de la uno a la cinco sin pasar por la 2, la 3 ni la 4. Es decir, del turismo en condiciones peores se va directamente al super lujo de 250 dólares la noche. Lo que encontramos fue de lo poco intermedio que existe. Los logde playeros suelen estar separados de la población local. En el mejor de los casos es mano de obra. Digo en el mejor de los casos porque es de la única manera de que les repercuta algo del turismo. Están los hoteles que tienen su guarda cada 50 metros para impedir cualquier “molestia aborigen”. Y están los que como el nuestro, Safina hotel, no impide la entrada a nadie y hay un cierto nivel de mezcla. Sobre todo de artesanos y gentes que tienen cosas para vender. Las playas eran para tumbarse y observar. Se me acercó Matías, un masai “Karibú habari!” ofreciéndome su artesanía. Era de Arusha. “¿Qué haces tan lejos de casa?” Le pregunté. “Aquí estoy para vender mi arte. Estamos varios hermanos. ¿Matías es tu nombre? Es que los masai somos cristianos, no musulmanes”. No sé lo que serán. Pero desde luego lo que sí son es bellos. De una belleza casi femenina. Altos, delgados. Los masai, el pueblo que nunca nadie esclavizó. Alimentan su leyenda conservando su atuendo. Algo que saben que gusta a los turistas. Cuando no hay turistas van igual, pero venden menos. Le compré una tobillera para mi chica. Cerca paseaba una familia de hindús mojándose los pies en la orilla y mujeres swahilis invitaban a pintar de henna en las manos blancas. Los turistas de logde de lujo de 250 dólares la noche se tienen que joder. Encerrados en sus jaulas de oro no pueden disfrutar de la comunicación con este mundo mestizo.

La noche vieja cenamos con Tenza (de Moçimboa da Praia, en Mozambique), su novio Klaus y una encantadora familia de la zona de Beira, Suset, su esposo Nino y los dos hijos, Nino de 11 años y Laila de 7. Cuando dieron las 12 de la noche (más o menos) abrimos una botella de champán y brindamos por el 2008 y la amistad. Bajamos a la playa donde unas ciento cincuenta o doscientas personas danzaban y se abrazaban al ritmo de la música. Una hoguera enorme iluminaba los cuerpos sudorosos blancos y negros. Así comenzamos el año, bailando alrededor del fuego y de la mano de la pequeña Laila.

Al día siguiente Edna y yo nos fuimos a Stone Town.

Dala-dala

Salimos a la carretera, estiramos el brazo y paramos un dala-dala. Se trata del transporte más popular de la isla. Es decir, el menos utilizado por los turistas de 250. Son unos camioncitos con un taburete corrido alrededor de su montacargas. ¿Cuanta gente entra? Pues depende de cuanta gente necesite viajar. Siempre hay sitio. Incluso cuando parece que ya no caben más culos sentados. Si el dala-dala se detiene y sube alguien, siempre encontrará un lugarcito. Se aprieta más lo ya apretado, se encogen músculos, el recién subido introduce una de las dos nalgas que utiliza como cuña y empujando al final todo encaja. En algún caso extremo que la cuña no funcionó y que el recién subido se sentó en el suelo, enseguida recibió una mochila de alguien para que se sentara encima. El dala-dala es el país más igualitario del mundo. El dinero para pagar el trayecto pasa de mano en mano hasta llegar al muchacho encargado de ello, que siempre viaja colgado del camión para no quitar ningún asiento. Cuando ven nzungus (blancos) en un dala-dala las miradas y las sonrisas descubren cierta sorpresa. Uno de los viajes en dala-dala lo hicimos de Stone Town a Bwejuu, al este de la isla, con una muchacha croata que hablaba swhahuli. Cuando le fueron a cobrar, de pronto, el precio se había incrementado. Precio nzungu. Ella dijo algo en swhahuli. La carcajada fue general al ver la cara de susto que puso el cobrador. El precio volvió a bajar. Sin venís a Zanzíbar viajar en dala-dala. Es el mejor transporte para el buen humor.

La Ciudad de Piedra

Al cabo de una hora y pico y varios controles policiales inofensivos llegamos a Stone Town. La idea era ir derechos al Garden Logde hotel. Eso no es posible. Las callejuelas de la ciudad lo impiden. Crees que vas en una dirección y en realidad vas en otra. Además también había que esquivar algún que otro insistente guía voluntario. Las callejuelas son un orgasmo para el sistema olfativo. Y para la vista. Las puertas de las casas son especialmente famosas. Son puertas de madera labradas con las inscripciones que el dueño considere. Hay casuchas a medio caer cuya puerta vale mucho mas que toda la casa. Los personajes que caminaban por este laberinto eran un muestrario de la variedad humana. En Stone Town más del 90 por ciento de su población es musulmana. Dejó de llamarnos la atención el rostro completamente cubierto de muchas mujeres. Recordé la razón mediática que años atrás dieron el gobierno de Estados Unidos y Gran Bretaña para invadir Afganistán. Liberar a las mujeres del burka. Bombardear es una forma muy curiosa de hacerlo. Al fin llegamos. En un sitio recomendable. 40 dólares habitación doble con desayuno y mosquitos incluido. Pero ¡es tan romántico dormir con mosquitera…!

Llegamos a la ciudad muchos años después de que lo hicieran los portugueses, británicos, holandeses… Zanzíbar siempre fue deseada por las colonias que veían en ella un apetitoso enclave geoestratégico para sus bussines. A finales del siglo XIX la isla, primera productora mundial de clavo, pasó a ser un protectorado británico. En 1963 la independencia llegó con otros vientos monzones. Los de la descolonización en África. Pero habían sido demasiados siglos de sufrimiento y dominación como para que muy poco después, una revuelta de la población local dirigida por el Partido Afro-Shirazi, no derrocara el Sultanato. En 1964 Zanzíbar se unió a la Tanganika de Julius Nyerere creando así la República de Tanzania.

Y ahí estábamos nosotros, callejeando por una calles rebosantes de historia. Inevitablemente los escaparates de las tiendas de artesanía nos atraían. Hermosos trabajos de madera, batiks y telas, bisutería para colgar de todos los lugares del cuerpo. Uf! En Pemba no hay todo esto. Nos saludaban por la calle con un indisimulado intento de ser conducidos a un hotel, a una tienda, para vendernos nueces, fruta, gafas de sol. Pero la gente era grata y para nada tan pesada como algunas guías dicen. Llevábamos días a tres idiomas, castellano, portugués e inglés. Y ahora aprendíamos palabras en swahili. Decir gracias o cuanto es o hasta luego en su idioma aproximaba mucho más que ninguna propina.

Además de perdernos entre las serpenteantes callejuelas que juegan a escondidas con el tiempo, visitamos algún museo. La “Casa de las Maravillas” o Beit el-Ajaib, donde se encuentra el Museo Nacional de Historia y Cultura fue nuestra primera visita. Se edificó en 1883 y tres años más tarde fue bombardeada por los ingleses para que constara que a ellos les molaba más otro sultán y no el que estaba. Cosas de la diplomacia. El lugar contiene muchas de las historias de la Historia de esta parte del mundo. Y su entrada la preside un dhow, un barco velero que se utiliza desde siempre en la costa índica africana y que hay quien asegura que se trata del navío más hermoso de la historia de la navegación. Otro lugar a visitar y que no es de los que más se destaca en las guías es el Antiguo Dispensario. Un hermoso edificio de arquitectura hindú cercano al puerto que alberga exposiciones de artistas locales. Entre ellas pinturas. Algo de lo que la isla está inundada. La afición a la pintura de las gentes de este lugar me recordó a la que también uno puede saborear en las calles de Quito. ¿Por qué un arte como la pintura va a ser exclusiva de exclusivas galerías?

La noche anterior de nuestro regreso a Mozambique teníamos una tarea pendiente. Debíamos ir a cenar a los Jardines Forodhani. Nos acercamos cuando el sol aún se mantenía a la vista. En los Jardines se congrega la población local y los turistas en una mezcolanza sugerente. Numerosos puestos de venta de pescado se intercalan con artesanía masai o con ventas de refrescos. Encontrar cerveza en las calles de la ciudad no es fácil. El Islam tiene sus normas. Ahí sin embargo se vendía sin problema. Los puestos de venta de pescado y marisco va añadido de una brasas para hacerlo en el instante y comerlo ahí en unos platos de papel. Me acerqué a Rashid, uno de los vendedores. “¿Puedo sacar una foto?” El hombre dudó. "Luego prometo venir aquí a cenar". Petición concedida. Quería sacar la foto antes de que se escondiera el sol. No quería usar flash. Aquí la tenéis.

Como aún era pronto nos fuimos al cercano Fuerte Cultural donde pensábamos escuchar música taarab, típica de Zanzíbar. El concierto había sido el día anterior, así que nos quedamos paseando entre sus locales de artesanía. Un batallón de mosquitos muy bien organizados nos preparó una emboscada. Salimos del lugar poco menos que corriendo y nos dimos de bruces con Rashid. “Usted me ha prometido…” “A eso veníamos” le dije. Y nuestra última cena en Zanzíbar fueron unos morunos a la brasa y cerveza Kilimanjaro en los jardines del puerto de Stone Town.

Cenamos en una mesita destartalada que había junto al puesto de Rashid. Charlábamos: El desastre de Kenia, los amigos lejanos, los días vividos aquí, los planes de Maputo, el trabajo de Edna, el mío, el blog, las familias, los proyectos… La despedida solar pintaba un cielo naranja sobre este infierno paradisíaco.



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