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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Un millón de hambrientos en un país rico en diamantes, por José Carlos Rodríguez Soto

15 de noviembre de 2013.

La República Centroafricana es uno de los principales países productores de diamantes. Botsuana también. En el primero, la esperanza de vida es de 45 años; en el segundo, se acercaba a los 70 antes de que el SIDA la hiciera descender bruscamente. En Botsuana la gente disfruta diamantes-de-africade sanidad y educación gratuitas, además de buenas carreteras. En Centroáfrica la moralidad infantil es alarmante, alrededor de la mitad de los niños no están escolarizados, y las carreteras casi no existen. Por si fuera poco, la semana pasada el Programa Alimentario Mundial de la ONU advertía que un millón de centroafricanos (el 20 por ciento de la población) estaban en serio riesgo de hambruna. ¿Por qué en un país africano los diamantes son fuente de prosperidad y en otro se convierten en una maldición?

La República Centroafricana –que además de diamantes tiene oro, uranio y bosques inmensos- podría ser la Suiza africana, pero es el segundo país más pobre del mundo. La raíz del problema hay que buscarla en un modelo de explotación existente desde los tiempos de la colonización francesa, según el cual las riquezas minerales son vistas como un negocio privado del que se benefician los que tienen cualquier tipo de poder de mangonear: políticos corruptos, grupos rebeldes e intereses extranjeros, y no como una fuente de recursos para proporcionar servicios a los ciudadanos del país.

Hace algunos años visité una cantera diamantífera en el Suroeste del país. El panorama que presencié era para deprimir a cualquiera: hombres metidos en pozas de agua hasta la cintura que se dejaba los ojos en la criba con la que removían la arena que extraían del fondo mientras eran vigilados por guardias con fusiles. Ninguno de ellos recibía un salario. El que tenía la suerte de encontrar un diamante lo llevaba al jefe, el cual después de pesarlo le daba una comisión (tras descontarle lo que el trabajador adeudaba por la comida cotidiana). Hartos de realizar trabajos tan pesado, el afortunado se dirigía inmediatamente al campamento adyacente donde durante los dos días siguientes ahogaba sus penas en alcohol y prostitución. El misionero que me llevó allí me comentó, con tristeza, cómo la mayoría de los trabajadores volvían a sus casas al cabo de unos meses, enfermos, alcoholizados y sin nada en el bolsillo para sus familias. Poco ha cambiado desde entonces el sistema de explotación de los diamantes.

Minas artesanales como ésta se encuentran en numerosos lugares en el Noreste y el Suroeste del país, donde hay ríos en cuyos lechos los diamantes son bastante accesibles. No todo el mundo sale perdiendo en este trabajo. Un jefe de una estas compañías que están en el terreno y que obtenga un diamante de un quilate, tras pagar al trabajador unos cien dólares puede revenderlo a una oficina en Bangui por 500 o 600 dólares, y una vez tallado convenientemente el valor de la piedra puede multiplicarse por 10.000. Un país como Centroáfrica donde desde hace décadas el Estado es prácticamente inexistente, actúa como un imán que atrae a todo tipo de mafias, aventureros, oportunistas y delincuentes que esperan ganar dinero de forma fácil y acelerada con esta turbia actividad.

Y los primeros que se han aprovechado de esta situación han sido los dirigentes del país, todos los cuales han modificado las leyes sobre el comercio de los diamantes para fomentar sus intereses privados. Desde su independencia, en 1960, estar en la política centroafricana nunca se ha visto como una responsabilidad de proveer servicios para los ciudadanos y protegerlos, sino como una forma de enriquecerse. El “emperador” Bokassa utilizó los diamantes para asegurarse la protección de su padrino francés Valéry Giscard D’Estaign. Ange-Félix Patassé, que fue presidente entre 1993 y 2003, se aprovechó de su posición para hacer prosperar su propia sociedad minera. François Bozizé, nada más llegar al poder por la fuerza en 2003, reemplazó a todos los funcionarios del sector minero por personas de su etnia Gbaya. Durante sus últimos años en el poder, hizo negocios personales con el presidente sudafricano Jacob Zuma para que las sociedades mineras de Sudáfrica se beneficiaran de nuevas concesiones, a cambio de una presencia militar de soldados sudafricanos para su propia protección personal, algo que acabó en un estrepitoso fracaso después de que al menos 15 de estos militares murieran cuando los rebeldes de la Seleka entraron en Bangui el pasado 23 de marzo.

El resultado de este mal hacer es que los recursos diamantíferos, que podrían haber proporcionado un nivel de vida digno para los centroafricanos, no han servido nunca para asegurar servicios básicos como salud, seguridad, educación y transportes. Los últimos en beneficiarse de esta situación han sido los rebeldes de la Seleka, que tomaron el poder en marzo de este año. Cuando, en 2008, Bozizé lanzó la operación “Closing Gate” para confiscar los diamantes disponibles en las oficinas de compra-venta del país, los negociantes que estaban en este sector se echaron en brazos de los rebeldes, que de este modo obtuvieron una buena fuente de financiación para poder lanzar su insurgencia. En mayo de este año, la República Centroafricana fue suspendida oficialmente del llamado “Proceso de Kimberley”, el protocolo internacional que intenta asegurar que los diamantes que circulan en el mercado mundial no proceden de lugares donde su comercio sirve para financiar a grupos armados.

La consecuencia de esta suspensión es que en el país hay actualmente un embargo que impide comerciar con estas piedras preciosas. Sin embargo, ya antes de la guerra se calculaba que el 20 por ciento de la producción de diamantes salía ilegalmente del país: hacia naciones vecinas, como Camerún y Chad, pero también hacia Europa y Oriente Medio, sobre todo por intermediarios con el privilegio de utilizar valijas diplomáticas. Un periodista danés, Mads Brügger, se hizo famoso en 2010 con un documental (“The Ambassador”) en el que mostraba cómo él mismo se hizo pasar por cónsul de Liberia en Bangui y gracias a su estatus consiguió contactos en altas esferas que le permitieron estar en una posición de traficar con diamantes de forma ilícita a países europeos.

El International Crisis Group publicó en 2010 un extenso informe sobre el tráfico de diamantes en Centroáfrica. El documento, titulado “Dangeous Little Stones”, no tiene desperdicio. Mientras tanto, la República Centroafricana tiene aún enormes reservas de estas piedras preciosas. Ojalá en el futuro el país encuentre dirigentes honrados que tomen acciones decisivas en este sector para que deje de ser el segundo país más pobre del mundo y sus recursos sirvan, como en el caso de Botsuana, para servir las necesidades de la población, y no para añadir más a sus sufrimientos.

Original en : En Clave de África



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