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Somalia se hunde aún más en su desesperación
10/12/2008 -

Mientras el mundo se centra en la piratería presente en las proximidades de su costa, el Estado fallido está siendo destrozado por la violencia. Zam Zam Abdi huyó de Mogadiscio después de que recibiera amenazas de muerte por parte de la milicia integrista de Al-Shabab.

El mensaje del grupo armado, que una vez estuvo aliado con la Unión de Tribunales Islámicos, la coalición que ostentó el poder brevemente en 2006, era simple: si continuaba trabajando en la capital de Somalia para su organización, que lucha por los derechos de las mujeres, sería asesinada. Colocaron la advertencia en la puerta de su oficina. Pero lo que la persuadió para escapar fue lo que le ocurrió a un amigo y compañero que trabajaba para otra organización. Le dispararon hasta que murió y dejaron la misma nota sobre su cuerpo.

“Muchos de nosotros tuvimos que irnos”, declaró Zam Zam Abdi. “Recibíamos correos y llamadas en las que se nos decía que dejáramos de trabajar. Usaban una expresión famosa en Somalia: Falka aad ku jirtid maka baxeeysa. May ama haa? Significa: “Deja de hacer lo que haces o actuaremos. ¿Sí o no?”.Luego alguien habló en la radio, un líder local llamado Sheik Mahmoud y comunicó la misma advertencia.

Zam Zam, de 28 años, distingue el caos y la violencia que han azotado a su país desde que derrocaron al presidente Mohamed Siad Barre en 1991 en el “Mogadiscio ordinario” y el “Mogadiscio no ordinario”. El estado “ordinario”, según la definición de Zam Zam, describe la persistente guerra de clanes de su país, incluso la intensa violencia que hubo en la ciudad que la obligó a irse con su hija cuando las tropas etíopes, que apoyaban el gobierno reconocido internacionalmente, sitiaron su barrio en 2006 para derrocar a la Unión de Tribunales Islámicos después de haber estado seis meses en el poder.

En la violencia y el caos ordinarios Zam Zam y sus compañeros de trabajo podían seguir trabajando si negociaban con los caudillos de los clanes. Al igual que las Naciones Unidas, Zam Zam cree que lo que está ocurriendo ahora es algo diferente. Algo terrible, incluso peor que los días caóticos y teñidos de sangre de principios de los años 90, cuando Somalia se vio inmersa por última vez en la anarquía.

Mogadiscio simboliza lo que está pasando. Una gran parte de la población, ya sin trabajo, hambrienta y sobreviviendo gracias a la ayuda humanitaria, ha huido de los enfrentamientos entre el grupo guerrillero de Al-Shabab y las fuerzas del débil Gobierno del país, apoyado por sus aliados etíopes.

Asesinos, secuestradores y suicidas acechan en las calles. Y Al-Shabab amenaza con controlar el sur y el centro del país.

Si lo que está ocurriendo es un desastre, es un desastre que el mundo apenas percibe. Incluso cuando no sólo los que trabajan por los derechos humanos han sido atacados. Funcionarios, políticos, periodistas, cualquiera que no comparta el punto de vista de la milicia de Al-Shabab ha sido amenazado y asesinado, en la mayoría de los casos por tener ideas occidentales. “Cuando los líderes de la Unión de Tribunales Islámicos huyeron en 2006, Al-Shabab se volvió mucho más independiente” dice Zam Zam.

Los trabajadores humanitarios se encontraron con más problemas cuando uno de los líderes de Al-Shabab, al que se le acusaba de ser miembro de Al-Qaeda, fue asesinado en un ataque aéreo de EEUU a finales de primavera en la ciudad de Dusa Mareeb.
“Cuando EEUU atacó la guarida de Al-Shabab comenzaron a considerarnos como espías de Occidente. Si nos detenían, pedían ver nuestros portátiles antes de dejarnos ir para saber qué información teníamos en ellos”.

Aunque el mundo se ha centrado en el problema de la piratería que afecta al Golfo de Adén, el secuestro de barcos no es más que uno de los síntomas de una enfermedad muchísimo más grave.

Es un síntoma de un Estado completamente fallido y del abandono de la comunidad internacional frente al problema de Somalia excepto en lo que afecta a sus intereses: en términos del comercio y la navegación y la lucha contra el terrorismo de Occidente y, a una escala más local, de los intereses regionales de Etiopía y Eritrea.

Hace no mucho, no obstante, el presidente de la Comisión de la Unión Africana, Jean Ping, insistió en algo de lo que muchos están convencidos: el problema de la piratería es indisociable de los problemas políticos y de seguridad de Somalia. “La piratería es una extensión marina del problema al que nos enfrentamos en tierra [...], es un aspecto importante de todos los desórdenes que están presentes en el territorio somalí”, declaró.

Somalia no es tanto un estado fallido como uno pulverizado. Un 43% de la población necesita ayuda humanitaria urgentemente, cerca de 3.2 millones de personas, de acuerdo con los últimos cálculos. Hay 1.3 millones de desplazados internos, 100.000 de ellos huyeron de los conflictos de Mogadiscio desde principios de septiembre. La inflación llega al 1600%. Uno de cada seis niños del sur o el centro de Somalia sufre extrema malnutrición.

Docenas de trabajadores de ayuda humanitaria, la mayoría de ellos de la zona, han sido asesinados este año, principalmente por miembros de Al-Shabab. Según Al-Shabab, incluso los somalíes que aceptan dinero de la ONU, están de acuerdo con los intereses occidentales y por eso también son enemigos que deben ser aniquilados.

Se han producido ataques suicidas en Mogadiscio y otros lugares, algo que nos es más que un síntoma de una sociedad extremadamente violenta. Existe un conflicto religioso entre las facciones de los Tribunales Islámicos aliados a Al-Shabab y aquellos que éstos consideran que no son suficientemente islámicos. Asimismo encontramos los sempiternos conflictos entre clanes, en cuyo centro está la rivalidad entre el grupo de los Hawiye y el de los Darod. A esto hay que añadir la lucha entre el gobierno federal apoyado por Etiopía y los Tribunales Islámicos.

Estos conflictos se acentúan por la compleja rivalidad existente incluso dentro de las facciones islamistas y que ha enfrentado a la milicia de Al-Shabab (literalmente “La Juventud”) con la facción más moderada de Yibuti. Por si fuera poco, esto ha conllevado la proliferación de actividades delictivas, piratería, contrabando y tráfico de personas; parte de esto relacionado con grupos como Al-Shabab. El caos ha atraído a extranjeros que luchan por la yihad. El resultado ha sido un completo desastre.

“La situación es muy grave”, afirma un hombre de negocios de Mogadiscio que habla con “The Observer” pidiendo no ser identificado por miedo a ser perseguido por los grupos rivales.

“Gran parte de la población ha huido de la ciudad. Algunas zonas han quedado desiertas y son muy peligrosas. No hay empleo. Las personas sobreviven gracias a la comida que ofrece la ayuda humanitaria. Otros consiguen dinero porque se lo envían los familiares que se encuentran en otros países. Los militares fieles al Gobierno están saqueando. Roban móviles y cometen otros delitos. Además, existen diferentes facciones de la resistencia que se hacen llamar como la Unión de Tribunales Islámicos o la Yihad Islámica. La semana pasada Al-Shabab tomó dos ciudades más. Esta es la peor situación desde que comenzó la guerra civil”, añadió. “No sabes quién puede atacarte o matarte”.

A pesar de los avances que ha hecho Al-Shabab en el campo de batalla, no considera que el período de calma y orden del que disfrutó Somalia en 2006 cuando los Tribunales Islámicos se hicieron con el poder se repetiría si los grupos islámicos ganaran una vez más. “Esta vez será peor”, dijo, “La Unión de Tribunales Islámicos sustituyó a los caudillos de los clanes pero no tenían ideas para el futuro y se les echó. Esta vez los grupos islámicos lucharán entre ellos. Esta vez tendremos caudillos islamistas. Lucharán y se complicarán los problemas.

La tragedia de Somalia es un asunto lento, mortífero y divisivo que se ha ido implantando durante años desde la caída del Estado socialista que fundó Siad Barre en 1991. Sus raíces, al menos en parte, se encuentran en su desastrosa guerra para controlar la región de Ogaden de Etiopía, una aventura que llevaría a una derrota final para las fuerzas somalíes y el comienzo de la larga historia de interferencia de Etiopía en Somalia y que armó a los caudillos que derrocaron a Siad Barre.

A pesar de haber acabado con el régimen dictatorial, los clanes rivales responsables de su derrocamiento no llegaron a un acuerdo para reemplazarlo, lo que llevó al colapso social y a la anarquía. El resultado fue un país que, al enfrentarse a la hambruna, no era capaz de seguir adelante, lo que conllevó a la muerte de más de un millón de personas.

Mientras que el resto del mundo conoce Somalia por la intervención de tropas estadounidenses y pakistaníes como parte de la “Operation Restore Hope” de 1993, para los somalíes la historia del país ha estado marcada por luchas entre clanes y repetidos intentos fallidos (14 hasta la fecha) de establecer un gobierno cuyas leyes se apliquen en todo el país.

El esfuerzo más reciente fue el que estableció el Gobierno Federal de Transición en Yibuti en 2004 cuya autoridad se vio rápidamente cuestionada por los Tribunales Islámicos, que surgieron de la ciudad de Kismayo y buscaban imponer una interpretación estricta de la sharia (ley islámica) antes de que fueran echados por las tropas etíopes que intervinieron en nombre del Gobierno Federal de Transición.

Aunque el gobierno de los Tribunales Islámicos para la mayoría de los somalíes haya sido un período de calma relativa, lo que ha ocurrido desde ese momento ha llevado a Somalia a una nueva catástrofe. A pesar del acuerdo de paz alcanzado entre una de las facciones de los Tribunales Islámicos y el Gobierno Federal de Transición la antigua milicia de los Tribunales Islámicos, Al-Shabab se ha dividido. La facción más militante es responsable de la mayor parte de la violencia, en particular aquellos que quieren el liderazgo de Sheik Hassan Dari Aweys, un integrista que se cree que tiene contacto con Al-Qaeda.

El resultado que los somalíes temían ya ha ocurrido en grandes zonas de la parte sur y central y de Somalia, que han caído bajo el control del movimiento islamista reinventado. En los últimos días se han hecho con dos ciudades cercanas a la capital, incluyendo Elasha, que se encuentra a nueve millas al sur de Mogadishu. En Elasha ya ha habido enfrentamientos violentos entre los grupos islamistas rivales.

En otros lugares, Al-Shabab está consolidando sus victorias, incluyendo en Marka, la capital de la región Shabeellaha Hoose. Multar Robow, conocido como Abu Mansur y portavoz de Al-Shabab, le comunicó a una multitud que el grupo había conseguido proteger la región de extranjeros y criminales.

Según la emisora Radio Garowe, del norte del país, Abu Mansur dijo que Al-Shabab había intentado establecer un tribunal islámico para administrar justicia y añadió “No permitiremos que los ciudadanos vuelvan a ser oprimidos”.

Militarmente, es una situación tan dura para las fuerzas del Gobierno Federal de Transición y sus aliados etíopes que el presidente Abdullahi Yusuf Ahmed admitió hace unas semanas que los islamistas controlan ahora la mayor parte de Somalia y dejó entrever que su Gobierno podría venirse abajo completamente. “Solo estamos en Mogadiscio y Baidoa, donde hay guerra todos los días”, declaró.

Esto suscita una pregunta: ¿Utilizará Al-Shabab su ventaja para intentar tomar Mogadiscio otra vez? Todo parece indicarlo después de que, hace unos días, la capital viera uno de los tiroteos más feroces de las recientes semanas cuando los islamistas atacaron la casa de un funcionario del gobierno local y provocaron 17 muertos.

Las facciones islamistas en las recientes semanas se han vuelto más osadas: su portavoz en Mogadiscio da nuevas conferencias regularmente y se llevan a cabo flagelaciones en las partes de la ciudad que controlan, mientras que hace pocos meses tenían cuidado para que no se les viera públicamente.

El miedo de lo que ocurriría si los islamistas tomaran la capital e impusieran la sharia en el sur se intensificó con un único incidente que tuvo lugar a principios de noviembre, la lapidación por adulterio de una niña de 13 años que fue violada, Aisha Ibrahim Duhulow, en Kismaayo. “Sabes hasta qué punto está empeorando la situación”, subrayó Zam Zam, “cuando una niña de 13 años es lapidada. En ese momento sabes que da muchísimo miedo”.

“Somalia y Mogadiscio se encuentran en medio de una crisis política, humanitaria y de seguridad”, dijo Asha Ají Elmi, ministra, activista y delegada del proceso de paz dirigido por la ONU, que huyó antes de las maniobras de las tropas etíopes en 2006. Asentada ahora en Nairobi, está en contacto diario con personas de Somalia.

“Me hablan de una situación precaria, y son los civiles los que pagan un precio más caro, especialmente los niños y las mujeres. Es increíble. Hay desplazados internos por todos sitios. No hay ningún lugar seguro”.
Se opone terminantemente a cualquier intento de imponer una solución militar en su país. “La solución es política. Requiere diálogo. Es el único símbolo de la esperanza. Una solución militar no puede ser la respuesta al problema. Todos los que han intentado resolver los problemas de Somalia por la fuerza han fracasado”.

Un historia corta y sangrienta

1960. Gran Bretaña se retira de la Somalilandia británica permitiendo así la unión con la Somalilandia italiana. El nuevo país se conoce como la República de Somalia.

1969. Un golpe de Estado llevado a cabo por Mohamed Siad Barre marca el comienzo de un período cada vez más dictatorial.

1977. Siad Barre invade el territorio etíope con el fin de crear una Somalia mayor. La Unión Soviética y Cuba apoyan a Etiopía. Siad Barre es derrocado por caudillos, mayoritariamente del sur, armados y apoyados por Etiopía. El país se ve inmerso en una lucha entre facciones. En mayo, los clanes del norte declaran una República de Somalia independiente.

1993. Al enfrentarse a una hambruna extrema, la ONU lleva a cabo un plan humanitario dirigido por tropas estadounidenses y pakistaníes. Burlada por el General Mohamed Farah Aideed, la misión sufre víctimas, incluido el episodio que se describe en Black Hawk Derribado, cuando 17 soldados estadounidenses fueron asesinados, y la misión de la ONU se retira en 1995, coincidiendo con el comienzo de la retirada estadounidense.

2004. El proceso de paz de dos años concluye con el establecimiento del Gobierno Federal de Transición. No consigue nunca ostentar una verdadera autoridad.

2006. Una coalición de hombres de negocios, religiosos y milicias conocida como la Unión de Tribunales Islámicos llega al poder. Etiopía, estimulada por EEUU, interviene para apoyar al Gobierno Federal de Transición y echa a los Tribunales Islámicos, alegando que son aliados de la red de Al-Qaeda en África occidental.

2008. Con los líderes de la Unión de Tribunales Islámicos en el exilio, un movimiento islamista que resurge, centrado en los integristas de la milicia de Al-Shabab, va ganando terreno en el país y amenaza Mogadiscio y Baidoa en noviembre.

(Mail & Guardian, Suráfrica, 23-11-08)

Traducido por Laura Betancort, alumna de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid Traducción /Interpretación, colaboradora en la traducción de algunos artículos.


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