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Inicio > REVISTA > Opinión >

RD Congo: hacia una paz falsa
21/11/2008 -

“El conflicto no está acabado, está sólo en una paz falsa”. Recojo este diagnóstico certero que la religiosa Presentación López Villar expresó días pasado en una rueda de prensa, tras regresar a España sin sus dos pies, cercenados por una bomba en la zona de Rutshuru, en el este de la R.D. del Congo. Además de compartir su opinión, deseo rendir homenaje a su entrega y coraje, ya que aspira a regresar al Congo en cuanto le implanten unas “prótesis”.

Se trata de una paz falsa, no sólo porque el alto el fuego es permanentemente roto con escaramuzas más o menos sangrientas, sino porque no se quiere abordar de frente ni desenterrar las raíces de la guerra. Los congoleños, clase política, sociedad civil, prensa, Iglesias, están plenamente convencidos de la existencia de un complot, cuyo objetivo más visible sería el control y explotación de sus inmensas riquezas y, aunque más disimulado, la remodelación de las fronteras de su inmenso país: la balcanización del mismo. La guerra actual no sería más que el tercer capítulo de una misma estrategia iniciada ya en 1997.

Las diversas “guerras de liberación” han partido siempre de los Kivus, con implicación directa de los ejércitos de Uganda y Ruanda, países vinculados a la política de EE.UU. y Gran Bretaña en la zona de los Grandes Lagos. Desde 1998 hasta 2003, la mitad del territorio de la RDC fue ocupado, administrado y saqueado por movimientos rebeldes apoyados por Uganda y Ruanda, en una guerra en la que participaron también numerosos países africanos en socorro al gobierno de Kinshasa. Los acuerdos de Pretoria en diciembre de 2002, el reparto del poder entre beligerantes y las elecciones de 2006, parecían poner punto final a una guerra, cuyo trágico balance había sido la muerte de más de 4 millones de personas. En los Kivus, los resultados electorales fueron elocuentes: triunfo arrollador de Joseph Kabila y severo castigo en las urnas a las personalidades y fuerzas políticas aliadas y colaboradoras con las armas ruandesas.

Comenzaba la difícil tarea de reconstrucción de un país devastado. Tarea que hasta ahora se ha demostrado imposible. La desidia y corrupción en el poder permanecen. El ejército más que garante de la seguridad y defensa del país se parece a las tristemente célebres FAZ (fuerzas armadas zaireñas de Mobutu), expertas en perder batallas y en saquear a los ciudadanos. Sin embargo, la responsabilidad de cuanto sucede actualmente no está en la debilidad e ineficacia, evidentes, del gobierno.

El general Laurent Nkunda es el gran desestabilizador del Kivu. ¿Quién es ese nuevo libertador del Congo, ese señor de la guerra ahora vestido con corbata? De 1990 a 1994 luchó en el entonces ejército rebelde del actual presidente ruandés Paul Kagame. En 1996, enrolado de nuevo en el ejército ruandés, participó en la instalación de Kabila padre en Kinshasa, no sin antes haber aniquilado a cuantos ruandeses hutu encontró en su camino. De 1998 a 2003, colaboró en la ocupación y control de los Kivu por parte de Ruanda. Tras los acuerdos de Pretoria, rechazó integrarse en el nuevo ejército congoleño y mantuvo activo un numeroso grupo de rebeldes que controlan zonas mineras, de las que parten hacia Kigali camiones y avionetas cargados con el fruto del expolio. Ha justificado su rebeldía y actividad armada por la necesidad de proteger a la minoría tutsi congoleña y de combatir a los grupos rebeldes hutu ruandeses. El boicot por su parte de todos los acuerdos o programas de pacificación adoptados hasta ahora ha sido una constante. Pesa sobre él un mandato de arresto internacional y los diputados nacionales de la región han presentado contra él una querella ante la Corte Penal Internacional.

Este delincuente perseguido por la justicia se ha convertido en pieza clave de la paz. Se declara decidido a “liberar totalmente el Congo”, “permite” que se establezcan corredores de asistencia humanitaria a poblaciones que él ha obligado a huir de sus aldeas, y los medios occidentales se disputan sus declaraciones, presentándolo como factor de solución y no como causante de la tragedia. . Mientras tanto, los congoleños constatan con cólera que, una vez más, las fuerzas de la ONU incumplen su misión de proteger a la población civil y de neutralizar a los rebeldes. La indignación ha aumentado al ver al enviado especial de la ONU, el nigeriano Olusegun Obasanjo, en diálogo amistoso con el rebelde. Éste no ha desperdiciado la ocasión para reclamar una negociación directa, de tú a tú, con el gobierno (urnas frente a armas) y para plantear una reivindicación que hasta ahora permanecía en el ámbito de la sospecha: la renegociación de los acuerdos que el gobierno de Kinshasa ha firmado con China. Era evidente la irritación y hasta desconcierto provocados por la irrupción de China, necesitada y ávida de materias primas, en el Congo, coto hasta ahora reservado para negocios de empresas occidentales. Se despeja la sospecha y aparece la evidencia: tras las aventuras guerreras de Nkunda estaría la mano larga de las multinacionales, que ven en China un indeseable competidor.

Es urgente, en primer, el reforzamiento de las fuerzas de ONU (¿por qué no con el envío de un contingente europeo, como se reclama desde las ONG?) y un mandato explícito para neutralicen a los grupos rebeldes y el apoyo militar y logístico que reciben del exterior El gobierno de Kinshasa debe ser respaldado por la comunidad internacional en la defensa de su soberanía y de la integridad de su territorio. Sin embargo, si no se persigue la explotación ilegal de los recursos que financian los conflictos, si no se controlan las exportaciones de minerales, si no se pone orden en el ejército congoleño, si los crímenes contra la humanidad siguen impunes y los responsables de los mismos se disfrazan de hombres de paz, ésta no dejará de ser un engaño.

Ramón Arozarena

19 de noviembre de 2008


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