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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Paradojas de la vida: cuando el fin de una guerra hace subir el paro, por José carlos Rodríguez Soto

31 de mayo de 2010.

Hace un par de meses, cuando estuve por el norte de Uganda, me llamó la atención la cantidad de jóvenes y no tan jóvenes a los que yo había conocido en diversas ONG que se quejaban de haber perdido sus puestos de trabajo. Hace pocos días tuve ocasión de darme cuenta de la amplitud de este fenómeno cuando leí en internet algunas informaciones de la prensa ugandesa, que cifraba en varios cientos las personas que habían pasado a esta situación de desempleo.

Paradojas de la vida, la razón de que los números de parados hayan aumentado en este rincón de África se debe a algo que en sí mismo no podría ser más positivo y alentador: el hecho de que desde hace dos años se ha terminado la guerra que asoló este lugar desde 1986 y que causó el desplazamiento de dos millones de personas, el secuestro de 40.000 niños y otros muchos desastres sin cuento que causaron un sufrimiento extremo entre la población. Lo que para la gente normalita ha sido un gran motivo de enorme alegría, para otros ha supuesto la poco envidiable situación de ver el final de su puesto de trabajo, ya que como consecuencia del fin del conflicto la mayor parte de las ONG que operaban en el norte han visto reducidos sus fondos, han ido poniendo fin a sus programas y se han retirado. A las puertas de las pocas ONG que quedan en el norte de Uganda llaman cada día decenas de solicitantes de empleo, que buscan un puesto de trabajo como contable, chófer, trabajador social, logista o técnico en proyectos.

Precisamente durante aquellos años trágicos recuerdo haber leído el libro “Do No Harm” (“No hagas daño”), un manual clásico de ayuda humanitaria (de la que no me consta que exista traducción al castellano) que ofrece abundantes ejemplos de las contradicciones de la ayuda humanitarias en lugares en conflicto. Uno de los temas candentes que señalaba esta obra es precisamente el de los puestos de trabajo, generalmente bien remunerados, que generan las acciones de ONG y organizaciones humanitarias de Naciones Unidas en zonas de conflicto. Cuando estas organizaciones llegan a un lugar azotado por una guerra, tienen que poner en marcha una estructura que requiere personal que la haga funcionar. Quienes consiguen un empleo de este tipo tienen asegurado un sustento, en muchos casos más que holgado, y de forma indirecta se puede terminar creando un nutrido grupo de personas para los que el fin de la guerra significaría la pérdida de esta posición.

Si además ocurre, como no es infrecuente en zonas de conflicto, que algunas o muchas de estas personas tengan familiares en alguno de los grupos armados que combaten, puede llegar un momento en que se crea una base social de personas que no quieren que se termine la guerra. Si además viven en alguna de esas ciudades que son una isla de seguridad en medio de un mar de violencia, se encuentran en una posición cómoda viendo pasar la guerra en una oficina detrás de un ordenador sin pisar nunca una zona insegura. Yo mismo he sido testigo en el norte de Uganda de cómo uno de las dificultades a la que nos enfrentábamos los mediadores en el conflicto era el hecho de que al mismo tiempo que nosotros animábamos a los rebeldes a dejar las armas, algunos de sus familiares y amigos que se beneficiaban de la situación les exhortaban a todo lo contrario: a no ceder, no negociar y seguir realizando ataques. Detrás de esto se escondían los intereses de quienes veían peligrar sus posiciones si las armas se callaban.

No quiero decir con esto que todos los empleados de NGO en cualquier zona de conflicto tengan arte ni parte en la continuación del mismo, pero sí que basta que haya unos pocos que asocien la continuación de una guerra con la seguridad de sus posiciones ventajosas para que este pueda ser uno de los factores que pueda prolongar un sufrimiento innecesario. Hay muchas más ocasiones de las que nos imaginamos en las que una acción humanitaria puede crear, indirectamente, un daño a la gente de a pie. Sólo un cuidadoso análisis de las consecuencias de las intervenciones que se realizan en zonas de conflicto, con referentes éticos, puede evitar que se terminen creando embrollos de este tipo



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