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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Mis compañeros centroafricanos no quieren ir de vacaciones. por José Carlos Rodríguez Soto

19 de marzo de 2014.

Mis nueve compañeros centroafricanos del proyecto en el que he trabajado durante los últimos meses con el Consejo Danés para los Refugiados no quieren ni oír hablar de vacaciones. Lo escuché durante una reunión hace poco más de dos semanas, en vísperas de mi viaje de vuelta de .Bangui a Madrid y no pude evitar un estremecimiento. Nuestro coordinador recordó al personal local que debían organizarse para tomar una semana de vacaciones cada uno durante el mes de marzo. Ninguno de ellos puso buena cara. Al final, Justin, que siempre es el más decidido, levantó la mano y habló a las claras: “¿Y es obligatorio que nos quedemos sin venir al trabajo durante una semana?”

El coordinador debió de pensar que tal vez se había explicado mal, por eso aclaró que “son vacaciones pagadas, así que tranquilos, que al final de mes seguiréis recibiendo el mismo salario”. Pero no se trataba de eso. La objeción de Justin y del resto de los compañeros iba por otros derroteros. Así lo explicaron:

“¿Una semana en casa? Por favor, todos los días en mi barrio hay disparos, rumores de ataques de los “anti-balaka”, saqueos… nadie está tranquilo en su casa. En cuanto hay cualquier incidente, coges los pocos bártulos que puedes y te vas a la parroquia, donde esperas pasar el día con algo más de seguridad. Por lo menos cuando venimos a la oficina pasamos nueve o diez horas más tranquilos, podemos conectarnos a internet, hablar de otras cosas…” Justin y los otros ocho no añadieron –tal vez porque les podía dar algo de apuro- que durante las actividades del día tenían también la oportunidad de comer bien. Añadir una comida extra durante el día, casi siempre con carne o pescado, no es baladí en un lugar como Bangui donde la mayor parte de la gente come una vez al día, y a veces ni eso.

Los responsables de la ONG estaban, durante las últimas semanas, intentando encontrar a algún especialista que pudiera ayudar al personal (unos 80 empleados, sólo en la capital) a beneficiarse de cuidados para curar el estrés y el trauma. Durante los meses de diciembre, enero y febrero, más de la mitad de mis compañeros han pernoctado con sus familias en lugares para desplazados, en parroquias o en el aeropuerto, donde pensaban que se encontraban algo más seguros que en barrios donde de día y de noche se podían escuchar disparos, y no raramente, detonaciones de granadas y cohetes que cuando menos se pensaba podían degenerar en auténticas batallas campales. Milicias anti-balaka, restos de los odiados Seleka, soldados chadianos, y bandas armadas de delincuentes que se aprovechan de la ausencia de la autoridad del Estado en medio del caos, llevan varios meses sembrando la inseguridad, sobre todo en los barrios del norte de la capital, los más poblados y también los más pobres. A veces hay un periodo de dos o tres días de relativa calma, que casi siempre es seguido de otro periodo de violencias en donde menos se piensa uno.

Por eso no me extrañó cuando oí a mis compañeros decir que preferían no tomarse vacaciones. En la oficina, situada en un barrio bastante seguro, se está mejor, y puede uno pasar varias horas al día en un ambiente más relajado. Me pareció un indicador que revela la angustia que ellos, como el cerca del millón de habitantes de Bangui, viven a diario desde hace bastantes meses. Y en muchos lugares del interior del país la gente está mucho peor. Miles de musulmanes viven aún con la tensión insoportable de saber que pueden ser atacados por las bandas de los milicianos anti-balaka en cualquier momento, y en los lugares donde la Seleka sigue campando por sus fueros, la población civil sigue sufriendo abusos y extorsiones a diario. En muchos casos, el único lugar al que pueden escapar es al bosque, y con la llegada de las primeras lluvias durante estos días quedarse en lugares donde no hay cobijo es exponerse a contraer el paludismo, que en el caso de los niños puede ser mortal.

En Centroáfrica hay actualmente 2.000 soldados franceses de la Operación Sangaris y 7.000 tropas de la Unión Africana, procedentes de los contingentes que han enviado varios países, pero aunque algunas zonas del país –la capital incluida- conocen paulatinamente algo de mejora en la seguridad, la situación está muy lejos de normalizarse. Cientos de miles de centroafricanos siguen viviendo como desplazados, a menudo en condiciones aberrantes, y son ya más de 100.000 los musulmanes que han huido del país por temor a ser asesinados. Esta penosa situación se vuelve cada vez más invisible para la prensa internacional, ocupada por otras crisis que tienen más publicidad como Crimea y Siria.

Hoy mismo he hablado por teléfono con Justin. Ni él ni ninguno del resto del equipo se han tomado vacaciones. Tal vez por eso le notaba en la voz que parecía más relajado que hace dos semanas. Qué pena que en un país tengan que darse situaciones así.

Original en : En Clave de África



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