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Inicio > Bitácora africana >

Ordoñez Ferrer, Carlos

Carlos Ordoñez Ferrer como él dice "Antes fui realizador de televisión. Ahora soy activista, viajero y escribidor. Es mejor para la salud" .

Colaborador de MUGA El Centro de Estudios y Documentación sobre Inmigración, Racismo y Xenofobia, MUGAK, impulsado desde SOS Arrazakeria, Organización que viene desarrollando su labor desde 1995.

Carlos Ordoñez Ferrer ha pasado nueve meses en Mozambique tiempo en el que ha escrito su blog Mozambiqueando que a partir de ahora podremos encontrar en nuestra página web

De vuelta a España realizó el Master "Información Internacional y países del Sur" de la Universidad Complutense de Madrid

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Los colores del blanco y negro , por Carlos Ordoñez Ferrer

16 de diciembre de 2009.

Al día siguiente, sin deshacer casi el equipaje nos mudamos a un apartamento limpio y hermoso del hotel Daddy Long Legs, junto a una tienda de música de la misma Long Street. Lástima que sólo tenían sitio para esa noche, porque el “Piernas largas de papá” resultó ser un lugar estupendo. Así que de nuevo teníamos que buscar alojamiento para el día siguiente. Era nuestro sino. Éramos, somos nómadas. Mientras esperaba a las chicas me quedé pegado como mosca veraniega al escaparate de la tienda de música.

Amor tenía ganas de andar (es ingeniera de montes) y yo no tenía intención de que se me notase la pereza, así que nos dirigimos a la famosa Table Mountain. Se trataba de una gigantesca roca en medio de la ciudad. Su icono. Subimos en Teleférico. Y arriba nos dedicamos primero a disfrutar de las vistas y después a caminar y caminar, calmando así las necesidades montañeras de nuestra amiga. Desde arriba se veía hermosa Ciudad del Cabo. Y ahí estaba Rodden Island, la pequeña isla a escasos kilómetros de la costa donde Nelson Mandela estuvo encerrado 11 de los 27 años que lo secuestró el régimen del apartheid. Hoy se organizan viajes turísticos a la isla y se visita la celda como conjuro contra tiempos que no han de volver. Bajamos cuando los colores naranjas acudían a su cita diaria.

Conseguimos asegurarnos una habitación triple para los dos días que nos quedaban antes de bajar por la península en dirección al cabo de Buena Esperanza. Cenamos shushi.

La mañana siguiente, bien temprano me fui a un ciber que estaba abierto las 24 horas y trabajé largo rato, hasta que Edna y Amor, tan dormidas como felices me hicieron ver que era hora de moverse. Hablo inglés como chapurreo el portugués. Así que me dejé dirigir por el sector femenino. Cosa que no levantó protestas ya que yo iba a ser el encargado del coche. Andábamos sin un plan muy definido. Dejándonos llevar por el placer de perdernos en una ciudad nunca visitada antes y ciertamente linda donde, según leí de algún escritor hispano, la seguridad es mucho mayor que en Johannesburgo pero mucho menor que en Chicago. Cosa que no sé exactamente qué quiere decir. Caminando, mirando, perdiéndonos, nuestras sandalias nos encaminaron hasta el puerto. Un catamarán nos llevabaría hasta bordear Rodden Island. Subimos con la emoción de la aventura. Nos colocamos sobre la red de proa. Mi objetivo era disfrutar en silencio de un viaje de un par de horas. Observar. Recibir el viento en la cara. Dejarme mecer por ese oleaje que a veces, de pronto se enfurece. Y saborear las sorpresas en forma de delfines, focas y con suerte de alguna ballena. Precisamente, en ese momento se acercó un caballero de dimensiones considerables y se sentó junto a mí desequilibrando la red y obligándome a recolocar. El espécimen era norteamericano y vivía en Miami. Tenía ganas de cháchara y de contar su vida y sus impresiones de un viaje que ya había hecho más veces. No era esa mi idea y se lo hice ver con alguna mirada un tanto hosca. Se giró y le comenzó a largar su rollo a una rubia belga más simpática que yo y cuyo novio no dejaba de hacer fotos.

Así que librado del peligro me centré en disfrutar del mar. Una focas jugueteaban a nuestro paso nada más salir del puerto. Un poco más adelante los delfines saltaban a nuestro lado y seguían al velero. No era un espectáculo contratado. Nadie les daba la orden. Edna, en la punta de proa disfrutaba como una niña. Justo cuando dábamos la vuelta para regresar una mancha enorme nos avisó de la presencia de una ballena. Un chorro, y sobre todo la cola gigante que asomó nos confirmó lo que veían nuestros ojos. Fue un jolgorio general. Según el capitán tuvimos mucha suerte, porque no era la época de ballenas.

De regreso a Cape Town, Table Mountain era el aviso de entrada a un continente misterioso. Eso fue lo que vieron los europeos al llegar a este punto en su intento de doblar África. Eso fue lo que vieron los holandeses puritanos que llegaron para quedarse huyendo de sus propios fantasmas y encontrándolos también aquí. Cape Town fue la puerta de entrada del mayor drama de África. Historia de conquistas, sangre, esclavos, miedo, racismo, muerte. Historia que sigue siendo.

Algo de eso comprobamos al día siguiente. Visitamos Front Sea, la zona de las playas donde el lujo se mostraba obsceno. El mundo más blanco y feliz de piscinas climatizadas, zonas de recreo medido al detalle, uniformes para las criadas y peluquería para perros se mostraba sin pudor. Numerosas mansiones de césped perfecto se distribuían con armonía a lo largo de una costa que ya no estaba prohibida para los negros pero que era prohibitiva para los pobres, que evidentemente no son blancos. “Ahora podemos ir donde queramos. No es como antes. Y podemos trabajar de lo que sea -me explicó un joven taxista negro- y aunque la gente sigue siendo pobre, sólo con la igualdad de oportunidades podremos conseguir desarrollar el país”. Ojala tenga razón.

Edna y Amor decidieron ir al aquarium. Yo preferí perderme por la ciudad. Caminaba sin prisa, mirando a la gente que me cruzaba e imaginando sus aventuras y sus desventuras. Los rostros dicen mucho de la vida de las personas. Rostros bellos de mujeres orgullosas, rostros tímidos con dolores escondidos, expresiones alegres, divertidas. La gente me gusta. Y de pronto me volví a tropezar con la tienda de música junto al hotel Daddy Long Legs. No lo pude evitar. No me compré una marimba por poco, pero al rato salí con quinientos rands menos, cuatro cedés más y una sonrisa de oreja a oreja.

Si alguien hubiera estudiado mi rostro ¿habría descubierto que llevaba música africana en las chispas de los dedos?



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