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Inicio > Bitácora africana >

Eisman, Alberto

Alberto Eisman Torres. Jaén, 1966. Licenciado en Teología (Innsbruck, Austria) y máster universitario en Políticas de Desarrollo (Universidad del País Vasco). Lleva en África desde 1996. Primero estudió árabe clásico en El Cairo y luego árabe dialectal sudanés en Jartúm, capital de Sudán. Trabajó en diferentes regiones del Sudán como Misionero Comboniano hasta el 2002.

Del 2003 al 2008 ha sido Director de País de Intermón Oxfam para Sudán, donde se ha encargado de la coordinación de proyectos y de la gestión de las oficinas de Intermón Oxfam en Nairobi y Wau (Sur de Sudán). Es un amante de los medios de comunicación social, durante cinco años ha sido colaborador semanal de Radio Exterior de España en su programa "África Hoy" y escribe también artículos de opinión y análisis en revistas españolas (Mundo Negro, Vida Nueva) y de África Oriental. Actualmente es director de Radio-Wa, una radio comunitaria auspiciada por la Iglesia Católica y ubicada en Lira (Norte de Uganda).

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Lokichokio. Por Alberto Eisman

25 de febrero de 2009.

Este pequeño poblado en el Norte de Kenia se hizo un poco más famoso desde que el inefable John Le Carré pusiera a algunos de los protagonistas de la novela “El jardinero fiel” en este paraje tan peculiar.

Hace 15 años, esto eran un par de chozas miserables, una aldeílla de tres al cuarto solamente transitada por algunos nómadas y que apenas merecía ese nombre pero que era estratégica por su proximidad a la frontera sudanesa. Llegaron los peores momentos de la guerra civil del Sudán hacia finales de los años 80 y la ONU junto con otras organizaciones humanitarias decidieron establecer aquí una base de apoyo a las acciones de emergencia de aquel país. Se aprovechó que aquí había una pequeña pista de aterrizaje y poco a poco se fue construyendo una infraestructura cada vez más complicada. Alrededor de la base de la ONU comenzaron a surgir pequeños recintos vallados de diversas organizaciones, grandes y pequeñas, y lo que en un momento fue un sitio desierto y desangelado se convirtió en un frenético centro de operaciones logísticas. La pista de aterrizaje se asfaltó y se alargó de manera que incluso los poderosos aviones Hércules de 32 toneladas pudieran despegar y aterrizar. Un peculiar acuerdo de acceso humanitario a zonas de emergencia llamado Operation Lifeline Sudan hizo posible – no sin problemas, la verdad sea dicha – que cada día partieran de Lokichokio un puñado de aviones de gran y media envergadura que se dedicaron a arrojar cargamentos de comida en lugares ya señalizados para que las personas afectadas por los desplazamientos forzados pudieran sobrevivir. Especialmente durante la hambruna de 1998, el papel jugado por estas acciones humanitarias supuso un gran respiro para miles de personas para quienes la falta de esa ayuda les hubiera supuesto una muerte segura. Lokichokio se convirtió así en la base humanitaria de la ONU más grande del mundo.

Aquel ingente esfuerzo en términos económicos y de personal fue poco a poco perdiendo intensidad cuanto más progresaban las conversaciones de paz. Lokichokio (“Loki” para los amigos y conocidos) redujo progresivamente su actividad. La firma del acuerdo de paz de Enero del 2005 supuso que ya apenas había situaciones de emergencia alimentaria y los Hércules volaron definitivamente a otros destinos donde se necesitaran más. Además había una presión clara por parte del gobierno autónomo del Sur Sudán para que todas las agencias y ONGs se trasladaran a Juba, la nueva capital de la región. El enorme campamento de la ONU se redujo de extensión y de personal, siendo hoy una simple sombra de lo que fue. El peculiar hospital de Lopiding (en aquellos días único hospital “de campaña” en el mundo llevado por el Comité Internacional de la Cruz Roja donde se trataban diariamente a decenas de heridos por acciones de guerra y por minas antipersonales) fue traspasado al gobierno keniano, cerrando así un capítulo glorioso por la entrega pero también triste por el coste humano de la guerra.

A pesar del declive que ha vivido el lugar al irse casi todas las organizaciones, hoy Lokichokio es un pueblo mucho más avanzado y moderno que el de hace 15 años e incluso mantiene una cierta actividad comercial con los países limítrofes. El aeropuerto tiene ya su estructura, su sala de espera e incluso una torre de control y una tienda de artículos libres de impuestos, algo inaudito en este aeródromo hace solo un par de años. Hoy, al pasar por enésima vez por este lugar, doy las gracias por la labor humanitaria que desde aquí se llevó a cabo y por las muchas vidas que salvó. También hubo puntos negros, cómo no, pero creo que lo positivo supera a lo negativo.

Ojalá que no hicieran falta pueblos como Loki, operaciones humanitarias y bases de esta clase, pero ya sabemos que la cabra tira al monte y que por desgracia al espíritu humano le gusta más una guerra que a un tonto un lápiz.



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