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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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La violencia en Burundi amenaza con sumir al país en los conflictos del pasado, por José Carlos Rodríguez Soto

26 de mayo de 2015.

Desde que empezaron las revueltas en las calles de Bujumbura, hace tres semanas, ya van 24 muertos, según cifras oficiales, aunque es posible que la cifra sea mucho más elevada. Y al menos 140.000 burundeses han huido a Ruanda y Tanzania. Mientras tanto, el presidente Nkurunziza, .responsable de esta violencia por su ambición de querer perpetuarse en el poder, proclama que “la paz y la seguridad reinan en el 99,99% del país”. Difícil llevarle la contraria, con las cinco radios independientes cerradas por sus fuerzas de seguridad. Me da una gran pena, porque era un país que hace unos años emprendió la senda de una transición ejemplar hacia la paz, malograda ahora por la ambición de un dictador.

De Burundi guardo un gratísimo recuerdo. Visité el país a finales de 2006, cuando el país estaba empezando a poner en práctica los acuerdos de Arusha que, gracias a la mediación de Nelson Mandela, pusieron fin una guerra civil que se cobró 300.000 muertos de 1993 a 2003. Un año después visité Ruanda y me di cuenta de la diferencia abismal que había entre los dos países: en Burundi había una sociedad civil pujante, la gente hablaba con libertad y viajando por el país se podía ver memoriales en recuerdo de los muertos de ambos bandos, todo lo contrario de Ruanda, donde la apariencia de sus edificios futuristas y sus buenas carreteras ocultaban una realidad de miedo.

En Burundi hubo una paz negociada en la que las partes en conflicto reconocieron que el país tenía un problema de convivencia entre las etnias hutu y tutsis y decidieron construir la paz sobre la base de un equilibrio de cuotas en el Parlamento, el gobierno y en el ejército, este último tradicionalmente dominado por los tutsis y que gracias aquellos acuerdos quedó configurado a partes iguales por las dos etnias. Me emocionó ver el país lleno de carteles en los que soldados y guerrilleros tiraban las armas al suelo y se abrazaban. Hablé con antiguos rebeldes y milicianos, vi partidos de fútbol en el centro de jóvenes de Kamengue, de los misioneros javerianos, en los que jóvenes que pocos años antes habían combatido en bandos distintos compartían deportes, sesiones de cine, estudios y debates. En 2009, el último grupo rebelde, el FLN de Agathon Rwasa, firmó la paz y entregó las armas. Todo un ejemplo de dignidad y reconciliación.

Pero ya entonces algunas cosas empezaban a torcerse. El nuevo presidente, Pierre Nkurunziza, antiguo líder rebelde, tomó una deriva populista y, por ejemplo, un buen día anunciaba la sanidad gratuita para todos los niños y mujeres embarazadas… sin haber asegurado el dinero para pagar semejante dispendio. Algunos dirigentes de la oposición empezaban a vivir bajo amenazas en intimidación. Y el nuevo gobierno empezaba a mostrar signos de querer basar su legitimidad en el hecho de que al ser hutus (el 84% de la población del país) tenían la mayoría asegurada. El país, además, no ha conseguido dejar de ser uno de los países más pobres y corruptos del mundo, y la mayoría de los burundeses viven con menos de dos dólares al día. Y, por desgracia, uno de los puntos clave del acuerdo de Arusha –la investigación de los crímenes de guerra por parte de una Comisión de Verdad y Reconciliación- nunca despegó ante el bloqueo del régimen en el poder, dominado por hombres que en el pasado cometieron verdaderas masacres y que obviamente no tienen ningún interés en que la verdad salga a la luz.

Pero, aunque Ruanda y Burundi tienen una composición étnica similar, sería equivocado pensar que sus problemas son los mismos. En Burundi, por ejemplo, aunque el partido en el poder –el CNDD- está formado sobre todo por hutus, su aliado hasta el año pasado fue el UPRONA, el bastión tutsi tradicional, y el principal partido de la oposición era el FRODEBU, de mayoría hutu. El año pasado, cuando el presidente Nkurunziza quiso cambiar la Constitución para asegurarse más poder, y eliminar los mecanismos de equilibrio étnico fruto de los acuerdos de Arusha, el UPRONA rompió su alianza y el CNDD se quedó sólo defendiendo su propuesta. Desde entonces, a Nkurunziza se le empezó a ver el plumero y empezó a mostrarse como lo que es: un dictador ávido de poder dispuesto a todo para presentarse a un nuevo mandato en las elecciones previstas para junio de 2015, algo expresamente prohibido por la Constitución. El presidente se ha agarrado a una cláusula legal algo ambigua: la Constitución dice que el presidente es elegido por un voto popular por un máximo de dos mandatos, y como la primera vez que fue elegido lo fue por el parlamento, y no por sufragio universal, se basa en esto para afirmar que la primera vez no fue un “voto popular” y que por lo tanto tiene derecho a presentarse otra vez.

Desde el año pasado, el poder en Burundi ha dado varias vueltas de tuerca , deteniendo a destacados líderes de la oposición y de la sociedad civil, como el popular Pierre Claver Mbonimpa y Leone Ngendakumana, condenado a un año de cárcel. Numerosos periodistas acabaron también entre rejas. El gobierno puso el grito en el cielo después de que se filtrara un documento interno de Naciones Unidas en el que se alertaba del hecho de que el gobierno estaba distribuyendo armas a la milicia conocida como los Imbonerakuere, unos matones de barrio que imponen su ley y campan a sus anchas en todos los rincones del país. En enero de este año, una extraña invasión de varios cientos de hombres armados procedentes de la vecina República Demcorática del Congo acabó a sangre y a fuego con una intervención del ejército –apoyados por los Imbonerakure- en la que hubo muchos interrogantes sin respuesta. Human Rights Watch acusó al ejército de haber ejecutado a algo más de cien personas tras haber sofocado esa rebelión.

Mientras tanto, incluso dentro del propio partido en el poder empezaron a levantarse voces para aconsejar a Nkurunziza que no se presgolpe de Eentara a un nuevo mandato. En febrero, el presidente destituyó a tres altos cargos de sus servicios de información que le aconsejaron que no tomara esa decisión. La Iglesia Católica lanzó también un aviso serio al dictador en el mismo sentido. Desde la comunidad internacional, tanto los países occidentales (Estados Unidos, Bélgica, la Unión Europea) como la ONU han hecho los mismos llamamientos (el mismísimo Ban Ki Moon llamó por teléfono a Nkurunziza el mes pasado para hacerle entrar en razón, sin éxito.

Todo esto ha sido en vano, y desde que el anuncio de la candidatura se hiciera oficial miles de personas, sobre todo jóvenes, se han echado a las calles para protestar. Un grupo de oficiales del ejército intentaron también dar un golpe de Estado que acabó en fracaso. De momento, los enfrentamientos no se desarrollan sobre una base de hostilidad étnica, puesto que hay hutus en los dos bandos. Pero hay quien aprovecha el río revuelto para despertar fantasmas peligrosos, y durante las últimas semanas algunos hombres fuertes del régimen intoxican a los jóvenes de las milicias con mensajes como “los Tutsis quieren volver a tomar el poder”. El futuro, por desgracia, se presenta muy sombrío y Burundi puede volver a caer en una guerra civil.

Original en : En Clave de África



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