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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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La obsesión africana por condenar a los homosexuales, por José Carlos Rodríguez Soto

24 de noviembre de 2009.

Condenar a los homosexuales a la pena de muerte. Esta ha sido la propuesta del diputado ugandés David Batí hace pocas semanas, durante un debate parlamentario para decidir sobre la futura ley que endurecerá las penas contra los homosexuales. Su propuesta encontró un amplio eco en la Cámara y aunque no es probable que llegue a convertirse en ley, la nueva normativa establecerá, con toda probabilidad, penas muy duras. A los pocos días, en la vecina Kenia el Gobierno anunciaba que iba a lanzar un censo para establecer el número de hombres gays en el país, algo que ha justificado como parte de los esfuerzos para detener la propagación del sida. Así anda el patio por muchos países africanos por lo que se refiere a este tema. Recuerdo que hace dos años el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, una de las figuras que hablan siempre sin pelos en la lengua, se preguntaba por qué las sociedades africanas, y en particular las Iglesias, estaban tan obsesionadas con la homosexualidad.

Bajo el código penal de Kenia, una reliquia del Gobierno colonial británico, los actos homosexuales son punibles con hasta 14 años de cárcel. Las organizaciones de gays y lesbianas llevan mucho tiempo quejándose de que la ley y la homofobia generalizada dificultan el acceso a los tratamientos y prevención del sida. Dadas las leyes y el estigma adscrito a la homosexualidad –el reciente matrimonio de dos hombres de Kenia en el Reino Unido ha dado lugar a una cobertura mediática poco favorecedora y a amenazas a sus familias–, es difícil que los resultados del estudio sean muy precisos, ya que no es probable que ningún homosexual se preste a declarar públicamente su inclinación sexual sabiendo que le podría acarrear consecuencias negativas.

En Uganda la homosexualidad está también sancionada con penas de cárcel. En el 2007 conocí de primera mano el caso de dos chicas que fueron expulsadas del barrio de Kampala en el que vivían por ser lesbianas. Después de ser denunciadas por las autoridades locales, fueron juzgadas y encarceladas. Con casos así, los homosexuales ugandeses tratan de pasar desapercibidos porque saben lo que se les podría caer encima si alguien presenta una denuncia contra ellos. No obstante, existe un grupo que se presenta a sí mismo como Minorías Sexuales, que en algunas ocasiones han organizado actos públicos y ruedas de prensa para reivindicar sus derechos, aun a costa de arriesgar mucho. Recuerdo que ese mismo año un periódico ugandés publicó durante varios días una lista de personas a las que acusaba de homosexualidad, dando detalles sobre sus lugares de residencia y trabajo, y en muchos casos hasta del coche que usaban. Personalmente he conocido casos de hombres y mujeres que debido a su orientación sexual han perdido su empleo e incluso han tenido que abandonar la casa en la que vivían debido al acoso de sus vecinos y de la propia policía.

En Uganda no hay ley del salario mínimo que defienda a los trabajadores de la explotación laboral de la que a menudo son víctimas. Tampoco se ha tomado nadie la molestia de endurecer las penas contra la corrupción, verdadero cáncer de la sociedad africana que priva a muchos millones de personas de servicios esenciales para su subsistencia. Si se llega a acusar a alguien de corrupción, quien tiene poder goza de los medios –abogados y dinero– para salir libre a la calle mientras su caso judicial se eterniza y termina quedándose en nada. Para estas y otras lacras sociales no se hacen leyes nuevas, pero la homosexualidad despierta sentimientos de agresividad que hacen sospechar que los legisladores africanos buscan chivos expiatorios como si estos fueran los seres más depravados, a quienes incluso hay que eliminar.

Independientemente del juicio moral que nos merezcan los actos homosexuales, sobre este tema en el contexto africano yo tengo dos cosas muy claras: la primera, que no es cierto que en las culturas africanas la homosexualidad no exista. Esta tendencia ha existido en todas las culturas humanas, y África no es una excepción. Lo que pasa es que se reprime más que en otros sitios y por eso quien tiene esta orientación sexual hace todo lo posible por ocultarla para no ser señalado con el dedo. El decir que es una depravación que ha sido introducida por influencias extranjeras es caer en el simplismo de muchos africanos que se apresuran a decir que todo lo que consideran nocivo o perverso viene de fuera.

Lo segundo que puedo decir sobre este tema es que muchas sociedades africanas aún no han llegado a diferenciar entre pecado y delito. Un acto puede ser considerado moralmente reprobable para personas que profesen un determinado código ético –ya sea religioso o no–, pero esto no quiere decir que tenga que ser penado por la ley. Además, lo que más me llama la atención es la hipocresía de quienes condenan con dureza a los que tienen una orientación sexual diferente a la suya, pero muestran una gran laxitud moral cuando se trata de vivir ellos mismos una vida acorde con las normas morales más elementales. En la Uganda que he conocido durante 20 años, y con todos sus grandes valores, no ha dejado nunca de sorprenderme la facilidad que tiene la gente para engañar a su pareja, robar en el trabajo, conducir de forma irresponsable, malgastar el poco o mucho dinero de la familia en beber alcohol o poner en peligro la vida de los niños por no prestarles la atención adecuada.

Me sorprende también que la propia Iglesia se una al coro de condenas contra la homosexualidad con una insistencia que raya en la obsesión enfermiza. La Iglesia tiene todo el derecho a proponer su mensaje moral y a defender que los actos homosexuales son moralmente reprobables. Pero eso no justifica que haya que hacer la vida imposible a los que realizan actos que, después de todo, si quedan en el ámbito de la privacidad de dos adultos que consienten, no tienen por qué constituir un delito. Que yo sepa, nadie en la Iglesia en Kenia ni en Uganda ha reaccionado diciendo que es una barbaridad que la homosexualidad se quiera castigar con la pena de muerte o que haya que hacer un censo de homosexuales. El documento que el Sínodo Africano acaba de aprobar hace pocas semanas es muy bonito y habla claramente de defender a los más débiles, pero al final parece que eso se queda en buenas intenciones pero cuando surgen casos como este la Iglesia prefiere el silencio.



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