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La democracia frente a la manipulación de las leyes y la monarquización del poder
15/01/2009 -

La participación política podría considerarse fundamental en las sociedades humanas pues no existe vida democrática ni garantía de apoyo y durabilidad de las políticas públicas sin ella. Sin embargo, ya que no es más que una de las múltiples formas de movilización y de adhesión que existen, y ya que está relacionada con las diferentes formas de poder que han gobernado las sociedades humanas, la participación política en sí ha evolucionado. Y su evolución ha estado ligada a una historia de dos vertientes: una universal y otra que depende de factores culturales. Las transformaciones que han marcado la historia humana han llevado a las personas ligadas a la participación política a adaptarse a estas transformaciones y a crear formas que aseguraran la cohesión y la convivencia de los diferentes componentes de la sociedad.

Les propongo que examinemos juntos algunos aspectos significativos de la evolución de la participación política, hasta llegar a nuestra época de grandes transformaciones ligadas a la mundialización; un vuelo por encima de recorrido breve y que servirá para identificar algunos puntos débiles y para introducir un debate.

El primer aspecto del que hablaremos es un modelo de participación que se puede considerar hoy en día como un “paradigma perdido”. Y veremos que, aunque se haya perdido, no deja de obsesionarnos, como la nostalgia de una edad de oro, que a veces, como una mera ilusión, vuelve. Este modelo es lo que se llama democracia directa. Se pueden considerar como representantes de ese modelo, sin entrar en detalles, las democracias de Atenas y de Roma (con sus límites, es cierto) y la “democracia de consenso”, característica de sociedades africanas y asiáticas.

Las democracias de Atenas y Roma habían apostado por confiar al pueblo la decisión de qué era bueno para la ciudad. De esta manera, el conjunto de los ciudadanos (excepto los esclavos, las mujeres y los metecos) ejercía directamente el poder en el ágora griego o el foro romano, lugares de debate y deliberación. La forma africana de esta democracia directa también contaba con unidades espaciales como marco legítimo y legal (el espacio de la aldea, étnico o del clan) y los procedimientos de toma de decisión caracterizados por la búsqueda de consenso.

Aunque este modelo no haya desaparecido del todo nunca, ya no se encuentra en la sociedad moderna en la toma de decisiones a escala nacional. Pero, insisto sobre lo mismo, este modelo nos persigue y cada vez que es posible recurrir a sus procedimientos, las personas que los llevan a cabo tienen el sentimiento de encontrarse más próximos a la verdad, la justicia y la eficacia.

El segundo modelo es el de la democracia moderna, difundido considerablemente primero en las sociedades occidentales del siglo XIX y más tarde en el mundo entero después de que el capitalismo, el liberalismo y la colonización hicieran triunfar al paradigma de un régimen fundado en las elecciones y el gobierno por mayoría. La democracia representativa, puesto que estamos hablando de ella, se basa en el principio de la soberanía del pueblo, los medios de ejercerla con los mecanismos de la delegación y en la finalidad del derecho de la mayoría a promulgar las leyes y ejecutarlas.

Esta forma de participación implica partidos políticos, programas y líderes entre los que el pueblo debe elegir para delegar en ellos el poder de decidir. La implicación del ciudadano en la vida política institucionalizada es crucial para el buen funcionamiento del sistema: esta participación convencional se dispone en torno a la elección y, por tanto, al acto de votar.

Aunque se considera hoy en día un modelo práctico, eficaz, simple y racional, evidentemente no carece de defectos y el mito de su perfección está comenzando a verse afectado sin que por el momento sea posible sustituirlo por algo igual de fiable. Lo que ocurre es que el modelo representativo, democrático en su principio y en sus intenciones, engendra sus propios problemas y desviaciones y tiende a transformar algo que no era más que una delegación del poder del pueblo en una especie de poder oligárquico. Vemos, incluso, una tendencia a la “monarquización del poder”, relacionada con las instituciones y leyes manipulables en toda “legalidad”.

La crisis del sistema representativo

Si la participación política se limita a la movilización para las elecciones y a las elecciones en sí, el pueblo cada vez tendrá menos posibilidades de influir en las decisiones salvo en citas electorales periódicas para juzgar y sancionar a las personas en las que ha delegado su poder. La crisis del sistema representativo comporta, a la vez, el abismo a veces creciente, entre las élites y el pueblo, y las desilusiones que se originan con los fracasos de los políticos cuyas consecuencias sufre más el pueblo. Esto prueba que sus medios de control y de sanción sobre los que gobiernan son limitados y periódicos.

En nuestra época, que ilustra perfectamente esta crisis del modelo representativo, abunda una especie de apatía en el apoyo a la vida política: alto índice de abstención en las elecciones, multiplicación de los votos en contra de un sistema bipartidista, aumento del recelo hacia la actividad política y la desconfianza hacia los políticos, caída en picado del número de adhesiones a partidos políticos y sindicatos, éxito de las movilizaciones sociales.... La cólera popular que se alimenta de los fracasos políticos, económicos y sociales ha desencadenado una crisis en la participación política y ha favorecido la creación de nuevas formas de expresión ciudadana, consideradas, con razón o sin ella, más eficaces pero que también se han convertido en fenómenos recurrentes en la vida política. En efecto, la participación política muestra cada vez más un carácter no convencional, con manifestaciones pacíficas (recogidas de firmas, sentadas, huelgas) o violentas (deterioro de edificios, secuestros, destrucción de documentos, enfrentamientos físicos).

Si la participación no convencional se manifiesta, en ocasiones, con acciones individuales (huelga de hambre, por ejemplo), generalmente toma la forma de acciones colectivas, sin la mediación de cuerpos intermediarios y fuera de marcos jurídicos y de procedimientos de resolución de conflictos.
Estas diversas formas de expresión ciudadana que algunos relacionan con una “impaciencia cívica” se remiten a los fracasos de las elecciones y deben obligarnos a analizar el concepto de participación política, en relación con la exacerbación de las transformaciones sociales, así como a la realidad y repetición de las crisis que afectan a los estados, gobiernos, partidos, grupos y a la sociedad.

Además, si no acabamos con el sistema representativo, es preciso corregirlo, basándonos en la ley fundamental y en medidas legislativas y reglamentarias, con el fin de garantizar nuevos lugares para que participen de manera efectiva los ciudadanos, los grupos y las asociaciones en la elaboración de decisiones que les conciernen. Y es necesario buscar estos mecanismos en tres direcciones:

- Una cultura política que permita que las masas no dependan de “expertos” en todo y de todo tipo, que deberían darles las respuestas a sus preguntas. Una cultura política de esta índole es la condición necesaria para que surja una voluntad consciente de las masas para participar en la vida pública y para adherirse o no adherirse al proyecto político que se les presenta.

- Luego, el debate sobre cuestiones de naturaleza estratégica antes de que los que deciden (poder ejecutivo o legislativo) tomen medidas que afecten la vida de la población. Las modalidades de concertación, consulta y discusión, numerosas y variadas, ofrecen una gama que no estaría mal considerar como posibilidad digna de ser escuchada por las aspiraciones del pueblo.

- Por último, esta cultura de democracia participativa sería incompleta si no les ofreciera a los ciudadanos, a los grupos, a las asociaciones y al público el medio de controlar las decisiones y a aquellos en los que han delegado el poder. De este modo, la participación política alcanzaría un nivel de credibilidad irreversible puesto que el control podría incluir la destitución efectiva de aquellos que traicionan su mandato y no cumplen con la exigencia de sus funciones.

Los nuevos integrantes de la democracia

El surgimiento de nuevos integrantes en la sociedad y el mundo de los siglos XX y XXI marcan la llegada de un nuevo paradigma que posee tanto ventajas como límites. Se trata de la sociedad civil, del papel que desempeñan los medios de comunicación modernos, de las experiencias de la democracia participativa (colectivos locales, coaliciones electorales y de gobierno, etc.) Los tres tienen la particularidad de intentar corregir los límites y defectos del sistema representativo. Se comportan como si fueran mecanismos que impiden o atenúan los procedimientos y actos de decisión unilateral de una “minoría”, tanto si es del gobierno como parlamentaria. Generan formas de participación política, por una parte por profundizar en el pluralismo mediante la concertación y la toma de decisiones y por otra parte por los resultados que refleja la voluntad de la mayoría.

Estudiemos de manera somera las formas citadas anteriormente

En cuanto al gobierno democrático, la descentralización, mediante la construcción de colectivos locales, es una elección política y una respuesta a la necesidad de participación más efectiva y permanente del pueblo en las elecciones de las políticas que les afectan directamente. Se sabe que las experiencias en este ámbito pueden enfrentarse y se enfrentan de hecho a dificultades y obstáculos. Sin embargo, la voluntad política y la exigencia ciudadana que se encuentran en la base de estas reformas surgen de la democracia más auténtica.
Las consecuencias más o menos inmediatas se pueden constatar por el aumento de los equipos y las infraestructuras y por el ejercicio efectivo de las responsabilidades de los ciudadanos que se encuentran en la base. Le proporcionan al pueblo la satisfacción de impulsar y orientar, a nivel local, los proyectos así como asegurar su control.
El principio presente en nuestras constituciones y según el cual los consejeros elegidos tienen la ventaja y el deber de administrar libremente estos colectivos traduce perfectamente la voluntad de diversificar y de hacer incluso más efectiva la participación del pueblo en la construcción democrática. Estas reformas llaman a nuevas redacciones de textos y a la creación de medidas que se dirigen a una misma meta: aumentar la presencia, participación y los medios de control de los ciudadanos en la elaboración de políticas públicas.

El papel de los medios de comunicación

Me gustaría ahora abordar rápidamente un factor que, sin ser totalmente nuevo, sigue influyendo en el juego político y, por consiguiente, en la participación política. Quiero hablar del papel que desempeñan los medios de comunicación.

Cuanto más auténtica sea una democracia, mayor será la extensión de la libertad de comunicación. Las tecnologías de la información y de la comunicación simbolizan la nueva era de la humanidad contemporánea de finales del siglo XX y de comienzos del siglo XXI. La radio, la televisión, la televisión por satélite, Internet, etc. son, en función de la cultura de los usuarios, medios potentes de información y de formación del juicio de los ciudadanos. Con ellas se formarán una opinión y se comprometerán y tomarán sus decisiones. Sin duda, la televisión es la más apta para cambiar el juego político y, por tanto, ciertas condiciones de la participación política. ¿Por qué? Porque tiene dos caras.

Por un lado, la televisión sirve para despertar conciencias, es factor de emancipación, incluso se ha usado como vector de revoluciones pacíficas como prueba el ejemplo de la denominada “revolución naranja”, por su capacidad de movilización y de comunicar el sentimiento de que lo que se muestra es verdadero. Un analista ha bautizado este fenómeno como “vídeo político”, es decir un fenómeno en el que la televisión favorece a los manifestantes y luego a la reacción de los poderes públicos para responder a las expectativas de los ciudadanos. Pero, por otro lado, si estos medios tienen la capacidad de reforzar la democracia, también tienen la capacidad de obstaculizarla. De hecho, las imágenes de televisión no tienen necesariamente un valor informativo. En algunas manos, y al servicio de algunos proyectos, puede llegar a manipular al pueblo.

Por tanto considero útil subrayar una de las “dolencias” más amenazadoras y graves de la participación política: las que son originadas por el populismo. El populismo se encuentra en las antípodas de los métodos y los objetivos de la democracia y del socialismo cuya ideología, según Jaurès, se basaba en la República y la democracia hasta el final.

Las coaliciones en democracia

Antes de finalizar con esta reflexión, me gustaría remitirme a un fenómeno que cada vez es más común en la vida de los partidos políticos y en las formas de gobierno: las coaliciones.

Para comenzar, quisiera observar algo que puede cambiar nuestra percepción de la vida política internacional y nacional: aparte de Gran Bretaña y en menor medida en Nueva Zelanda, hay pocos países donde una sola formación política se presenta a las elecciones, obtienen la mayoría de los votos y gobiernan solos; los demás países son gobernados por coaliciones y, por tanto, esto da lugar a la elaboración de programas que se conciben para hacer que se adhieran a un proyecto político que puede atañer a un amplio espectro de asociaciones, que van desde la sociedad civil hasta los partidos que a veces son separados por diferencias ideológicas . Esta constatación tiene una gran importancia en relación con la idea de participación política.

Cuando, al comienzo, indiqué que la democracia directa es un paradigma perdido, pero un paradigma que nos persigue aún, quería dejar entrever la idea de que soñamos, por no poderla encontrar intacta, en reconstruirla parcialmente y de manera progresiva. El método al que recurren las coaliciones para constituirse, ir juntas a la elecciones y gobernar juntas, no es un método ideal pero en él no se toman las decisiones según el modo mayoritario mecánico. El modelo al que se refieren las coaliciones es un modelo de consenso. La base social de las partes es mayor y moviliza a más segmentos de la sociedad que, de otro modo, obedecerían a las “fuerzas centrífugas”.

Asimismo, el modo como funciona una coalición se construye sobre la voluntad y la preocupación conjunta, y no en el enfrentamiento, así como en la búsqueda de una cierta armonía. De ahí la importancia de la discusión y la deliberación, larga, paciente y origen de una cultura que comparte, que escucha, y profundiza en las cuestiones esenciales para tener en cuenta los consejos y los intereses más diversos. De este modo se explica, sin duda, por qué las coaliciones, independientemente de sus fracasos y sus éxitos, tienen la virtud de ser fuerzas de aprendizaje, movilización y fusión puesto que proporcionan a los ciudadanos la prueba de que hay voluntad de tener en cuenta sus peticiones.
Soy consciente, por supuesto, de que las coaliciones no están exentas de riesgo de fracasar e incluso de desaparecer, pero siguen siendo voces que no mutilan la verdad, y muestran la necesidad de adhesión del pueblo a un proyecto de sociedad que tenga bases más claras y equitativas. Ustedes se habrán dado cuenta, como he hecho yo, de que en los períodos de crisis graves, cuando la sociedad parece estar bloqueada, la solución sólo se encuentra si todos los integrantes deciden poner en marcha los procesos de la democracia de consenso. [...] De ello depende la mejora de la democracia mediante la participación y una mayor adhesión en la elaboración de decisiones. En definitiva, ya que la participación política es una condición necesaria para el éxito de todo proyecto político democrático, tenemos la responsabilidad de encontrarle formas que se inspiren en los valores de la República, la democracia y el socialismo.

Ousmane Tanor Dieng

Ousmane Tanor Dieng es el secretario del Partido Socialista de Senegal.

Publicado en Pambazuka.org, el 07 de diciembre de 2008

Traducido por Laura Betancort, alumna de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid Traducción /Interpretación, colaboradora en la traducción de algunos artículos.


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