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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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¿Es cierto que vivo en el país más triste del mundo?, por José Carlos Rodríguez Soto

28 de enero de 2013.

Vivo en el país más triste del mundo. Por lo menos eso tengo que pensar si damos la razón a la prestigiosa revista norteamericana Forbes International, que ha publicado hace poco la lista de los países más felices y los más desdichados del mundo. Por tercer año consecutivo, Noruega ocupa el número uno en el ranking de la IMG_0049felicidad, seguido de Dinamarca y Australia. Y también por tercer año consecutivo el país más infeliz del mundo es… la República Centroafricana, donde vivo y trabajo desde mayo de 2012. El segundo país más triste del mundo sería la R D Congo, donde trabajé anteriormente. A pesar de todo, no cambiaría vivir en ninguno de ellos por Noruega o Dinamarca, donde además de que hace mucho frío uno ve poco el sol durante la mayor parte del año.

Es el segundo año que veo la lista de Forbes Internacional y me llama la atención que entre los diez países que están a la cola de la felicidad en el mundo, ocho de ellos son africanos. Burundi, Guinea Bissau, Chad, Zimbabue… ¿Cómo se puede medir el nivel de felicidad o tristeza de los habitantes de un país? La mejor manera de responder es fijarnos primero en los países considerados como los más dichosos del mundo: Noruega, Dinamarca, Finlandia, Suecia, más Holanda o Nueva Zelanda. ¿Qué tienen en común? Todos ellos están regidos por sistemas democráticos a prueba de todo, sus ciudadanos disfrutan de libertad, tienen trabajo, estudian en buenas escuelas y tienen una protección social envidiable. Ser feliz no es sólo cuestión de vivir en un país con un producto interior bruto elevado, pero no hay duda de que el nivel de prosperidad económica es un factor muy importante.

Este dato echa por tierra uno de los muchos mitos que nos hemos construido sobre África subsahariana. Cuántas veces hemos escuchado decir de sus habitantes: míralos cómo sonríen, seguro que aunque sean pobres son más felices que nosotros. Lo cierto es que los seres humanos de distintas partes y culturas del mundo nos parecemos más de lo que pensamos y aunque seguramente todos conocemos personas con mucho dinero pero que viven tragedias personales que son para echarse a llorar, no podemos pasar por alto que para ser felices es necesario tener cubiertas las necesidades más esenciales. Quien sólo puede comer una vez al día, no puede enviar a sus hijos a la escuela, no tiene acceso a cuidados médicos cuando está enfermo y tiene que abandonar su hogar cuando hay una guerra no es probable que sea feliz.

Esta es la razón por la que la República Centroafricana ocupa el poco envidiable puesto de ser el país más infeliz del mundo, según este peculiar ranking. No tengo ninguna duda de que en este país, como prácticamente en toda África, la gente suele ser acogedora y comunica calor humano. No sé si serán los más infelices del mundo pero sí que estoy seguro de que la gran mayoría de los habitantes de este país no tiene una vida digna y los jóvenes ven que no tienen futuro. El 10 por ciento de los niños mueren antes de llegar al primer año de vida, un 40% tiene problemas de desnutrición y la mitad no están escolarizados. Está claro que cuando uno vive en estas circunstancias, nadie se levanta por las mañanas rezumando optimismo y con ganas de comerse el mundo. Con perdón por entrar en el cuestionable campo del humor negro, me recuerda a aquella copla que escuché de niño: “Mi padre está con el tifus/ mi mujer con pulmonía/ mis hijos con la gangrena/ perdonen que no me ría”.

La familia con la que vivo durante los últimos días en Bangui me ofrece un ejemplo muy claro de lo que estoy diciendo. René perdió cuatro de sus cinco dedos de la mano derecha en un accidente laboral hace dos años y desde entonces no tiene trabajo y no ha recibido ningún tipo de compensación ni beneficio. El único sueldo que entraba en su casa era el de una de sus hijas que trabajaba en un restaurante por 40.000 francos CFA al mes (unos 80 dólares). Pero cuando empezó la crisis en el país el local tuvo que echar el cierre y ahora ninguno de ellos trabaja. Su mujer está enferma y apenas alcanzan para poder pagar las tasas escolares a sus dos nietos. A pesar de ello, son personas acogedoras, sonrientes y muy amables. Personalmente, me impresiona la exquisitez con la que me tratan a diario. Pero no creo que pueda decir que son felices.

Lo más triste del caso es que Centroáfrica es muy rica en recursos. Tiene oro, diamantes, uranio, hierro, bosques inmensos, una tierra muy fértil... Sería fácil repartir esta riqueza entre sus sólo 4 millones y medio de habitantes, pero desde su independencia en 1960 el país ha conocido una larga sucesión de golpes militares, rebeliones, motines y regímenes dictatoriales que han convertido el país en un Estado fallido que es incapaz de proporcionar servicios esenciales a sus ciudadanos, empezando por su propia seguridad. No todos los países africanos son así. Hace pocos años visité Ghana y, aunque está lejos de ser un país de habitantes ricos, me impresionó ver la serenidad y alegría sincera que comunican sus gentes. La capital, Accra, es limpia, segura y tiene buenos servicios públicos. Cuando uno sale al interior se ven carreteras medio decentes. A diferencia de otros países africanos, Ghana no ha tenido nunca una guerra civil, tiene una tradición democrática y sus gobiernos utilizan los ingresos obtenidos por el oro, el gas y el cacao (del que es segundo productor mundial) para proporcionar educación, sanidad e infraestructuras básicas a la población.

El último capítulo de la sucesión de desgracias de la República Centroafricana ha sido la rebelión que estalló a principios de diciembre, tras diez años de relativa calma. Los rebeldes de cuatro grupos insurgentes, agrupados en torno a la coalición Seleka, estuvieron a punto de entrar en la capital, Bangui, donde la gente fue presa del pánico total, y sólo la intervención de países vecinos consiguió detener su avance. El 11 de enero se firmó un acuerdo de paz en Libreville y durante esta semana el nuevo primer ministro, Nicolas Tiambaye, intenta formar un gobierno que satisfaga a todos. El ambiente en la capital, Bangui, es ahora más distendido. Sin embargo, las cosas aún no están nada claras y los rebeldes de Seleka parecen no respetar el alto al fuego que ellos mismos firmaron. Durante los dos últimos días han conquistado localidades nuevas como Dembé y Kimbi y parece que se dirigían hacia Bangassou. Construir la paz es mucho más que firmar un documento y el tiempo dirá si el país se encarrilla por la buena dirección o si por el contrario las cosas vuelven a torcerse. Yo, mientras tanto, pienso que los habitantes de Centroáfrica se merecen algo mucho mejor que lo que han vivido hasta ahora, sobre todo ser felices.

Original en : En Clave de África



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