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Inicio > REVISTA > Opinión >

En la era de la xenofobía debemos replantearnos que significa "extranjero"
17/04/2017 -

La presencia del extraño siempre ha despertado dos tipos de sentimiento: temor y respeto. Miedo y terror. Tanto en la literatura como en la vida, el extraño es adorado como un dios o vilipendiado como un demonio y chivo expiatorio de todos los males de la sociedad. En ambos caso, se sitúa al extraño fuera de la esfera de lo humano, ya sea en el cielo o en el infierno o condenado al ostracismo en una tierra de monstruos y aliens.

El extraño representa una experiencia límite donde lo conocido se mezcla con lo desconocido, donde lo familiar se ve amenazado por lo ajeno. Su presencia a nuestro alrededor nos lleva al límite. El extraño desestabiliza nuestra manera de pensar, desafiándonos a pensar de nuevo.

Algunas noticias recientes me han hecho preguntarme si el refugiado, el inmigrante y el extranjero han venido aquí para encarnar la figura del extraño.

El pasado enero, el presidente estadounidense Donald Trump firmó una orden ejecutiva ra acelerar el proceso de construcción de un muro a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México. La orden también impone una prohibición de entrada al país indefinida a los refugiados sirios y prohíbe temporalmente a los ciudadanos de otros siete países musulmanes entrar en Estados Unidos.

"Una nación sin fronteras no es una nación. A partir de hoy, Estados Unidos de América recuperará el control de las suyas", declaró Trump.

En Reino Unido, tras el Breixit, se han endurecido las reglas sobre sobre migración, viajes, turismo y trabajo. Seis países de la Unión Europea han establecido amplios controles fronterizos tras la decisión de Dinamarca de reforzar el control de su frontera sur con Alemania.

En Sudáfrica, durante los últimos años, hemos contemplado un aumento de los ataques racistas contra inmigrantes de otros países africanos. En los ataques más recientes, ocurridos en febrero, se quemaron casas y se saquearon tiendas, presuntamente, para prevenir los delitos cometidos por los extranjeros.

Puede que las declaraciones de Trump sean las que mejor reflejen el pensamiento detrás de la mayoría de estos casos. Las fronteras de un país deben ser vigiladas para evitar amenazas extranjeras.

A pesar de que la supuesta amenaza suele ser de índole económico, como el repetido cliché de que "los extranjeros nos quitan el trabajo", me parece que es más correcto llamarla "existencial". Una comunidad que abre sus fronteras, se arriesga a "morir".

No me refiero a amenazas terroristas, sino al riesgo de que aparezca alguien "de fuera" que cuestione los valores y la identidad de la comunidad. Son muchas las naciones que parecen ver en el extranjero y el migrante la encarnación de esta amenaza, sobre todo aquellas que reclaman explícitamente la preservación de sus valores y tradiciones.

Esta amenaza no sólo afecta a las naciones sino a cualquier tipo de comunidad. Los individuos se agrupan, generalmente, bajo una identidad nacional, étnica, religiosa o racial. Esta tendencia crea una división entre los nacionales y "los de fuera". De repente, hay personas que "pertenecen" y a las que, por su diferente nacionalidad, creencias religiosas y origen étnico o racial, ni siquiera se les da la oportunidad de pertenecer. Con frecuencia, se percibe a los forasteros como una amenaza para los valores de los nacionales y para la identidad de la comunidad de estos.

Es por esto que, la mayoría de las veces, no se recibe bien al extranjero. Y, en el caso de que le brindemos nuestra hospitalidad, no será sin condiciones: no podrá entrar en nuestra comunidad a menos que nos comuniques su nombre e identidad, sus valores y sus creencias religiosas; a menos que hable nuestro idioma y se amoldes a nuestras costumbres y a nuestra manera de hacer las cosas. No sabemos si el migrante a llamado a nuestra puerta en calidad de amigo o enemigo, así que no podemos abrírsela sin condiciones.

Pero, tal y como dijo el filósofo francés Jacques Derrida ¿acaso no tenemos la obligación ética de brindar al extranjero, al refugiado y al migrante tal hospitalidad? Esta obligación ética no deriva del hecho de que el inmigrante sea mi amigo, eso sería egoísta. Este deber existe porque un extranjero, refugiado o migrante es una persona que se encuentra en una situación muy vulnerable, por lo que mi deber ético es preocuparme de su bienestar antes que del propio.

La mayoría de países han seguido hasta la fecha dos patrones de actuación a la hora de tratar con el extranjero. O bien éste ha sido prontamente excluido de la comunidad, ya sea desplazándolo a la fuerza o ejecutándolo, o bien ha sido incluido en ésta a través de un proceso de asimilación. En este proceso, se le hace amoldarse al modo de hacer las cosas de los nacionales. En ambos casos, el objetivo es eliminar todo lo que convierte al extranjero en un ente extraño, y por lo tanto incómodo, para la comunidad. Tanto la exclusión como la asimilación son formas violentas de eliminar o, al menos, domar sus peculiaridades.

¿Cómo sería una comunidad que pudiera acoger al extranjero, al migrante y al refugiado sin condiciones? Imaginar, y convencernos, que tal comunidad es posible tal vez sea una de las tareas más urgentes a las que se enfrenta el mundo actual

Según el Informe Mundial de Desastres de la Cruz Roja Internacional 2012, más de 70 millones de personas son migrantes a la fuerza. Más de uno de cada 100 ciudadanos del mundo carece de hogar. Sería un fracaso contra nuestra propia humanidad ignorar el deber moral que nos llama a acoger a los desamparados y a los exiliados y a replantearnos la naturaleza de nuestra comunidad, nuestra propia identidad y lo que significa "pertenecer" frente a esta crisis humanitaria.

Rafael Winkler

Fuente: Mail and Guardian

[Traducción y edición, Sarai de la Mata]

[Fundación Sur]


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