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Armada, Alfonso

Alfonso Armada (Vigo, 1958). Ha estudiado periodismo y teatro en Madrid. Ha trabajado para los diarios Faro de Vigo, El País (fue corresponsal para África) y ABC (fue corresponsal en Nueva York, actualmente reportero radicado en Madrid). Ha publicado, entre otros libros, Cuadernos africanos, España, de sol a sol y El rumor de la frontera (ambos con fotografías de Corina Arranz) y Nueva York, el deseo y la quimera, además de poemarios como Pita velenosa, porta dos azares y Los temporales. Es editor y director de la Revista digital FronteraD.

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EL Sueño Americano: La emoción, Por Alfonso Armada
06/11/2008 -

Chicago, Illinois, 4 de noviembre

El blues es la sangre azul del río Misisipi, que subió desde su desembocadura, río arriba, a la inversa de la razón, y acabó impregnando los garitos de Chicago. El blues es el flamenco de los negros, el de los perdedores de la historia, la música de quienes por el color de su piel fueron esclavizados desde África (traicionados por sus iguales) y después en las plantaciones de la América hispana, portuguesa y anglosajona, un estigma que sigue adherido a la psicología de muchos noegros y de no pocos blancos. El racismo es una construcción cultural, una proyección del miedo profundamente enraizada en la ignorancia. Es imposible no recordarlo esta noche en la bella Chicago iluminada con la antorcha de la política, de lo posible, ese “yes, we can” (el “sí se puede” de los hispanos, que han contribuido de forma decisiva a la victoria demócrata) que Barack Obama enarboló como lema de su campaña, con dos ruedas de madera (comno las de los viejos barcos de Tom Sawyer, que suenan viejos, pero que siguen galvanizando a las muchedumbres hambrientas de pan y convicciones: cambio y esperanza. Es imposible no recordar la guera civil que desgarró Estados Unidos precisamente a causa de la esclavitud. Ni los linchamientos. Ni la lucha por los derechos civiles, que se llevó por delante la vida de quien soñó una noche como la de hoy en el bronco, desigual deslumbrante, contradictorio y ultramoderno Chicago: Martin Luther King Jr. Y sin embargo, como me dijo Trevor Cardinal, un emigrante de Trinidad y Tobago que se afincó en Illinois y se casó con una “chicagoan”, en el el Grant Park que ayer se desbordó con el júbilo y la emoción de los partidarios de Obama, la piel no explica todo lo ocurrido, ni mucho menos: “No voté por él porque es negro como yo, sino porque era el mejor candidato posible para este país en este momento”.

Los grandes humoristas tienen cara de palo, no se ríen de sus chistes, muestran una cierta perplejidad ante las carcajada que desencadenan sus comentarios acerca de la vida y sus fenómenos, de lo idiotas que a veces somos y de los aburdos en los que nos internamos por nuestras flaquezas y desvaríos. Los grandes líderes políticos, y anoche vi a uno de ellos en acción, no se enamoran de sí mismos en el espejo enfebrecido de la multitud que le aclama y que semeja adorarle. Era asombroso el autocontrol, la seriedad en medio de la alegría generalizada, la calidad de su emoción, una entereza que luego tradujo en un discurso enhebrado como un sermón laico, sin estridencias, sin autoindulgencias, sin tocar más de la cuenta la fibra sensible o las bajas pasiones de la gene, pero por eso mismo tocándolas en lo más vivo: con una elocuencia capaz de que lo sentimental parezca lo más razonable y al mismo tiempo, a los que lloran, no les parezca una debilidad emocionarse, sino un tributo debido a “la verdad”. Fue la demostración palpable de que no toda la política es miserable, que se puede apelar a la razón y a la emoción y con ese engranaje argumental (y una impecable maquinaria electoral detrás, regada con los 600 millones de dólares supuestamente necesarios para hacerse oír en el mercado persa de la comunicación y el ruido en que se han convertido las campañas electorales) lograr que los que voten escuchen.

Es inevitable que Obama defraude, porque muchos han proyectado en él todas las frustraciones de una Casa Blanca indefendible, donde George W. Bush y Dick Cheney han practicado el juego sucio de forma sistemática, han utilizado el miedo a rajatabla, han convertido la lucha contra el terrorismo en una guerra contra el mal como entidad metafisica espléndida para tapar todas las vergüenzas de la lógica, han favorecido a los ricos, despojado al Estado de sus recursos financieros gastando como ludópatas, alimentado la caldera del calentamiento global y favorecido a las corporaciones menos escrupulosas y a la industria del petróleo de la que procedían sus fortunas, y han malversado las libertades públicas, construyendo en Guantánamo una colonia penitenciaria al margen de toda justicia, amparado y atizado la tortura como arma para defender “el bien” contra sus enemigos...

El propio Obama reconoció que era una “pantalla en blanco” en la que cualquiera podía proyectar sus deseos. Así lo han hecho muchos que ahora esperan (en Estados Unidos y en el resto del mundo) que se los pague en efectivo: con un trabajo, un seguro médico, una igualdad ante la ley, una cooperación internacional, una política energética, un “new deal” formidable que enderece el espinazo torcido del mundo. Los líderes honestos y clarividentes son necesarios, sobre todo en períodos de turbulencia y oscuridad. Nelson Mandela lo probó en Suráfrica, donde parecía imposible salir del “apartheid” sin un baño de sangre. Obama no podía ocultar su pigmentación, pero sí dejar de lado en gran medida la carta racial. Una carta, y un estilo, que extravió el camino de quienes le precedieron y que nunca llegaron ni la mitad de lejos. Hacían falta sus talentos. Su apelación cuajó sobre todo entre los jóvenes, pero también entre los trabajadores blancos que habían pensado que Hillary Clinton era su más cualificado portavoz, las mujeres que amenazaron con pasarse a Sarah Palin o no votar porque “el negro” (como por lo bajo, y a veces por lo alto llegaban a decir despectivamente algunos demócrtas) les había arrebatado la mejor oportunidad que habían tenido nunca de llevar a una mujer al cénit del poder americano, la inmensa mayoría de los negros, los chinos, los musulmanes (que vieron cómo se menospreciaba su fe al equipar desde la bancada ultra republicana musulmán con antiamericano: algo que acabó con la paciencia de Colin Powell, que decidió endosar “al candidato más cualificado” no porque fuera negro como él), los liberales, y muchos devotos cristianos que no oyeron las campanas de sus iglesias llamando a rebato contra quien defendía el aborto y no condenaba el matrimonio homosexual.

La emoción era legítima. Como periodista, debía someterla a raya, sobre todo ante los otros, ante quienes entrevistaba sobre el esplendor nocturno de la hierba de Grant Park, a orillas del lago Michigan, bajo las pantallas luminosas de los rascacielos que no existían cuando por sus inmediaciones desfiló el cortejo fúnebre de Abraham Lincoln, el primer presidente asesinado, que cavó su tumba por defender la unión y por pretender abolir la esclavitud en toda ella. La emoción de vivir una “noche histórica”, que a Trevor Cardinal (“nunca pensé que duraría lo bastante como para vivir este momento”) le recordó la victoria de John Fitzgerald Kennedy, también representante de una minoría (la católica). Pero aquel sueño lo cortó de cuajo su asesinato, y el de su hermano. Sería Lyndon B. Johnson, asociado sobre todo por su atroz campaña contra Vietnam, quien en gran medida lo hizo realidad, al proseguir el “new deal” que había puesto en marcha Franklin Delanto Roosevelt con la “gran sociedad”, que impulsó también los derechos de los negros.

Algunos se apresuraron a celebrar que la cuestión racial estaba superada en Estados Unidos. No conviene ir tan de prisa. La llegada de Barack y Michelle Obama al 1600 de a avenida de Pensilvania en Wasington el próximo 20 de enero encarna sin duda la poderoa fuerza de los símbolos, y millones de votantes, sobre todo jóvenes, blancos y de todo el arcoiris, no hicieron del color de la piel del candidato demócrata su bandera: era el hombre necesario, el ilusionador en jefe, el visionario, el lúcido, el que pronunciaba las palabras que necesitaban oír en este momento quebradizo de la historia. Pero con su llegada al poder no desaparecerán como por ensalmo los guetos, las desigualdades, los prejuicios, ni los estigmas. En “Beloved”, su mejor novela, Toni Morrison relataba una tragedia espantosa: una esclava negra, al ver fracasar su intento de fuga, su empresa de ser libre, decide degollar a su hija para evitarle los padecimientos que ella experimentó en propia carne y que sabía de sobra que la pequeña acabaría por arrostrar. Algo así sólo se puede comprender (no hablo de disculpar) en medio de la desesperación, pero también del conocimiento de cómo es el mundo, de cómo pueden llegar a comportarse los hombres. La vileza y la crueldad forman parte de nuestra naturaleza: bestias que hay que domesticar.

Obama habló esta noche en el antiguo parque del Lago, rebautizado en memoria del presidente Ulyses Grant, de que el sueño americano seguía vivo, y su triunfo era la prueba fehaciente de que algo aparentemente tan resbaladizo, tan etéreo, podía convertirse en realidad. Un sueño que para el novelista Richard Ford es un sueño universal: poder vivir una vida digna, bajo un techo, no sufrir persecución por tu forma de vivir, por tus ideas, y disfrutar de un trabajo con el que alimentar a tu familia y proporcionarle educación y asistencia médica, además de la libertad de moverte por donde te plazca, al marge de lindes y fronteras. Un proyecto sin duda aburrido para quienes lo han logrado ya: una pequeña parte de la humanidad. En realidad, ese sueño que parece un epítome americano, con ese talento para la sinécdoque que forma parte del genoma estadounidense, parece una mitosis de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en no pocos lugares siguen siendo tan revolucionarios como cuando fueron concebidos y proclamados.

Barack Obama habló ayer con el rostro serio y relajado de los trabajos y los días, del camino recorrido y de lo que queda por delante. Acaso le faltó hacer más hincapié en que ese “juntos, podemos” va a exigir mucho de cada uno de los ciudadanos de la primera potencia mundial. Va a exigir algo que muchos de sus votantes no están dispuestos a asumir: cambiar de forma de vivir, es decir, poner en entredicho el “American way of life”, un sistema basado en el derroche de los recursos del planeta, en un comumo que se devora a sí mismo y que no tiene medida ni fin. El cambio que se exige es de una envergadura ciclópea. No es un sueño gratuito. El dolor y el sacrificio forman parte intrínseca del futuro, aunque no sean mercancías políticas que se vendan bien en la subasta de los votos. La noche se adensa. Hay muchas celebraciones esta noche suave de noviembre en Chicago. Cojamos un tren nocturno con Duke Ellington (por ejemplo el tren A, que atraviesa Manhattan de norte a sur desemboca en Queens y el océano Atlántico, para que nos acompañe durante la relectura de “El hombre invisible”, la novela en la que Ralph Waldo Ellison examina la vida de un negro del sur que llega al Nueva York de los años 40 y trata de hacerse una identidad en una sociedad que se niega a admitir como es, que se niega a verle como es. Barack Obama ha dejado de ser un hombre invisible. Ahora todos los ojos están vueltos hacia él, hacia el sueño que na creado como el genio de la lámpara. El escrutinio será feroz, y no sólo desde las filas de sus enemigos políticos, sin también de quienes le eligieron para que les volviera a convencer de que existe una Tierra Prometida y está al alcance de la mano.


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