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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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El inmenso bien de Manos Unidas: Hablo de lo que he visto, por José Carlos Rodríguez Soto

1ro de marzo de 2021.

Durante mis últimos años en Uganda, en un par de ocasiones me pidieron hacer de guía de las dos responsables de Manos Unidas que coordinaban los proyectos en este país. Lo hice con todo el gusto del mundo y sin ningún interés personal, puesto que nunca necesité presentar ninguna de mis actividades para su financiación. En años más recientes, he pasado bastantes veces por su oficina de Madrid para apoyar la presentación de otros proyectos en Uganda y en Centroáfrica.

Como cada año, este mes de febrero Manos Unidas celebra su campaña, que este año tiene como lema ”contagia solidaridad” y desde la admiración que les profeso me siento obligado a presentar lo que vi, que es una muy pequeña parte del enorme bien que realizan.

Unas aulas o un dormitorio en un colegio donde cientos de niños y adolescentes de zonas rurales estudian gracias a la labor de unas religiosas ugandesas, una biblioteca en un centro cultural que sirve de encuentro a jóvenes cristianos y musulmanes, una sala de consultas en un centro de salud en el que acuden decenas de pacientes que ya no tendrán que andar cuarenta kilómetros para llegar al único que tenían hasta entonces, un centro de promoción de la mujer donde se enseña gratuitamente costura, contabilidad y otras habilidades que abren la puerta a poder contar con unos ingresos en hogares muy pobres...

Multipliquen esto por mil, o tal vez una cifra más alta, y tendrán una idea aproximada y tangible del bien que hacen en lugares donde la pobreza y los conflictos han convertido la vida diaria de millones de personas en una prueba muy difícil de superar.

Recuerdo una persona con largos años de experiencia en el mundo de la cooperación internacional que me decía que cuando se trata de ayudar a los pobres no basta con “hacer el bien”, sino que además “hay que hacer las cosas bien”. Esto implica realizar un servicio con un nivel profesional alto. “A los pobres hay que darles siempre lo mejor”, repetía a menudo un obispo con el que trabajé en Uganda cinco años. Esto implica saber presentar proyectos bien pensados, con una estrategia que garantice resultados y, sobre todo, que una vez finalizada la construcción, el proyecto será sostenible y podrá avanzar por sí mismo.

A esto hay que añadir seriedad en la contabilidad y en la justificación de gastos, sabiendo que cada euro que muchas personas han donado con generosidad debe llegar a su destino y producir resultados que mejoren la vida de la gente. Manos Unidas siempre ha contado entre su personal voluntario con profesionales, sobre todo mujeres, que tras una brillante carrera en puestos administrativos de empresas, al jubilarse emplean sus talentos empresariales en gestionar con probada competencia proyectos que saldrán adelante, no para aumentar ganancias o aumentar ventas, sino para hacer posible que muchas personas con pocas posibilidades puedan en adelante estudiar, tener una salud decente y ganarse la vida.

También hay que destacar el entendimiento y la fraternidad que proyectos así crean en comunidades formadas por personas de distinta procedencia. Recuerdo un proyecto que visité en una ocasión en el sur de la India, en el que los beneficiarios eran sobre todo musulmanes. Uno de los periodistas que nos acompañaba preguntó al líder de su comunidad cómo se llevaban con sus vecinos cristianos. “Nos entendemos muy bien”, respondió el sheik sin dudarlo. Ellos salen con sus barcas al mar a pescar y nosotros les compramos el pescado que después vendemos en el mercado”.

Podría haber añadido que sus hijos y los de los cristianos frecuentaban juntos las mismas aulas, financiadas desde España, donde aprendían no sólo matemáticas o inglés sino también a vivir juntos respetándose y en paz, que desde siempre ha sido la asignatura más difícil de aprobar.

Gracias a este personal voluntario y a resultados que se pueden verificar en el terreno, Manos Unidas se ha ganado un prestigio que nadie podrá poner en duda. A esto han añadido, durante los últimos años, un departamento de prensa que lanza campañas bien documentadas que revelan las causas de la pobreza y las injusticias que condenan a millones de personas al hambre, la enfermedad y la ignorancia.

Manos Unidas es una organización católica. Junto con Cáritas, son los dos grandes brazos de la acción social y caritativa de la Iglesia española. Además de la relación que he tenido durante años con Manos Unidas, trabajé también algún tiempo con Cáritas Española y sé que muchas personas incluso no creyentes son donantes de ambas porque, más allá de sus creencias o increencias, les merecen confianza. Me causa asombro oír durante estos días algunas voces que se dicen católicas que utilizan Internet para realizar críticas -que a veces rayan en el insulto - contra personas que, como Jesús, “pasan haciendo el bien”, criticando unas campañas que, por lo visto, les parecen poco religiosas, y a los que conceptos como solidaridad, ecología o justicia parecen rechinarles.

Me imagino que tales personas que utilizan estos argumentos pondrían reparos, por ejemplo, a la Carta de Santiago, en la que el nombre de Jesucristo aparece sólo tres veces. Los que hemos frecuentado una escuela sin grandes problemas, comemos tres veces al día y giramos cada día un grifo del que sale agua caliente deberíamos mostrar más respeto y sentido común ante personas y organizaciones que se desviven por que muchas personas que apenas malcomen una vez al día y cuyos niños mueren a los pocos años por falta de un centro de salud puedan simplemente vivir.

Yo, por mi parte, que quieren que les diga. Que pienso en los muchos niños que he visto en poblados pobres o en campos de desplazados y que gracias a Manos Unidas pueden ahora frecuentar una escuela o curarse de un paludismo en un centro de salud, o en mujeres o en campesinos que han podido comenzar una cooperativa y que, pensando en ellos y en muchas otras personas, este viernes me uniré al ayuno voluntario y el domingo participaré en la colecta de la Campaña contra el Hambre. Y les invito a todos los que me lean a que también lo hagan.

Original en : En clave de África



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