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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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El desastre del cambio climático para África, por José Carlos Rodríguez Soto

17 de diciembre de 2009.

Está a punto de concluir la cumbre de Copenhague. Todo parece indicar que no se van a alcanzar acuerdos que arreglen el estropicio del cambio climático creado por las emisiones de gases que son el producto del desenfreno de los países ricos. Mirando estos días el telediario se me ocurría que lo mejor que se podría haber hecho varias semanas antes de la cumbre es meter en un avión a los jefes de Estado del mundo superdesarrollado, llevarlos a una aldea del norte de Uganda o de Kenia, o de Chad, y dejarlos allí durante un mes para que se dieran cuenta de lo que quiere decir comer una vez al día y caminar cinco kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para recoger un bidón de agua turbia para beber, lavarse y cocinar. Aunque, bien mirado, bastante desgracia tiene la gente de esos parajes con vivir en la pobreza para encima tener que aguantar a una cuadrilla de ese calibre.

No me cansaré de corroborar algo que se ha dicho repetidas veces pero que no parece mover a la acción para cambiar las cosas: que África es el continente que menos contribuye al calentamiento global, pero es el que más paga sus consecuencias. Todos los países africanos sólo son responsables de apenas un 3% de las emisiones de dióxido de carbono del mundo, según datos del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Un africano produce 0,3 toneladas por persona al año, mientras que por ejemplo un estadounidense emite 20. Pero está claro que a un norteamericano –o a un español– el cambio climático no le supone tener que comer sólo una vez al día o quedarse sin agua potable.

A un africano sí, y mucho. Una de las cosas que más me impresionaron cuando llegué por primera vez al norte de Uganda, a finales de 1984, fue ver con qué rigurosidad los campesinos seguían un calendario agrícola transmitido de padres a hijos que funcionaba muy bien: en febrero se preparaban los campos, en marzo se sembraba maíz, mijo y cacahuetes; abril era el mes de escardar, a finales de mayo se cosechaba el maíz, en junio la gente se concedía un respiro con una pequeña estación seca de unas tres semanas. En julio se recogía el mijo y los cacahuetes y se plantaba el sésamo, el sorgo y las alubias, cosechas que maduraban a finales de noviembre al empezar la estación seca larga. En diciembre se recogían esas tres cosechas, que requerían algo más de sol fuerte para madurar, y a finales de diciembre empezaba la época de la caza. Y en febrero, vuelta a empezar.

Ahora ya nada funciona como antes. Desde hace varios años ya no llueve en marzo, y a menudo tampoco lo hace en abril ni en mayo. Y cuando el agua descarga lo hace cuando debería ser la estación seca y de forma torrencial. Los últimos años han sido una pesadilla para muchos millones de campesinos en África del Este, acostumbrados en el pasado a soportar una sequía –como mucho– cada diez años, y que ahora se enfrentan a ella prácticamente cada año. Por si fuera poco, estos cambios han empujado también a tribus de pastores seminómadas, que ya no encuentran agua en sus territorios, a invadir zonas habitadas por agricultores, dando lugar a conflictos violentos muy serios.

Durante mis 20 años en Uganda he conocido a infinidad de personas que estaban orgullosas de mantener a su familia con el trabajo de sus manos, que han vivido durante años sin problemas para alimentarse y que mandaban a sus hijos a la escuela y a la Universidad a base de vender sacos de cacahuetes o de alubias. He vuelto a ver a varias de ellas este año en las dos ocasiones en que he visitado Uganda y he sentido una gran tristeza al ver que bastantes de ellos han terminado por marcharse del campo para ir a buscar un trabajo a Kampala, donde acaban ganando el equivalente de 30 o 40 euros al mes por un empleo de guardia nocturno de seguridad mientras sus mujeres se pasan el día en el mercado malvendiendo cuatro chucherías. Sus hijos ya no pueden ni soñar con seguir sus estudios al terminar la escuela primaria porque en casa no hay dinero.

Seguramente, ninguno de ellos habrá oído hablar del cambio climático ni de la cumbre de Copenhague, entre otras cosas porque no tendrán dinero ni para comprar un periódico o una radio. Pero tengo la certeza de que ellos entienden del tema más que nadie. Lástima que su voz no pueda ser escuchada en los foros donde se toman decisiones o, lo que es peor, donde no se toman.



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