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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Echando cuentas, por José Carlos Rodríguez Soto

9 de enero de 2012.

Llegar a las cuatro de la madrugada después de ocho horas de avión y prepararse para otra noche sin dormir es para agotar la energía de cualquiera. Eso es lo que pensé el pasado 4 de Enero cuando, tras aterrizar en el aeropuerto de Entebbe (Uganda), el taxista me dijo que ese mismo día a las tres de la tarde salia un avión con destino a Bunia, en el Este de la República Democrática del Congo. Tras dormir, o mas bien dar algunas cabezadas, hasta las ocho de la mañana en la casa de los combonianos en Kampala, llame por teléfono a la compañía aérea y una amable voz femenina me informó que había plazas disponibles para el vuelo de esa tarde, pero que el avión se detendría en Beni, un poco mas al sur de Bunia, para salir de allí al día siguiente con destino a Goma, la ciudad que era mi destino final.

Con los ojos aun cargados de sueño, sopesé los pros y los contras. La ventaja era obvia : el avión me ofrecía mayor comodidad y seguridad que pasar diez horas de viaje nocturno en un autobús de la era del Pleistoceno. Pero tenia que pagar 300 dólares por el billete, cantidad a la que tendría que sumar otros 40 dólares del taxi al aeropuerto. Ademas, aunque la señora (no digo señorita para que no me acusen de machista) me había asegurado que podría pasar la noche en un hotel de Beni propiedad de la compañía aérea y que el precio de la habitación estaba incluido en el billete, me imaginaba que tendría que pagarme yo mismo la cena y sé por experiencia de clavadas anteriores que los servicios de restauración de los hoteles del Congo no suelen ser baratos, por lo que otros 20 dólares por lo menos no me los quitaría nadie. Empezaba a sumar y la adición de las posibles facturas se acercaba a los 400 dólares.

Consideré entonces las ventajas que me ofrecía el autobús: 35.000 chelines ugandeses (unos 15 dólares) por el viaje de Kampala a Kisoro, desde donde tendría que coger una moto-taxi para llegar a la frontera en Bunagana, a 12 kilómetros de Kisoro (unos 4 dolares), y desayuno por tal vez un dólar o dos. Total : 20 dólares. Había, sin duda, diferencia entre los 400 de ir en avión y los 20 de viajar por tierra.

Tenía, además, que comprar en Kampala, unos trofeos para los campeonatos deportivos que estamos organizando en el centro social Boscolac, en Goma, donde desarrollo mi actividad con los Salesianos, y si me gastaba el dinero en el avión no podría comprar las copas que los equipos ganadores alzaran victoriosos durante los próximos días. Incluso en el supuesto de que hubiera tenido suficiente dinero temía que la compañía aérea me cobrara los kilos extras que supondría el paquete de los trofeos. Estaba claro : en autobús hasta la frontera, como las veces anteriores, y punto. Llame por teléfono a los Salesianos de Goma y les dije que esperaba cruzar la frontera de Bunagana hacia las diez o las once de la mañana. Ellos se alegraron de oírme y me aseguraron que a esa hora estarían con el coche del proyecto esperándome para llevarme a Goma, a 90 kilómetros de Bunagana.
Durante los últimos nueve meses he hecho este viaje por carretera cuatro veces y los vigilantes de la caótica estación de autobuses ya me conocen. Entre allí como en mi casa, y los empleados se afanaron por ofrecerme una silla y hacerme la espera algo mas llevadera. Entre en el autobús a las siete y media de la tarde. El chico que vendía los billetes me aseguro que saldríamos inmediatamente. Cada vez que entro en un autobús en África me acuerdo de lo que decía Kapuscinski sobre el concepto del tiempo en este continente : que la pregunta más absurda que podemos hacer cuando entramos en un medio público de transporte en África es indagar a qué hora sale. Casi siempre nos dirán lo que queremos oír, pero la realidad es que los autobuses aquí salen cuando están llenos, y así ocurrió en esta ocasión.

Tras una larga espera, amenizada por un par de charlatanes profesionales que a voz en grito y durante mas de una hora nos explicaron las propiedades milagrosas de medicinas que purgaban toda clase de lombrices intestinales o prometían un vigor sexual ilimitado, finalmente a las once y media de la noche el conductor arrancó el motor y pusimos rumbo a Kisoro. Me pareció que el chófer era prudente y conducía bien y a una velocidad muy sensata, lo que me tranquilizó. Eran las nueve y media de la mañana del día siguiente cuando llegamos a Kisoro, y tras coger una moto-taxi, fui directamente al hotel Home Again, un modesto chiringuito con habitaciones limpias donde otras veces he recalado para descansar unas horas. La señora, que ya me conoce, me ofreció un desayuno de rumbo que agradecí, ya que la noche anterior preferí no cenar para viajar sin llamadas de la naturaleza poco convenientes en un viaje así : bananas verdes cocidas (matoke) con carne de cabra, alubias y salsa de cacahuetes. Pagué dos dólares, tras desear a la señora un feliz año nuevo, me dirigí a la aduana de Uganda, donde el empleado, que también me conoce, me deseó lo mismo, me preguntó por la familia, por la crisis económica de España, por su nuevo gobierno y por los progresos del Real Madrid. Preferí no decirle nada sobre los recortes de cooperación internacional (sobre todo con África) que - entre otros - caracterizaran el ano mariano que comienza y extendí mi pasaporte, donde me estampó el sello de salida.

Al llegar a la parte del Congo el jefe –que también me conoce- me preguntó lo que ya me esperaba : que has traído de bueno para nosotros. « Unos trofeos para los campeonatos deportivos infantiles que hacemos en Goma », respondí sin dudarlo. « Eso es para los niños, ¿y para nosotros ? » Como si ya lo tuviera ensayado le espeté : « Ya sabe usted que si los niños están contentos, sus papás también lo están de verlos así ».

Pasé sin mayores problemas y me senté bajo un porche para esperar el coche. Llegó a la media hora, con el superior de los Salesianos, el padre Joseph y el conductor Musafiri, a los que salude feliz, y tras otras tres horas y media de viaje llegamos a Goma donde esa noche dormí como un niño pequeño y soñé que con los 380 dólares que me había ahorrado podríamos comprar bastantes kilos de carne y algunos refrescos para que los chicos de Boscolac celebraran el día de los Reyes Magos como Dios manda.

Original en En Clave de África



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