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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Dominic Ogwen, declarado culpable. El niño soldado que se convirtió en una máquina de matar, por José Carlos Rodríguez Soto

11 de febrero de 2021.

El pasado 4 de febrero, el Tribunal Penal Internacional declaro culpable de 51 cargos de crímenes de guerra al antiguo comandante del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en sus siglas en inglés), el ugandés Dominic Ongwen. Dentro de pocos días deberá conocerse la sentencia, que seguramente será muy severa y podría llegar a cadena perpetua. Esta noticia, que ha tenido una transcendencia internacional notable, me toca personalmente al haber vivido en Uganda 20 años, la mayor parte de los cuales los pasé en el norte, la zona que durante dos décadas sufrió muy duramente los efectos de esta cruel rebelión.

Tuve un encuentro casual con Dominic Ongwen en una ocasión. Fue en julio de 2002, en un bosque de la región Acholi, durante una de las reuniones a las que acompañé al arzobispo de Gulu, John Baptist Odama, quien en aquellos días lideraba una iniciativa de paz de los líderes religiosos. Eran días muy duros marcados por el miedo y la desesperación, en los que el LRA secuestraba a decenas de niños todos los días, bloqueba el transporte con frecuentes emboscadas en las carreteras y realizaba ataques contra poblaciones civiles que siempre dejaban muchos muertos. Durante las dos horas que duró aquel encuentro, escuchamos a dos comandantes -Tabuley y Livingstone Opiro, ambos ya desaparecidos- desgranar sus amenazas. El tercer jefecillo era Ongwen. Recuerdo que se pasó toda la reunión en silencio mirando fijamente al cielo, sin expresión, pasando sus dedos por las cuentas de un enorme rosario. Al terminar la reunión, los comandantes nos entregaron una carta para el presidente ugandés y prometieron observar un alto el fuego.

Nuestro optimismo duró muy poco. A los dos días nos enteramos de una masacre que el LRA perpetró en una aldea cercana a la ciudad de Kitgum que yo conocía bien, al ser parte de la parroquia donde trabajé durante nueve años. Los rebeldes llegaron de noche y, tras rodear el poblado, hicieron salir a sus asustados habitantes de sus cabañas y mataron a cincuenta de ellos. A algunos los metieron en una casa y la prendieron fuego, y a la mayoría los sacrificaron a machetazos o a golpes. Recuerdo a una madre traumatizada que sobrevivió a aquella salvajada. Me contó que quisieron obligarla a matar a su bebé de pocos meses a golpes de mortero como hacen las mujeres africanas para machacar el grano. Se negó en redondo mientras gritaba y se salvó de milagro porque los rebeldes tenían prisa y se marcharon antes de que pudieran matarla a ella y al bebé. El líder de aquella repugnante matanza era Dominic Ongwen. Fue uno de los muchos crímenes cometidos con todo lujo de crueldades que se cuentan en su macabro curriculum.

El LRA se marchó del norte de Uganda en 2006 y desde entonces esta sufrida región ha conocido por fin la paz, aunque muchos miles de sus martirizados habitantes aun no se han recuperado de los traumas sufridos, sobre todo los padres cuyos hijos fueron secuestrados y de los que nunca volvieron a saber nada. En enero de 2015, cuando el LRA se encontraba en el este de la República Centroafricana, con sus efectivos muy diezmados, pero aún con una gran capacidad de hacer daño, Dominic Ongwen -que había caído en desgracia con su jefe Joseph Kony- se rindió. Lo curioso del caso es que se entregó a un grupo de rebeldes centroafricanos de la Seleka que pululaban por la zona, muy alejada del control del frágil gobierno. Se presentó con un nombre falso. Los milicianos de la Seleka avisaron a las fuerzas especiales norteamericanas que tenían su base en la localidad de Obo, donde apoyaban a las tropas ugandesas que operaban en la zona bajo mandato de la Unión Africana. Una vez en manos de los ugandeses, Ogwen confesó su verdadera identidad. En cuestión de pocos días, fue transferido a Bangui, donde un avión enviado por la Corte Penal Internacional (CPI) le recogió para llevarle a La Haya. Allí ha permanecido detenido y ha sido enjuiciado desde entonces.

El fiscal jefe de la CPI emitió, en 2015, cinco órdenes internacionales de detención contra algunos comandantes de la LRA contra los que pesan cargos muy graves de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Tres de ellos han muerto desde entonces y sólo quedan dos: el líder supremo del LRA Joseph Kony y Dominic Ongwen. Durante los últimos seis años, el juicio contra Ongwen ha sido seguido con un enorme interés en el norte de Uganda por las víctimas de los ataques del LRA, lo cual prácticamente equivale a decir toda la población, aunque muy especialmente por las personas cuyos seres queridos fueron asesinados por los rebeldes, los que quedaron con secuelas como mutilaciones, los secuestrados que regresaron y que tuvieron mil dificultades para reintegrarse y los que perdieron a sus hijos en secuestros, que seguramente sobrepasaron los 50.000.

Mucho se ha discutido sobre hasta qué punto Ongwen era responsable de sus actos, puesto que él mismo fue secuestrado, a la edad de 10 años, en 1990. Yo, personalmente, no tengo ninguna duda de que esta circunstancia no exime a una persona de responsabilidad cuando ya es adulto. Una cosa es que a un niño le obliguen a matar a machetazos a un infeliz al que le han puesto delante (cosa que el LRA hacía en todos sus ataques) y otra cosa es que un menor secuestrado cuando llega a la edad adulta tome la decisión de masacrar a todo un poblado. Durante los años que trabajé en norte de Uganda conocí muchos casos similares y nunca me quedó ninguna duda de que, incluso en el caso de una persona que entró en las filas rebeldes a la fuerza, la responsabilidad de causar un sufrimiento con los métodos más crueles no queda eliminada. Dominic Ongwen ascendió muy rápidamente en el escalafón del LRA y oportunidades de escaparse y de acogerse a una amnistía no le faltaron durante muchos años. Muchos de sus compañeros de filas lo hicieron y hoy disfrutan de una vida bastante normal.

Estoy seguro de que las víctimas de los crímenes del LRA respiran hoy algo más aliviadas. Nunca se podrá hacer justicia de forma que todos queden satisfechos, entre otras cosas porque ninguna sentencia conseguirá que los seres queridos que fueron asesinados vuelvan a la vida, y también porque siendo realistas al final sólo se podrá traer delante de un tribunal a una ínfima parte de los que perpetraron las mayores atrocidades. Pero, con todas sus limitaciones, estoy convencido de que la existencia de un tribunal permanente que juzgue los casos más graves de crímenes contra la humanidad, crimines de guerra y el crimen de genocidio, emite la señal de que no se puede realizar las acciones más crueles contra personas inocentes y marcharse tranquilamente como si nada hubiera pasado.

Original en: En Clave de África-Imagen: wikipedia



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