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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Dictador americano muere rodeado de oprobio. Dictador africano recibe homenaje en Oxford, por José Carlos Rodríguez Soto

20 de mayo de 2013.

Durante los últimos días los medios de comunicación se han ocupado abundantemente de la muerte del dictador argentino Jorge Rafael Videla, fallecido a los 87 años en la cárcel bonaerense donde cumplía condena por delitos de lesa humanidad perpetrados durante los años en que ejerció su dictadura entre 1976 y 1981. Hay que recordar que tras el regreso de la a su país, en 1983, Videla juzgado y condenado a prisión perpetua por numerosos crímenes cometidos durante su mandato, en el que el ejército perpetró secuestros, torturas, asesinatos y los conocidos como “vuelos de la muerte”, en el que se arrojó a detenidos vivos desde aviones al mar. Bajo su régimen murieron 30.000 personas, según datos de varias organizaciones de defensa de los derechos humanos. Aunque el presidente Carlos Ménem le indultó en 1990, Videla tuvo que enfrentarse de nuevo a la justicia en varias ocasiones. En 2010 fue condenado de nuevo a cadena perpetua por el fusilamiento de una treintena de presos políticos en 1976, y el año pasado un tribunal de añadió otra condena de 50 años de cárcel por el plan sistemático de robo de bebés.

Con un currículum tan siniestro a sus espaldas, sorprende poco que en su propio país y en el resto del mundo la memoria de Videla haya caído en el oprobio que se merecía. Las víctimas han recibido el consuelo de la justicia, aunque nada podrá compensarlas por la pérdida de sus seres queridos, y el nombre del dictador pasará a los anales de la vergüenza pública para siempre.

A servidor A servidor de ustedes, que siempre ha pensado que las comparaciones no son odiosas ni mucho menos, no le pasado desapercibido el hecho de que el pasado 18 de mayo, justo al día siguiente de la muerte de Videla, otro dictador de la misma calaña recibía un solemne homenaje en la Universidad de Oxford. Se trata de Paul Kagame, presidente de Ruanda, quien en un anfiteatro en presencia de 300 personas recibió un “premio de honor al crecimiento de la economía africana”. No es la primera vez que Kagame acude a un foro académico internacional como invitado de honor ¿Se imaginan ustedes a Videla o a Pinochet, durante los años de su dictadura, acudiendo a una universidad europea para recibir una medalla o dar una conferencia? El clamor de indignación mundial en contra habría sido inimaginable. Pero no ha sido así en el caso de Kagame, y me pregunto por qué.

Me pongo a comparar, y repasando el historial del mandatario ruandés el pobre Videla, con sus 30.000 muertos, se queda a su lado como un santo padre. Solamente durante los primeros meses que siguieron a la toma del poder en Kigali del Frente Patriótico de Ruanda dirigido por Kagame, entre julio y octubre de 1994 fueron asesinados en el país entre 60.000 y 80.000 personas, en la durísima represión que siguió al fin del genocidio contra los tutsis. Así lo afirmó el informe realizado por el investigador Robert Gersony a finales de ese año para Naciones Unidas y que la ONU se encargó de bloquear para que estos datos no salieran a la luz. Durante los cuatro años anteriores, cuando el FPR –integrado en su gran mayoría por milicianos de etnia tutsi- controló el norte del país, hubo también decenas de miles de muertos, sobre todo campesinos hutu.

En las dos guerras que se desarrollaron en la R D Congo entre 1996 y 2003, los soldados ruandeses que invadieron su vecino realizaron masacres sistemáticas de civiles –sobre todo refugiados-que han sido abundantemente documentadas por el “Mapping Exercise Report” publicado por el Alto Comisariado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en agosto de 2010. Ruanda, bajo Paul Kagame, ha apoyado también militarmente a algunos de los grupos rebeldes más crueles que han operado en el Este del Congo: la Unión de Patriotas Congoleños de Thomas Lubanga, el Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo de Laurent Nkunda, y más recientemente el M23 dirigido por Bosco Ntaganda y Sultani Makenga, como ha documentado otro extenso informe publicado el año pasado por un grupo de expertos de Naciones Unidas.

Todo esto, sin contar el ambiente de durísima represión que se vive en el interior de Ruanda, donde durante los últimos años se han cerrado medios de comunicación, se ha asesinado a periodistas críticos con el régimen y se ha intimidado a líderes políticos de la oposición. El caso más prominente es el de la opositora Victoire Ingabire, condenada el año pasado a ocho años de cárcel en un juicio-farsa en el que no gozó de garantías legales mínimas y en el que se llegó incluso hasta detener y encarcelar a su propio abogado defensor.

Al responsable de todas estas tropelías se le hace un homenaje en una universidad. Entendería si esto tuviera lugar en un centro académico de Corea del Norte, Eritrea o Zimbabue, pero no en una universidad del llamado mundo libre que tiene por bandera la democracia y el respeto a los derechos humanos. Sólo encuentro una explicación, y es el doble baremo que las políticas de los países occidentales suelen seguir en materia de derechos humanos: si se trata de un dictador europeo o americano, se considera que un comportamiento tal es inaceptable, pero si quien comete esos mismos abusos es un africano se considera normal que los negros sufran represión y abusos, como si los africanos no merecieran gozar de los mismos niveles de respeto a la dignidad humana que se consideran imprescindibles para los occidentales.

Y si, además, como es el caso de Paul Kagame, su país goza de un buen crecimiento económico, se considera que con eso basta para aplaudirle y ponerle medallas. Las cifras de crecimiento económico de Ruanda (que en buena parte se deben al expolio de minerales valiosos en la vecina R D Congo) son suficientes para tapar a los muchos miles de muertos que Kagame tiene a sus espaldas.

Original en : En Clave de Africa



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