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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Desayuno en Bangui, por José Carlos Rodríguez Soto

29 de agosto de 2012.

Por segunda vez en cinco días me han vuelto a cancelar del vuelo de Bangui a Obo, el lugar situado en el extremo Este de la República IMG_0167Centroafricana donde trabajo. Primero fue porque en el vuelo yo era el único pasajero, y esta mañana ha sido por condiciones meteorológicas adversas. Así que, tras dejar la maleta en el aeropuerto a la espera de que mañana podamos despegar con el vuelo humanitario, he cogido un taxi y he vuelto a Bangui, donde he entrado en la oficina a las ocho de la mañana.

Ayer no cené. Llegué andando a un chiringuito situado a orillas del río Oubangui y me sorprendió que el único plato que podían servirme –pescado del río- me lo ofrecían a 12.000 francos CFA, es decir, unos 25 dólares. No salí de mi asombro. Si hubiera pedido colas de rape en el Waldorf Astoria de Nueva York lo habría entendido, pero… ¡un pescado a la brasa en un destartalado quiosco y acompañamiento ninguno! Les pedí que me repitieran el precio por si había yo entendido mal, y me volvieron a decir que 12.000 francos. Así que me volví a casa, y a la cama sin cenar, que a los que estamos cargados de arrobas como yo no nos viene mal hacer esto con cierta frecuencia. Lo malo es que por la mañana salí de la casa donde me suelo hospedar en la capital sin que me diera tiempo a desayunar. Como consecuencia, y tras haber pasado por el estrés del aeropuerto, al llegar a la oficina el hambre me atormentaba como si tuviera a alguien en el estómago tocando un tambor. Un compañero que salía con su coche se ofreció a llevarme a una de las dos únicas cafeterías de la ciudad dignas de semejante nombre, ambas propiedad de comerciantes libaneses, pero como pillaban bastante lejos y quería empezar sin demora, preferí salir a la calle y buscar otra forma de desayunar.

Nada más cruzar el primer barrizal, llegué a un animado centro situado debajo de unos árboles que siempre había contemplado a bastante distancia, y me paré enfrente de una chica que asaba trozos de cerdo. Me dijo que eran cien francos la pieza, es decir, unos 15 céntimos de euro. Le señalé dos trozos que me parecían más apetecibles, y tras depositármelos en un platito de plástico, me dijo que como eran tajadas sin grasa el precio era algo más caro: 150 francos cada uno. Mientras me aderezaba los pinchos con picante y limón me dirigí al puestecillo de al lado, donde una señora hacía buñuelos y por cien francos me puso cuatro recién hechos en una bolsita de plástico.

Al volver enfrente de la chica que asaba la carne de cerdo, la joven se acercó a otro corrillo donde un muchacho cortaba el pelo a un cliente a la sombra del árbol mientras hacían turno para esperar. Volvió con una banqueta de madera y me indicó que me sentara. Le pagué y saboreé mi desayuno de esta mañana. Todo me costó 400 francos CFA, unos 60 céntimos de euro. A mi lado se sentó otro hombre que acababa de comprar un cuenco de papilla con leche. Mientras comía, observé lo que tenía a mi alrededor: hombres que se dirigían al trabajo y paraban allí para comer algo rápido mientras charlaban entre ellos. Unos pocos metros más allá, unos chicos con sus carretillas esperan que aparezcan clientes que necesiten sus servicios de transporte, y otros se apoyan en montones de tablones de madera que están a la venta.

Al terminar mi plato, repuestas mis fuerzas, la chica me acercó una palangana con agua y jabón para que me lavara. Me ha encantado este desayuno, versión africana del “fast food” en plena calle. En África no hay nada como intentar comer en estos rincones populares, esperando que la providencia nos ayude y no nos cojamos ninguna infección, aunque si uno tiene miedo de las enfermedades también se pueden pillar en un restaurante de lujo. Termino de lavarme y me levanto con las manos aún mojadas. Doy las gracias a la chica y vuelvo sobre mis pasos para entrar en la oficina. Ahora puedo empezar el día en mejores condiciones. Y ojalá que no nos cancelen el vuelo de mañana.

Original en : En Clave de África



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