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Benjamín Forcano

Religioso y teólogo. Dirige la revista Éxodo y la editorial Nueva Utopía.

Blog Editorial Nueva Utopía

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Cristianos por la distribución de la riqueza
26 de abril de 2021

Cristianos por la distribución de la riqueza” es uno de los temas que centra lo más nuclear del cristianismo. Ahora, pienso que sería mejor decir cristianos que optan por la distribución de la riqueza, para no ser motivo de que nadie, a la vista de lo ocurrido contrariamente en el desarrollo histórico del cristianismo, comience por desentenderse absolutamente.

Es importante subrayar esto, porque en nuestros países de Europa, mayoritariamente cristianos, se adolece de una religiosidad sin memoria de los orígenes o, lo que es lo mismo, desconocedora de la persona de Jesús.

Son muchas las barreras que, creadas históricamente, dificultan llegar hasta Él. Siempre hubo quien siguió de verdad al Jesús real, pero arraigaron también poderosas costumbres, normas y estructuras incompatibles con él y que no pueden ser propias de quienes se profesan seguidores suyos.

Queda claro, por tanto, que lo primero es reafirmar que sin Jesús no hay cristianismo. Y, para quien quiera entrar en el tema, entenderá que hoy en nuestra sociedad manipulada, se necesita apuntalar, que eso de Cristianos por la distribución de la riqueza, no se lo puede definir si no es con referencia a Jesús de Nazaret.

Intentamos, pues, un retorno a Jesús, en la convicción de que él agita un código no precisamente económico ni tecnocientífico, sino ético, humanista y liberador, ineludible para acabar con la injusta distribución de la riqueza.

Por otra parte, creo que hay que depurar la idea, muy extendida, de que el cristianismo sólo sirve para acumular méritos para el cielo soportando con paciencia las injusticias, los abusos y los sufrimientos que reporta la vida social y política. Al fin y al cabo, esa sería la forma de seguir a Jesús, quien habría aceptado la muerte violenta de la cruz, para borrar los pecados del mundo y así reparar la ofensa de un Dios justiciero.

Este enfoque ha sido – y es- aireado y muy cuidado por quienes detentaban el poder. Trasponían para el otro mundo la tarea de santificarse y salvarse, considerando ajena, sino degradante para la fe, la lucha por la verdad y la justicia y su implantación en esta tierra. Se ensalzaba la figura de un Jesús ahistórico, ajeno a la vida nuestra, entontecedor y alienante.

Y en este suceder, la Iglesia asumió en buena parte esta figura de Jesús, lo que provocó rebelión y decepción, gran abandono y repudio de la Iglesia.

Paradójicamente, dentro de la Iglesia, existen cristianos, millones, que tienen otro modo de ver y actuar. Comparten con investigadores, sabios, pensadores , líderes sociales y políticos , figuras eminentes del mundo ético y religioso, la denuncia del extravío de una comunidad internacional que pretende edificarse sobre el poder económico, la soberbia, el racismo y el dominio de unas naciones sobre otras; una visión crasamente materialista y consumista, a la que nada importa la dignidad, los principios, los derechos y los valores humanos, que se constituyen en líneas rojas de la desigualdad y de la injusticia, del egoísmo y la avaricia, de la marginación y del sufrimiento.

El profesor Juan Antonio Senent remarca esto: “El hecho de que se produzca desempleo, pobreza y exclusión para los perdedores, prueba que el sistema funciona correctamente, pues tendrá como correlato el éxito profesional, la opulencia y el poder de los que se alzan triunfantes sobre el fracaso de otros”.

Esto le lleva a decir que “por más que los ideólogos neoliberales reafirmen como sacrosanta la institución de la democracia y el respeto de los derechos humanos, en los países occidentales la globalización neoliberal ha instaurado el “mercado libre”, como usurpador tanto de la soberanía política de las sociedades democráticamente constituidas como de la garantía de los derechos humanos”.

Dicho esto, tratare de comentar brevemente, aspectos de la distribución de la riqueza, conectados más directamente con la vida y mensaje de Jesús y que alumbran el compromiso de quienes deciden seguirle.

1. El vivir de Jesús

La causa que Jesús predica y para la que vive, es el reino de Dios, que hace posible una sociedad nueva, basada en la justicia y el amor, digna del hombre.

La sincronía perfecta entre Dios y Jesús, permite la comunicación definitiva entre lo humano y lo divino, en El encuentra su lugar natural el amor de Dios por la humanidad. Quien quiera conocer de verdad a Dios, no tiene sino conocer a Jesús y hacer lo que él hizo. Nadie como él puede contarnos quién y cómo es Dios.

Los evangelistas coinciden en esto. Mateo, por ej., dice: “Quien esto hace: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo, está dentro del reino de Dios” (Mt, 12, 29-34).

Y a los discípulos, que discutían quién sería el más grande en ese reino, Jesús les dijo avergonzados: “El que entre vosotros quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Lucas 9,33-35).

Justo en la capital de Jerusalén, a la vista de los más altos dirigentes religiosos, Jesús actúa como un hombre libre y enseña a ser libre y liberarse de todas las opresiones creadas por los hombres. Jesús anunciaba una nueva imagen y relación con Dios, de la que brotaba una sociedad más más igualitaria, más justa y más pacífica. Removía los cimientos de la sociedad judía.

Aparece claro que la causa de Jesús fue: crear con todos una familia nueva, sin exclusión ni discriminación de nadie, en igualdad, viviendo y tratándose como hermanos y, en todo caso, sabiendo que la grandeza de sus seguidores está en el servir, en ser los últimos en el beneficio y no en el mando. Su máxima utopía es ser buenos como Dios, amar como Dios, dar la vida por las personas que amamos.

Este proceder de Jesús lo muestra radicalmente comprometido con la causa de los hombres, lo cual le impide ser apolítico. No fue un político partidista, pero se enfrentó con la política de su tiempo, la practicada por los políticos de Roma y Jerusalén.

Por ellos y contra Jesús surgió el conflicto que lo hacía a sus ojos intolerable: “Este hombre no nos conviene, hay que eliminarlo”.

No fue, pues, Dios Padre quien lo sacrificó para reparar nuestros pecados y satisfacer así su malparada justicia, sino el poder semisacralizado de los gobernantes.

Dios no quiere al hombre a su servicio, sino al servicio de los demás hombres. La respuesta al amor que nos pide Jesús está en el amor que nos tenemos los unos a los otros. El participaba el poder de Dios, puro amor-compasión. Y esa compasión divina le colmaba y no podía dejar de actuar sintiéndose plenamente solidario ante la explotación, la necesidad y el sufrimiento de los hombres.

2. La actitud de Jesús ante la idolatría de la riqueza y el poder político

Sería iluso pensar que Jesús tuvo como cometido una labor puramente espiritual, ajena a la sociedad y a la política. Ese Jesús ahistórico no existió.

Jesús fue un ciudadano normal en medio de su sociedad, pero no fue neutral, ni pasó indiferente ante nada que afectase el ser humano.

Abiertamente se propuso denunciar y combatir todo lo que inspirase la alienación y esclavitud del hombre. Y tomó partido ante el proyecto imperial y religioso de entonces. Y guiado por el reino de Dios, -su proyecto- desenmascaró y fustigó los errores y contradicciones connaturales al sistema vigente y a sus dirigentes.

El teólogo Schillebcks escribe: “El interés indirecto de Jesús por la política era un hecho de primera magnitud: el trato que daba a los oprimidos, la denuncia contra toda suerte de esclavitud y discriminación, su opción y preferencia por los más pobres y excluidos, eran un grito subversivo de cambio y transformación social y religiosa”.

Jesús fue un rebelde que no transigió con los engaños, abusos e hipocresías del imperio y del sanedrín. Y, por eso, fue detenido, juzgado y crucificado.

Llegamos así al punto más vivo del tema. Porque detrás del poder, del poder político, grande o pequeño, está el dinero, la riqueza, - ¿robada?-, que lo sustenta.

La riqueza en sí, en abstracto, no existe. Existen personas, grupos, naciones que poseen la riqueza frente a otros que carecen de ella o la tienen en menor medida. Lo cual se presenta como una relación real, entre riqueza y pobreza, que se plasma en sujetos que son ricos y en sujetos que son pobres.

Pero esta relación es al mismo tiempo causal. Los ricos lo son porque se apoderan de la riqueza y hacen que otros sean pobres. Hay un nexo: el rico lo es porque roba, sustrae y se apropia de bienes que pertenecen a los pobres. Los ricos existen a causa de los pobres. No habría empobrecidos sin empobrecedores.

Y esta es, simplemente, la razón por la que para Jesús la riqueza es perversa y maldita, porque se convierte en medio de creación, explotación y opresión del pobre. La riqueza es maldita porque es injusta y, al ser injusta, genera marginación, hambre, enfermedad, analfabetismo, atraso, sufrimiento.

La malicia última de la riqueza es que es relacional, que no se da sin que a la otra parte haya pobres y oprimidos. En este sentido, la riqueza se erige como un falso dios, generador de muerte, frente al Dios verdadero, generador de vida. Y entre ambos no hay posible acuerdo: ”No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt, 6,24; Lc 16, 13).

Elegir la riqueza como centro de la vida es, por tanto, hacer de ella un dios y, por eso, es considerada, “Como el peligro más grande a la hora de servir a Dios” (Sicre, en “Los dioses olvidados”).

A este respecto, me parece oportuno subrayar que a mí no me preocupa el que uno pueda ser ateo, sino idólatra, idólatra del dios de la riqueza. Puede haber ateos que, siéndolo, traten a sus semejantes con justicia, con respeto y amor.

El Che, que era ateo, estaba dispuesto a dar la vida por la justicia y la liberación de sus hermanos.

Los idolatras del dios dinero consienten en maltratar, destruir y matar al hombre. Estos idólatras son fieles devotos del dios dinero, sus innumerables víctimas ya no caben en el altar prostituido de sus ganancias y beneficios.

Jesús contrapone el Dios de la vida a poderes de este mundo que, absolutizados, actúan en el hombre en contra de la vida.

El Dios verdadero, que es el Dios de la vida, está en contra de los dioses que combaten la vida. Esos dioses son el dinero como símbolo de todo poder, utilizado para explotar, oprimir, dominar y matar.

Es por eso, que Jesús clama: “¡No podéis servir a y al dinero!” Imposible adorar al Dios de la vida, de la igualdad, de la justicia, de la libertad, del amor y de la paz, de la razón y del derecho, y adorar al dios dinero, símbolo de la injusticia, de la dominación, de la opresión, del sufrimiento y de la muerte. ¡Son incompatibles!

3. El principio MISERICODIA

¿Cuál es el alcance de este principio en la vida de Jesús, y en la nuestra, a la hora de afrontar la desigualdad y la distribución de la riqueza?

Si el amor debe impregnar el proceso de la vida de todo cristiano, es porque tal acción es la que configura el modo de ser de Dios, encarnado humanamente en Jesús.

Recordemos el pasaje del samaritano, es un ejemplo de la reacción de la misericordia, propia de un ser humano cabal, frente a la acción viciada del sacerdote y del levita que ven y pasan de largo., -muy piadosos ellos-.

El samaritano actúa y cura por compasión, exactamente como el padre del hijo pródigo, que lo añora, lo espera y cuando regresa, lo abraza y celebra la fiesta.

La forma concreta del amor, aquí se llama misericordia, que se abre al sufrimiento para erradicarlo.

Por el contrario, la historia está configurada por la antimisericordia, que hiere y mata a los seres humanos y también a los que la hacen.

Jesús antepone la curación a la observancia del sábado. Sus adversarios no, son duros de corazón y actúan contra él, buscando cómo eliminarlo. La antimisericordia reacciona contra los que practican la misericordia y ejecuta a los que la practican.

¡Dichosos los misericordiosos! Es lo más hondo del ser humano y lo que más los asemeja a Jesús. Él quiere que seamos felices, todos, y que lleguemos a estar juntos unos con otros, en la mesa compartida. Y nos es necesaria hasta que no logremos sentarnos todos en esa mesa de la fraternidad.

Quien ejercita la misericordia, está salvado”, llega a ser el hombre cabal. Todo lo demás es irrelevante y hasta peligroso.

Y entiendo que los malos políticos lo son porque carecen de misericordia. No son corresponsables ante la pobreza y el sufrimiento que produce.

La supremacía humana la tiene la misericordia.

El egocentrismo hace imposible la misericordia. El sacerdote y el levita –y una lista que cada uno puede completar- dan rodeos y no defienden al herido.

Se aplauden las obras de misericordia y a aquellos que ocasionalmente la practican. Pero no a quienes actúan y viven guiados por la misericordia. El principio misericordia denuncia a los salteadores de la víctimas, que sólo ocasionalmente son benefactores, pero que encubren la mentira de la opresión que practican y no animan a las víctimas a liberarse.

Los explotadores no toleran a quienes luchan para que dejen de mentir y no sigan produciendo víctimas. A nadie meten en la cárcel, por hacer obras de misericordia, ni lo hubieran hecho con Jesús si no hubiera ido más allá.

Pero, lo seguirán haciendo con cuantos actúen según el principio misericordia y con cuantos pongan al descubierto la mentira: subvierten los últimos valores sobre los que se apoya el sistema.

Conclusión

La ambición de los que no sirven al pueblo utiliza siempre la política y la religión no para asegurar el bien y los derechos del pueblo, sino para defender su propio bienestar y privilegios, lo cual les lleva a tergiversar la religión de su verdadero sentido.

La “Buena Noticia” que Jesús anuncia es el Reino de Dios, un proyecto de convivencia para una nueva sociedad, en la que los pobres son los bienaventurados. Racionalmente no es fácil comprender su mensaje. El camino señalado por Jesús para hacer efectivo su proyecto, podría ser, resumido, el siguiente:

  • Se trata, nos dice, de que me sigáis obrando como yo. Lo cual
  • Significa que en la convivencia sepáis comportaros con solidaridad con los demás, con los que menos tienen o más sufren, no os encerréis en vosotros mismos, poneros en su lugar y veréis cómo podéis ayudar.
  • Significa que miréis la tierra y sus bienes como cosas de todos, no os los apropiéis, no vayáis a la conquista de nada, pues rodo lo habéis recibido como un regalo y debéis regalar. Así viviréis en ella sin violencia y sembrareis paz.
  • Significa que en todo ser humano hay como un doble de vuestro yo, hacedles lo que os gustaría que hicieran con vosotros, ved además que en ellos está presente el Señor, dad cauce a ese vuestro deseo de ser justos y solidarios, remediad el hambre y otras necesidades, prestad un servicio.
  • Significa que nadie es mejor ni peor que tú, no los juzgues con rigor cuando los veas excluidos o postrados, sé misericordioso, comparte su suerte, ayúdales.
  • Significa que tengáis un corazón limpio y abierto para todos, sin límites ni barreras, que veas a todos como personas y no como enemigos, ámalos y verás cómo aniquilas la guerra y haces crecer la paz.

Dicho de otra manera: La felicidad acompaña a quien actúa convencido de que:

  • Es preferible ser pobre que rico opresor, llorar a hacer llorar, pasar hambre a que otros mueran de hambre, ser dichoso por no ser opresor.


- Todo esto está en ti, es lo mejor de ti, es tu dignidad y valía, y es la dignidad y valía de cada ser humano. Es mi alternativa.
- Caminar por aquí es seguirme, dejar a un lado el afán del dinero, renunciar a la injusticia, abrir caminos de humanidad, de amor y de paz.

  • Mi Evangelio anuncia que toda acumulación de bienes, mientras un solo ser humano se muera de hambre, es injusta. Las bienaventuranzas que yo propongo denuncian que la sociedad tal como está hoy montada a nivel mundial es inhumana e injusta, aunque se cumplan al pie de la letra todas las normas legales establecidas. Mis bienaventuranzas dicen que otro mundo es posible.

Frente a la filosofía clasista y menospreciadora del capitalismo, la teología cristiana afirma que los pobres son el lugar teológico, que constituyen la máxima y más escandalosa presencia de Dios en la historia.

Benjamín Forcano

[Fundación Sur]


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