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Mikel Larburu

Mikel Larburu es un Misionero de África (Padres Blancos) nacido en Zumaya (Guipuzcoa). Ha estado trabajando por la sociedad argelina durante más de cuarenta años, especialmente con la formación profesional de la juventud del Sahara. Actualmente trabaja en un proyecto de Europa - Islam en Bruselas y es el coordinador de la sección "AfrIslam" del Portal del Conocimiento sobre África de la Fundación Sur.

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Artículo de fondo:¿Qué pasa con "las primaveras árabes"?
4 de julio de 2012

Las elecciones legislativas y presidenciales egipcias no han servido para nada
Le Monde del 30 de junio 2012 Por Tariq Ramadan*

La confusión reina en Egipto. La movilización popular, que arrancó el 25 de enero 2011, permitió evacuar a Mubarak y hacer temblar su régimen dictatorial. El optimismo estaba presente en todos los espíritus: la “primavera árabe” veía la luz del día, la “revolución” estaba en marcha, el pueblo desbancó al dictador e iniciaba su marcha hacia la libertad. Las voces más prudentes, empujando a analizar los datos de la ecuación política nacional y regional, eran de carácter crítico, pero descalificados de inmediato, porque colonizados por un pesimismo peligroso o cómplices de los intereses escondidos del Occidente.

Más grave todavía, se decía que estas voces manifestaban una duda peligrosa hacia los pueblos árabes y de su capacidad de liberarse del doble yugo de las dictaduras y de los diktats de las grandes potencias. Los Egipcios, como los Tunecinos y los Yemenitas, se decía, se habían liberado por sus propias fuerzas y habían tomado su propio destino en mano. Dudar de ello equivalía a dudar de sí mismos, del “ser árabe”, dudar del sentido de la historia: la duda era, de facto, “culpable”.

En “El Islam y el despertar árabe” (Presses du Châtelet, 2011), personalmente he formulado dudas sobre el origen y la naturaleza misma de estos levantamientos. Fui muy criticado en Occidente (a causa de una pretendida tentación de conspiracionista), así como también en el mundo árabe y mayoritariamente islámico (por la misma tentación y sobre todo por mi falta de confianza en el coraje de los pueblos árabes). Y sin embargo…

La situación en Egipto nos obliga a ir más allá del optimismo emotivo de los primeros meses para volver a un estudio más razonado y razonable de los hechos y de los retos. Desde el comienzo del levantamiento popular, estamos bien obligados a reconocer que la única institución que jamás ha perdido verdaderamente el control de la situación es bien el ejército. Después de algunas vacilaciones, la jerarquía decidió primeramente no intervenir (siguiendo el ejemplo tunecino) y dejar al pueblo que protestara hasta la caída del dictador.

Posteriormente, el Consejo superior de las fuerzas armadas ha acompañado, incluso pilotado, cada una de las etapas de la refundación de las instituciones: las elecciones parlamentarias, la comisión encargada de la redacción de la nueva Constitución, la oficialización de los partidos políticos y de sus candidatos a la elección presidencial, el proceso del ex-presidente, etc. Nunca el ejército ha perdido el control de las operaciones, y, en cada etapa, ha impuesto a los representantes de la sociedad civil y a los partidos políticos de componer con ellos.

Los diversos candidatos, los Hermanos musulmanes como los salafistas, han dialogado, han tranquilizado y han determinado los términos de un acuerdo posible con la institución militar. Hay que recordar que el ejército no representa la “fuerza armada” en Egipto sino un poder financiero que pose potentes intereses en numerosos sectores de la economía egipcia.

Desde algunas semanas, las cosas se han acelerado y lo que era perceptible entre bastidores ha salido a la luz del día de manera oportuna y calculada. La comisión encargada de la redacción de la Constitución ha sido juzgada como anti-constitucional y parada. Mubarak, viejo y moribundo, ha sido condenado y sus hijos absueltos pocos días antes de la primera vuelta que consagra la corta victoria de los Hermanos musulmanes.

Mientras que los dos candidatos anunciaban sus victorias respectivas, la proclamación de los resultados fue pospuesta. Mohammed Morsi ha sido anunciado como vencedor de una “elección democrática e histórica”. Los fundamentos institucionales y legales de las susodichas elecciones presidenciales han volado en pedazos a merced de estas decisiones: el presidente elegido ejercerá un poder sin autoridad y será gratificado de una autoridad simbólica sin poder.

Los responsables del ejército no han dudado incluso en anunciar que estas elecciones revestían un carácter temporal y que habría que volver a las urnas en cuanto la Constitución y el Parlamento fueran restablecidos, en un período de seis meses. Se murmura incluso que el puesto del primer ministro ha sido negociado, sobre la base de una posible, y muy oportuna, reaparición de Mohammed El Baradei, sobre quien la administración americana contaba mucho. En definitiva, elecciones para nada.

A menos de que se trate del tiempo necesario al ejército para retomar definitivamente las cosas en mano habiendo hecho perder su credibilidad a los actores políticos. Los Hermanos musulmanes han cometido una serie de errores estratégicos que les ha hecho perder una parte de su popularidad y, simbólicamente en los puestos de mando, las apuestas a levantar son inextricables. Los salafistas son un espantapájaros útil (como en Túnez) y las otras fuerzas políticas están desorganizadas, incluso profundamente divididas.

Por otra parte, hay que recordar los intereses muy fuertes que ligan la administración americana y la Unión europea con la jerarquía militar egipcia desde hace decenas de años. La situación en Egipto inquieta, tanto como lo es en Siria, en Yemen, en Bahrein y, en mor medida, en Túnez (incluso se puede pensar que los tímidos avances en Túnez se conviertan en una pantalla que esconda los fracasos de todos los demás países).

¿Qué ha pasado por lo tanto con las “primaveras árabes”? La única verdadera revolución que se ha concretizado es una “revolución intelectual”: estos pueblos han tomado conciencia que podrían convertirse en dueños de sí mismos, de su destino y, en un espíritu no violento, echar abajo a los dictadores. No es poco y es la condición de las revoluciones sociales y políticas que desearíamos todos.

Cuando las grandes potencias parecen haberse puesto de acuerdo para no llegar a una entente en Siria, cuando los antiguos aliados de los dictadores pretenden ser los mejores amigos de los pueblos y de las democracias, cuando nada está ganado en el terreno político, corresponde a los pueblos de mantenerse movilizados, no dejar nada suelto y –evitando la trampa de la violencia ciega (que el ejército egipcio podría en un momento dado fomentar para justificar una toma de riendas del país)- ponerse de acuerdo sobre las prioridades de la resistencia democrática.

La fuerza de los movimientos venía de su sólida unión contra los dictadores: su debilidad les viene de la falta de leadership para dibujar los contornos de una visión compartida del futuro.
Las movilizaciones nacionales deben ser pensadas en función de dinámicas regionales, de nuevas relaciones económicas Sur-Sur, sacando provecho de las nuevas relaciones de fuerzas del nuevo orden internacional multipolar.

Si la energía de los levantamiento se quiere transformar en fuerza revolucionaria, hace falta que las voces que se escuchan en la Plaza Tahrir afirmen en adelante algo más que su esperanza por el final del régimen y determinen más lúcidamente y más claramente las prioridades nacionales y regionales de su resistencia. La movilización popular es necesaria, pero el proyecto revolucionario está todavía por establecer y realizar.


*Tariq Ramadan es autor de numerosas publicaciones y preside el grupo de reflexión European Muslim Network en Bruselas.


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