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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Africanos en Roquetas de Mar, por José Carlos Rodríguez Soto

9 de septiembre de 2010.

Acabo de regresar de unas breves vacaciones en la localidad almeriense de Roquetas de Mar. Allí, al otro lado de las hermosas playas bañadas por el Mediterráneo, hay otro mar que se extiende hacia la sierra y que está formado por franjas interminables de plásticos blancos que albergan invernaderos donde crecen, durante todo el año, toda clase de verduras y hortalizas. Muchos, si no la mayoría, de los que trabajan allí, son inmigrantes africanos subsaharianos.

Paseando por las calles de la barriada de las Doscientas Viviendas tiene uno la impresión de estar en algún rincón de Nairobi o de Accra. Construida en los años 60 para atraer a trabajadores del interior de Andalucía, el lugar está hoy habitado por más inmigrantes que españoles, y en seguida llama la atención la cantidad de africanos que viven en sus casas. Procedentes de Senegal, Mauritania, Gambia, Malí, Ghana, Nigeria, Guinea Bissau y otros países del sur del Sáhara, buena parte de ellos trabajan en estos invernaderos soportando temperaturas superiores a los 50 grados. Lo peor no es este calor asfixiante, sino el aire poco sano que se respira plagado de pesticidas. Hablando con algunos vecinos del barrio, muchos reconocen que incluso los españoles en paro no aceptan fácilmente este tipo de trabajo.

Los africanos que viven en las Doscientas suelen ser hombres que han dejado a sus familias en sus países de origen y cuyo objetivo es enviarlas dinero. Esto les hace vivir muy al día, comiendo poco y mal en pisos con poco espacio. Ochocientos euros netos al mes es la paga que recibe la mayor parte de ellos, un salario exiguo que los empresarios justifican aduciendo el fluctuar salvaje de los precios de sus productos. En la alhóndiga donde los mayoristas compran las hortalizas, el precio de un kilo de berenjenas puede variar entre los tres y los cincuenta céntimos, dependiendo de cómo esté el mercado. Según el régimen laboral del sector agrícola, los temporeros tendrían que pagarse su propia Seguridad Social, pero muchos no están dispuestos a renunciar a esos euros que podrían aprovechar mejor enviándolos a sus hijos para que puedan estudiar o hacerse una vivienda digna. Y es que aunque no parecen pensar en quedarse para siempre en España, bastantes de ellos llevan en nuestro país más de 20 años y cuando les llegue el tiempo de la jubilación se darán de bruces contra el hecho duro de no contar más que con una exigua pensión no contributiva que les sumirá en una vejez poco deseable.

En una de las calles de las Doscientas Viviendas viven tres Misioneros de África (padres blancos) en una sencilla casita. Rozando ya los setenta años, los padres Jesús y Jesús Mari se sienten satisfechos de haber pasado varias décadas de duro trabajo pastoral en lugares como Malaui, Tanzania y Burundi. Algo más joven que ellos, el padre Joaquín completa la comunidad de tres, a la que hay que añadir otros dos miembros muy peculiares: el matrimonio formado por Pepi y Antonio, dos asociados laicos de algo más de 60 años naturales de Alcalá de Guadaira (Sevilla) que al jubilarse decidieron “independizarse de sus hijos y marcharse de casa”, como señalan con su peculiar gracejo. Los cinco son el alma del Centro Intercultural Afrika, situado en la puerta de al lado de su vivienda y que cada día acoge entre 150 y 200 africanos que acuden a sus locales para recibir clases de español o de informática, o simplemente para estar juntos y sentirse acogidos. El hecho de que el centro está llevado adelante por 20 voluntarios españoles, todos ellos vecinos de Roquetas de Mar, dice mucho de esta población en la que en general hay una buena convivencia entre españoles e inmigrantes españoles. Lástima que estas buenas noticias cotidianas no suelan ser noticia.

Además de esta labor social, los tres sacerdotes trabajan en varias parroquias de Roquetas, en las que realizan una gran labor de atención pastoral a todos, y muy particularmente a la comunidad católica africana, que se siente más en su casa participando en misas que animan con sus cantos y acudiendo a catequesis en las que incluso se les habla en su lengua local, como ocurre con los muchos catecúmenos de Guinea Bissau que participan en un catecumenado en lengua manyako.

Entre playa y playa, me alegré de haber hecho dos visitas a esta comunidad en la que pude ver a estos hombres felices que, tras largos años de trabajo en África, viven ahora entregados a ser amigos de los africanos que viven en este rincón de España.
Y, por cierto, creo que la próxima vez que compre en un supermercado fruta o verduras fuera de temporada me pararé a pensar que podemos permitirnos ese lujo gracias a que unos hermanos nuestros que han venido en patera y viven en la precariedad soportan temperaturas de 50 grados en un lugar de trabajo donde otros no quieren entrar.



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