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Inicio > Bitácora africana >

Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Abusos sexuales en misiones de la ONU. El fin de la impunidad, por José Carlos Rodríguez Soto

31 de mayo de 2016.

Teclee usted en Google las entradas “Naciones Unidas” y “República Centroafricana” y los más seguro es que las primeras referencias que encuentre tengan que ver con abusos sexuales. Más de 30 denuncias se han registrado en los primeros meses de 2016, y durante el periodo de 2013 a 2015 se denunciaron al menos 108 casos de violaciones y abusos de mujeres y niñas por parte de soldados de Francia, Gabón, Burundi y otros países. Cuando me presento y digo que trabajo en la misión de paz de la ONU en este país casi me da vergüenza.

El pasado domingo se celebró la jornada mundial de los Cascos Azules . Desde que empezaron las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU en el mundo, en 1948, algo más de 3.500 soldados, policías y civiles que servían en estas misiones han muerto en acto de servicio. En 2015 fueron 129, en todo el mundo. En Centroáfrica llevamos ya 35 fallecidos, desde que empezó la misión en septiembre de 2014. Sin embargo, no es muy probable que la gente normal asocie los cascos azules con personas que se sacrifican por ayudar a la gente que necesita protección en lugares conflictivos, sino más bien con abusos, ineficacia, derroche de recursos y burocracia sin fin. Y lo peor es que estos y otros sambenitos lo tienen que cargar personas que trabajan (trabajamos, modestia aparte) siete días a la semana, más de diez o doce horas al día y que nos exponemos a diario a situaciones de riesgo.

Entrando en el tema de los abusos sexuales, por lo que conozco directamente del tema pienso que hay que distinguir entre las normas que rigen al personal civil y al personal militar de Naciones Unidas. En Centroáfrica, donde hay 10.000 soldados y 2.000 policías como fuerza de mantenimiento de la paz, trabajamos también unos 600 empleados civiles internacionales en asuntos varios (política, asuntos civiles, derechos humanos, asuntos penitenciarios, asuntos electorales, etc). Al firmar el contrato te informan de las normas de comportamiento que tenemos que guardar siempre, y que incluyen la prohibición absoluta de sexo con menores, con prostitutas y otras reglas para evitar el acoso sexual en el trabajo, la explotación sexual y el comportamiento en lugares públicos. Tenemos, por ejemplo, prohibido ir a bares y locales de mala reputación que están en una lista que nos suelen actualizar regularmente. Y no podemos salir a partir de las diez de la noche. Si alguien acusa a un empleado civil de haber cometido una falta seria, las normas son durísimas: el acusado no puede defenderse, tiene que aceptar que le suspendan de empleo y sueldo como medida cautelar y le devuelven en el acto a su país mientras se realiza una investigación sobre su caso, que suele tardar como poco cinco o seis meses. Si al final se demuestra que eres inocente, puedes volver, pero mientras tanto tu buena fama está por los suelos y nadie hará nada por devolverte tu honor manchado.

Las cosas cambian si se acusa a un soldado de los “cascos azules” de haber cometido un acto de abuso sexual. La misión de la ONU no puede sancionarle ni hacer nada, excepto informar a su país de origen, el cual tiene un plazo de dos semanas para enviar un investigador. En la mayoría de los casos, esto ocurre -a veces ni siquiera responden- al cabo de varios meses. Si finalmente devuelven a ese soldado a su país, son sus autoridades las que tienen que juzgarle, y la experiencia demuestra que en muchos casos o bien no lo hacen o si le hacen un juicio, terminan diciendo que era todo una campaña para mancillar la reputación de su país, etc, etc.

Es decir, en definitiva ocurre lo de siempre en Naciones Unidas: que todo termina dependiendo del país de origen que proporciona al personal, sobre todo militar. Esto fomenta la impunidad, y para terminar con este estado de cosas últimamente se han tomado medidas nuevas. Por ejemplo, el pasado 11 de marzo el Consejo de Seguridad votó a favor de dar al secretario general la posibilidad de repatriar a contingentes enteros si el país en cuestión no toma medidas para juzgar a los acusados de haber cometido actos de abuso sexual. Hasta esa fecha, la ONU sólo podía mandar de vuelta a su país a individuos sospechosos, como ocurrió en febrero de este año, cuando el jefe de la misión de paz en Centroáfrica (MINUSCA) tomó la drástica decisión de repatriar a 120 soldados de la República Democrática del Congo después de que el presidente Kabila demostrara que sólo tenía interés en dar largas sin tomar ninguna decisión. El anterior representante especial en Centroáfrica, el general senegalés Babacar Gaye, pagó caro el no haber hecho lo suficiente para acabar con esta plaga en septiembre de 2015, cuando Ban Ki Moon le obligó a dimitir. Ban ha nombrado también recientemente a un enviado especial para ocuparse de forma exclusiva de terminar con los abusos en el seno del personal de Naciones Unidas. Hacía falta mano dura y poner las cosas en su sitio: hemos venido a proteger y ayudar a la población, no a aprovecharnos de ella.

Creo, sinceramente, que la organización en la que trabajo está haciendo hoy día todo lo que puede para acabar con esta plaga. También se han organizado sesiones informativas para autoridades locales de manera que sepan cómo actuar en casos semejantes. Por desgracia, hay también muchos casos de acusaciones falsas, chantajes y de casos que en definitiva se trata de relaciones consentidas, pero que se denuncian como violaciones cuando alguien huele que puede sacar unos cuantos miles de dólares aprovechándose del miedo ajeno.

Mucho más tendrían que hacer también los países que contribuyen con tropas en las misiones de paz de la ONU, ya que según las normas que rigen son ellos los que tienen que distribuir los sueldos (la ONU pasa el dinero directamente a sus gobiernos) El año pasado, por ejemplo, se descubrió que Camerún no había pagado a sus soldados durante un año. También habría que ser más realista y no enviar a soldados a un país extranjero, en condiciones difíciles, durante doce meses sin poder volver de vacaciones a su casa ni una sola vez en ese tiempo. Un soldado al que no le pagan, que no ve a su familia durante un año, que está expuesto a situaciones de peligro y que tiene la moral por los suelos, no es precisamente el mejor candidato a un diploma de buen comportamiento en un país extraño.

Original en :En Clave de África



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