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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Una enorme metedura de pata cardenalicia que nada tiene que ver con la Iglesia africana, por José Carlos Rodríguez Soto

20 de enero de 2020.

Para un Cardenal que ha jurado fidelidad al Papa, publicar un escrito que crea un ambiente de sospecha contra quien es su superior inmediato es un verdadero disparate, y mas intentando involucrar a Benedicto XVXI, con quien Francisco siempre ha tenido un trato exquisito.

“Carlos, me gustaría que te encargaras del servicio en español para Radio Vaticana durante la visita del santo Padre”. Cuando, en 1993, el entonces Nuncio en Uganda, el arzobispo mexicano Luis Robles, una excelente persona, ya fallecida, me hizo esta propuesta acepte encantado. Seguí a Juan Pablo II a todas partes durante los cuatro días que duró su visita y grabé dos servicios al día poniendo en este trabajo toda mi ilusión.

Años más tarde, en 2011, el director de la revista ugandesa Leadership -de la que yo mismo fui director durante dos años- me pidió que cubriera la visita de Benedicto XVI a Madrid durante la Jornada Mundial de la Juventud. Le seguí a todas partes y escribí con el mismo cariño y entusiasmo. Y cuando el Papa Francisco vino a Bangui en 2015 el director de Vida Nueva me pidió que me le enviara un artículo y me patee las calles de la capital centroafricana siguiendo al actual Papa en un campo de desplazados, la catedral, el barrio musulmán y la misa final en el estadio. Termine aquellos dos días exhausto, pero con una enorme alegría.

Quiero decir con esto que, contrariamente a lo que algunos medios digitales conocidos por su animadversión a Francisco intentan vender estos días, la mayoría de los católicos -curas incluidos- no vivimos eligiendo trincheras desde las que estamos a favor de un determinado Papa y en contra de otro. Cuando ejercía el sacerdocio (hasta 2008), en mi trabajo pastoral me cuide muy bien de expresar en público opiniones que la gente hubiera podido interpretar como contrarias al magisterio de Juan Pablo II y de Benedicto XVI independientemente de lo que yo pudiera pensar. Y, como periodista colaborador de un buen número de publicaciones católicas, he seguido la misma norma. Cuando trabaje en Caritas Española me permitieron seguir escribiendo en Vida Nueva, Religión Digital, Misioneros Tercer Milenio y Mundo Negro, entre otras revistas, así como seguir dando conferencias y cursillos. Pero añadieron a mi contrato un clausula en la que me comprometía a no expresar nada en contra de la doctrina de la Iglesia. Me pareció lógico, firme y observe esa norma religiosamente.

Hoy día, en mi trabajo en Naciones Unidas, sigo la misma regla institucional. Antes de firmar el contrato, los funcionarios tenemos que firmar un juramento en el que, entre otras cosas, prometemos lealtad a la institución. Me parece lógico. Si yo pienso algo en contra de sus normas o políticas, me cae mal el Secretario General o me parece que alguno de sus subsecretarios es feo, bajito y le huelen los pies, lo comento en privado o me lo guardo para mí, pero no se me ocurre publicar un escrito en el que dejo a la institución en mal lugar. No sé qué normas rigen en el Convenio de Cardenales, suponiendo que algo así exista, pero creo que es de sentido común no hacer nada que pueda interpretarse como poner palos en las ruedas a la autoridad de la Iglesia.

Digo todo esto como comentario a la reciente polémica sobre el libro del Cardenal Sarah “Desde lo profundo de nuestros corazones”. Nada tengo en contra de este buen hombre, de una gran inteligencia que, cuando fue nombrado obispo con 34 años, se convirtió en el prelado más joven del mundo. Durante la dictadura de Sekou Toure desempeño un dificilísimo papel en el que estuvo a la altura. Recuerdo que cuando fue director del dicasterio “Cor Unum” hizo mucho por los refugiados y desplazados en África, tema que personalmente me tocaba muy de lleno (trabaje mas de una década en lugares donde el 90% de la población estaba desplazada a causa de la guerra). He leído sus libros “Dios o Nada” y “La Fuerza del Silencio”, que revelan una honda espiritualidad. Pero lamento que durante los últimos años se haya dejado manipular por lobbies ultra católicos internacionales que si saben lo que quieren cuando ponen a parir al Papa Francisco y agitan ciertas redes sociales -españolas incluidas- en las que se acusa al Pontífice de hereje e incluso se llega al insulto y a descalificaciones de mal gusto.

No voy a decir que el Cardenal Sarah, al haber querido involucrar al Papa Emérito, haya tenido la intención de contribuir a estas campanas anti-Francisco, pero sí que ha tenido una solemne metedura de pata. Me sorprende poco que hasta el secretario de Benedicto XVI, Georg Gaenswein, le haya tenido que desautorizar en público. Como teólogo y cardenal puede tener sus ideas, pero es, por lo menos, imprudente y muy poco discreto expresar unos propósitos que excluyen toda posibilidad de ordenar a hombres casados precisamente cuando Francisco está a punto de decidir si respalda las recomendaciones del Sínodo de la Amazonia sobre los “viri probati”. Para un Cardenal que ha jurado fidelidad al Papa, hacer unas declaraciones que crean un ambiente de sospecha contra quien es su superior inmediato es un verdadero disparate.

Intentar involucrar al Papa Emérito en este embrollo, además de haber sido poco elegante por su parte, crea un problema para el propio Benedicto XVI, el cual en su día, autorizo la creación de una prelatura para recibir a los sacerdotes anglicanos que quisieran integrarse en la Iglesia Católica, y prácticamente todos los que se han acogido a esta posibilidad están casados y -tras recibir la ordenación sacerdotal católica- se les permite ejercer el ministerio sin que tengan que renunciar al matrimonio.

Por cierto, una aclaración que tal vez pueda resultar superflua pero que no está de más recordar a ciertos comentaristas: el Cardenal Sarah no es ningún representante de la Iglesia Africana, por lo que nadie de quien ha rechazado su jugada de estos días lo hace porque sea de este continente. En nombre de las Iglesias del continente hablan los obispos de sus respectivas diócesis, las Conferencias Episcopales de sus 54 países, las agrupaciones regionales como el AMECEA o la ACERAC, o a nivel continental la SECAM. No estoy muy seguro de que los que tanto se empenan hoy en presentar a la "Iglesia africana" como un bastion de autenticidad catolica frente a una supuesta corrupcion de otras Iglesias en otros continentes lean mucho los documentos y declaraciones del episcopado africano.

Original en : En Clave de África



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