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Inicio > Bitácora africana >
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Arozarena, Ramón

Catedrático de Francés, jubilado.

Cooperante con su mujer en Ruanda, como profesores de la Escuela Normal de Rwaza, de 1969 a 1973.

Coordinador de la red de escuelas primarias en los campos de refugiados ruandeses de Goma (Mugunga, Kibumba, Kahindo y Katale), en 1995, con un programa de Caritas Internacional.

Observador – integrado en las organizaciones de la sociedad civil congoleña – de las elecciones presidenciales y legislativas de la República Democrática del Congo, en Bukavu y en Bunia, en julio y octubre de 2006.

Socio de las ONGDs Nakupenda-Áfrika, Medicus Mundi Navarra y colaborador de los Comités de Solidaridad con África Negra (UMOYA).

Ha traducido al castellano varios libros relativos a la situación en Ruanda.

Ha escrito y/o traducido para CIDAF (Ahora Fundación Sur) algunos cuadernos monográficos sobre los países de la región de los Grandes Lagos.

Parlamentario por Euskadiko Ezkerra, entre 1987-1991, en el Parlamento de Navarra.

Ver más artículos del autor


Un plan Marshall para el este del Congo, por Ramón Arozarena

7 de octubre de 2013.

La idea de un plan Marshall, sugerido en el Acuerdo-marco de Addis Abeba de febrero de 2013 y en la resolución 2098 del Consejo de seguridad, para impulsar el desarrollo económico y social del este de la RDC fue propuesta por los ministros belgas de Asuntos exteriores y de Cooperación, Didier Reynders y Jean-Pascal Labille, en el contexto de la reunión de la Asamblea general, nº 68, de las Naciones Unidas, celebrada días pasados. Se trataría de aportar un cuantioso apoyo para la reconstrucción y estabilización de una zona de la RDC, martirizada desde hace años por los conflictos, y de los países vecinos, como Ruanda, Burundi y Uganda. El plan respondería, por otra parte, a las reclamaciones que los rebeldes del M23 han puesto sobre la mesa en las conversaciones un empantanadas (los líderes rebeldes quieren que se les garantice una “salida digna”) entre el gobierno congoleño y el M23 en Kampala: que los Kivus, Ituri y norte de Katanga sean declarados “zona siniestrada” y en consecuencia receptora de una ayuda internacional excepcional. Es una demanda reiterada de nuevo en París por el jefe de la delegación del M23 en las conversaciones de Kampala, René Abandi. Ello facilitaría además un “aterrizaje” o incorporación de los líderes rebeldes en la pacificación y reconstrucción de un territorio devastado. El plan se centraría esencialmente en los sectores de la energía, agua, agricultura y comercio transfronterizo. El objetivo final sería además del desarrollo socioeconómico el retorno de la paz en una región convulsa. El presidente congoleño Kabila, en un encuentro con el ministro belga de Exteriores, el 24 de septiembre en Nueva York, se ha mostrado favorable a dicho plan (“más que un muro deseo construir un puente con Ruanda”). También Ruanda, acusado sin embargo de apoyar a los rebeldes del M23 que controlan y esquilman parte del territorio del Kivu Norte y de ser el responsable de la inestabilidad endémica de la zona, se ha mostrado, al parecer, interesado en el proyecto. Bien es verdad que, a juzgar por las primeras reacciones, la propuesta no ha levantado excesivos entusiasmos.

El protagonismo de Bélgica se centraría en un intento por aunar los esfuerzos del Banco Mundial, de la Unión Europea, ya que se trata de un proyecto colectivo. Según el ministro Labille, “el elemento esencial es asegurar un futuro al conjunto de esta población y un desarrollo socioeconómico al conjunto de estos países de la región de los Grandes Lagos”.

Las objeciones, en forma de escepticismo o incluso de frontal oposición, no se han hecho esperar. En primer lugar está el hecho de que se elabore un proyecto tan ambicioso que implicará grandes inversiones multisectoriales sin una consulta previa sobre objetivos, medios etc. a los dirigentes congoleños nacionales, regionales, locales; sin que los criterios de los “beneficiarios” (autoridades, poblaciones, comunidades, sociedad civil) hayan participado en la concepción y diseño del plan. Es ya una evidencia que el fracaso de muchos proyectos de cooperación, incluso de los ciertamente bien intencionados, proviene de la ausencia en su elaboración y puesta en marcha de los receptores beneficiarios. Es preciso también añadir que la participación en la gestión de los mismos de autoridades locales no significa automáticamente una garantía de que los beneficios alcancen a la población y que los fondos invertidos no vayan a parar a engordar intereses de la clase dirigente.

El plan Marshall impulsado por Bélgica puede esconder, según los analistas del diario de Kinshasa, Le Potentiel, “un regalo envenenado. Se preguntan, entre otras cuestiones, por qué la ayuda se va a centrar únicamente en el este de la RDC y no en el conjunto del territorio congoleño. Las guerras, la agresión, ocupación y saqueo por parte de Ruanda y Uganda de enormes zonas del este, ciertamente las han devastado, pero es el conjunto del país que como consecuencia ha quedado gravemente herido y arruinado. ¿No esconderá el plan la pretensión de ir consolidando la existencia de dos países (“dos países, dos velocidades”), esto es, la desintegración de la unidad territorial y la balcanización del Congo? ¿Se trata, una vez más, de un complot contra la unidad nacional, dado que en el proyecto se incorpora a Uganda y Ruanda como socios y parte del mismo? Es lo que sospechan algunos. Quieren entrever que con este plan Marshall regresa la vieja idea, hace años sostenida por Herman Cohen, subsecretario norteamericano para asuntos africanos, y defendida también por Nicolas Sarkozy, de que la única solución para superar las crisis regionales y para alcanzar la estabilidad y pacificación de la región de los Grandes Lagos consistiría en que las enormes riquezas, fundamentalmente mineras y agrícolas, del este de la RDC fueran compartidas por las comunidades tanto congoleñas como transfronterizas (ugandeses, ruandesas). Se trataría por lo tanto de crear un espacio común en el que se pudiera compartir territorio y riquezas. Si así fuera, si la percepción de los congoleños fuera acertada, no cabe duda de que el objetivo final del plan significaría además de una especie de legitimación del pillaje sufrido por el Congo por parte de países vecinos un paso hacia la división del país. De ahí la reticencia y oposición ante el plan Marshall propuesto por Bélgica.

Boniface Musavuli, congoleño residente en Francia que escribe regularmente en Agoravox, plantea una objeción más radical. Apoyándose en las tesis de la economista de Zambia Dambisa Moyo (en el libro “La ayuda maldita”), según la cual la ayuda es nefasta porque genera dependencia, impulsa la corrupción y sirve para que el mal gobierno y la pobreza se perpetúen en África, concluye que semejante diagnóstico es plenamente aplicable al Congo, donde las abundantes ayudas han alimentado la corrupción y el mal gobierno, cuando bastaría dedicar razonablemente los enormes recursos naturales para el desarrollo socioeconómico y mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, en vez de dilapidarlos y malversarlos. El Congo necesita sin duda que se le ayude, pero no con “generosos donativos” sino con inversiones, concluye Musavuli.



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