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Inicio > Bitácora africana >
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Ordoñez Ferrer, Carlos

Carlos Ordoñez Ferrer como él dice "Antes fui realizador de televisión. Ahora soy activista, viajero y escribidor. Es mejor para la salud" .

Colaborador de MUGA El Centro de Estudios y Documentación sobre Inmigración, Racismo y Xenofobia, MUGAK, impulsado desde SOS Arrazakeria, Organización que viene desarrollando su labor desde 1995.

Carlos Ordoñez Ferrer ha pasado nueve meses en Mozambique tiempo en el que ha escrito su blog Mozambiqueando que a partir de ahora podremos encontrar en nuestra página web

De vuelta a España realizó el Master "Información Internacional y países del Sur" de la Universidad Complutense de Madrid

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Tanzaniando, por Carlos Ordoñez Ferrer

28 de septiembre de 2009.

Nuestro segundo día en Dar el Saalam amaneció con una consigna. “Caminar”. Y cierto es que la curiosidad puede aguantar más que unas sandalias. Fuimos al norte, a la península de Msasani. La bordeamos por la calle Toure hasta llegar al otro extremo, a la bahía del mismo nombre. Lo más llamativo eran las casas residenciales de los embajadores. Mansiones en toda regla. Lujo a borbotones y fuera de los muros basura. Horas después, agotados y con unas incipientes ampollas en los pies de Edna nos decidimos por un taxi de vuelta al hotel.

Apenas un respiro y una ducha para despegar la mugre de nuestra piel y de nuevo a callejear. Una vez más dejamos la brújula en la habitación y nos perdimos por las calles Libia, India, Zanaki, Morogoro, Ghandi.... El caóticamente seductor centro de Dar el Salaam.

Las miradas volvían a dirigirse hacia nuestra extraña apariencia. Hindús, rastafaris, masais, mujeres con chador, con el “tercer ojo”, musulmanes evidentes en su vestir… Una explosión multicultural, multicolorida en ropas y pieles. Y sin embargo éramos nosotros, al parecer quienes llamábamos la atención. Los críos nos señalaban y se reían “nzungu! nzungu!” (blancos! blancos! en swahili). En turismo apenas recala en esta ciudad. Es más bien fea, pero los personajes que la visten son de una amabilidad y una alegría que sorprende. Al parecer la cultura swahili es así. Hija de influencias árabes, hindús, portuguesas ancla sus raíces en una de las lenguas bantús. Una cultura abierta a las influencias que ha ido moldeando un carácter jovial, alegre, hospitalario y profundamente amante de su libertad.

Al día siguiente, día de la elecciones en Kenia volábamos a Zanzíbar. Antes de ello teníamos otro plan. El Mercado de Kariakoo, el mayor mercado de Tanzania. Nos habían contado que debíamos ir sin bolso, con la fotocopia del pasaporte, sin cámara de fotos. Poco menos que con guardaespaldas. Que era un sitio peligroso. Que ahí se veía una piel blanca y enseguida caían los ladrones. Yo tenía una referencia que añadía un matiz. Un español que dirige una fundación que trabaja en el desarrollo de la Isla Ibo, en el norte de Mozambique había sido atracado en Kariakoo. Le robaron hasta la ropa. Pero, (y aquí está el matiz) la misma gente del mercado salió disparada a por el atracador y en unos minutos el colega tenía todo de vuelta y varios amigos que le invitaban a su casa. Es decir. En ocasiones se cuentan historias de los países del sur que concluyen peligro, desamparo, violencia, etc y lleva a un estado de miedo que resulta absurdo y nada recomendable para viajar. En Kariakoo, aquel día se dio un ejemplo de empatía con el “nzungu” que me gustaría saber si se da de manera recíproca en el mercado de alguna ciudad europea.

La palabra que más volvimos a escuchar en Kariakoo fue “Karibú!” (bienvenidos!) seguido de una amplia y contagiosa sonrisa. No se trataba de ningún mercado de artesanía para turistas. Era el mercado diario en el que se abastecen los habitantes de esta ciudad loca, sucia y por algún motivo atrapante. La basura ahí estaba. Su olor también. Había todo tipo de fruta, especias, abalorios de ferretería, máquinas de coser chinas, ropa, zapatos, arroz, animales, pescado, carne, linternas, colchones, sujetadores, ropa hindú, la última moda en los conjuntos musulmanes para mujer, gorros, teléfonos celulares y todo lo que os podáis imaginar. Edna estaba en la tarea de comprarse unas sandalias, cuando de pronto el cielo se puso gris y, sin bajar ni un grado la temperatura, comenzó a arrojar baldes de agua. Carreras, a tapar la mercadería, a cobijarse en las esquinas. Duró tres minutos. Suficientes para que el suelo de barro seco se transformara en un lodazal. Ninguna catástrofe. La gente reía. Un joven pretendió hacerme una broma vaciando el agua que aguantaba uno de los plásticos. Subió con un palito el plástico y los cinco o seis litros de agua de lluvia ahí alojada se deslizaron buscando una salida en forma de chorro que calló a centímetros de donde yo estaba escuchando cómo Edna regateaba el precio de las sandalias. Le miré. Le hice un gesto de “te he visto” y todos nos reímos a mandíbula batiente. ¿Qué hubiera pasado si me hubiera caído encima? Que la risa de los demás hubiera sido igual. Pero yo no la hubiera compartido tanto. En cualquier caso me recordó a las travesuras que todos hacemos de críos. Éste es en parte el carácter de los swahilis. Adolescencia eterna.



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