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Bitácora Africana


Puncel Reparaz, María

Nace en Madrid y se educa en un colegio de religiosas de la Compañía de maría. Es la mayor de siete hermanos y empieza muy pronto a inventar cuentos para sus hermanos y hermanas pequeños. Al dejar el colegio estudia francés e inglés en la Escuela Central de Idiomas en madrid. Ha trabajado en Editorial Santillana como editora en el departamento de libros infantiles y juveniles. Ha escrito más de 80 libros y traducido alrrededor de los 200.

Ha escrito guiones de TV para programas infantiles y colabora en las revistas misionales GESTO y SUPEGESTO .

Algunos de sus libros más conocidos:

"Operación pata de oso", premio lazarillo 1971

"Abuelita Opalina" . SM,1981

Un duende a rayas", SM, 1982

"Barquichuelo de papel, Bruño, 1996



El pobre loco y los ricos, traducción al castellano de María Puncel.

Fábula etíope publicada en francés por “Cahiers de la Societé Asiatique”, Había un hombre al que le faltaba la razón, era un demente. Estaba hambriento, vivía en la miseria; pero no se preguntaba: ”¿Qué me pondré, con qué me cubriré? ¿Qué comeré?” Ni siquiera sabía lo que significaba la palabra “casa”. Se alimentaba de lo que le daba la caridad pública. El que es pobre es el último de los hombres. Un día, unos ricos, para burlarse de él, le preguntaron: ¿Oye, pobretón, ayunas tú los miércoles y los viernes? (...)

Los tres filósofos, traducido por María Puncel

(Fábula etíope publicada en francés por “Cahiers de la Societé Asiatique”, traducción castellana de María Puncel) Un conductor de caravanas perdió en el camino un mulo, privado de un ojo, con todo su cargamento. Mientras lo estaba buscando se encontró con tres filósofos, pero no los reconoció como tales. Había llovido y empezaba a ser tarde. He perdido una bestia de carga –les dijo. ¿Le faltaba el ojo izquierdo? –le preguntó el primer filósofo. Sí –respondió él. ¿Llevaba una carga pesada? (...)

El engañador engañado, Traducido por María Puncel

Era el tiempo de las hermosas mañanas de la primavera congolesa, la época de los primeros chaparrones que anuncian la temporada de las grandes lluvias que caen, generalmente, hacia octubre. La tierra parece desprender en ese momento un especial aroma de amor y de germinación. Las hierbas, abrasadas en agosto casi hasta a ras de suelo, por los fuegos en la maleza, resurgían cargadas de savia, luciendo sus encantadores colores tiernos y su aspecto carnoso. En una de estas mañanas, Didwe y (...)

El leopardo y el chacal, traducido por María Puncel

¿Alguien ha dicho algo? Sí, el leopardo. Ven –le dijo al chacal–, trabajemos nuestro campo juntos: tú plantarás la mandioca y yo plantaré las zanahorias. Gracias –respondió el chacal-; si cultivo mi campo contigo, yo plantaré las zanahorias y no la mandioca. Ya puedes empezar, planta la mandioca, yo iré después de ti. Pero el chacal del que os hablo era un perezoso: no estaba dispuesto a plantar nada y Dios sabe que nunca había tenido la menor intención de hacerlo. Un día en que su hijito, el (...)

El tejedor y el cazador, Traducción del francés: María Puncel

Os cuento esta historia para mostraros que el hombre puede comportarse peor que un gato salvaje cuando quiere conseguir lo que él considera su derecho. Enseguida os la cuento, pero dejadme primero, echarme unos tragos de este excelente vino de palma que los reyes apreciarían, si pudieran probarlo. Había un cazador que tenía un estupendo perro de caza. No uno de esos perros cuyo dueño dice que es muy bueno porque está deseando venderlo, sino un buen perro de verdad que enriquecería a su amo más (...)

El león infiel, traduccido por María Puncel

No debéis olvidar nunca las promesas hechas, incluso cuando las hayáis hecho a alguien más pequeño; y si os queda alguna duda acerca de este deber, acordaos de la venganza que el conejo, a pesar de lo pequeño que es, se tomó del león. ¿Qué no conocéis la historia? Me asombra, pero no os preocupéis. Yo os la voy a contar ahora mismo. El león se había convertido en un pobre león, los animales de la selva, que conocían su crueldad, le huían como a la muerte. El que había sido el rey de la selva, lucía (...)

El león enfermo, traducido por María Puncel

Un cierto día, el león se sintió mal. Todo había empezado con la pérdida de pelo y el mal se propagó, la melena se le caía a mechones y hasta se le desprendían los soberbios pelos que formaban el pompón de su cola. Tosía y tiritaba. El rey de la selva se encontraba “realmente” mal. Convocó a su guarida a todos los animales y todos, como fieles y obedientes súbditos, acudieron a su llamada. Cuando, hasta los más pequeños de todos los animales estuvieron reunidos, y se cerraron las puertas de la (...)

No tener más que una mujer, traducido por María Puncel

Un hombre que tenía cuatro mujeres, no conseguía ponerlas de acuerdo en el rango que cada una de ellas quería ocupar en la casa. La más vieja pretendía el título de "bibi" porque ella era la primera que se había casado con el marido. La segunda quería también ser "bibi" porque decía que era a ella a quien el marido le había confiado las llaves de su cofre. La tercera decía: yo soy la primera, porque yo le he dado ya dos hijas, que algún día le harán rico. La última desposada decía que, (...)

El hombre que hacía proyectos, Traducción del francés María Puncel.

Sefu era un hombre digno de compasión, sobre todo cuando se acercaba el día de mercado. Tengo que decidirme por una cosa o por otra-,se decía a sí mismo-; pero...¿por cuál? Echaba una mirada por toda su choza y veía su arco, sus flechas, una olla desportillada, la yacija, su azada, una calabaza para el agua... ¿Qué era lo que le faltaba para ser feliz? ¡Creo que ya lo sé! – exclamó dándose una palmada en la frente-. Me debería comprar una gallina... Una gallina es fácil de mantener. Corretea por el (...)

La avaricia es inmisericorde , traducido por María Puncel

¡Cocer una nuez de coco, vaya un trabajo para un leopardo! Y estaba ocurriendo tal y como os lo cuento. Y añadiré que la cosa iba tan mal, que el conejo, que llevaba unos momentos observándole, se echó a reír y le dijo: ¿Quieres que yo te enseñe cómo se cuece una nuez de coco? Desde luego –respondió el leopardo. Para empezar –explicó el conejo-, es preciso que vayas a buscar leña de cocotero. Nada cuece mejor la nuez de coco que esa leña. ¡Mentira, engaño y falsedad! Apenas había vuelto el (...)

Las tres hermanas, traducido por María Puncel

Se cuenta de ellas que eran tres, tres hijas del mismo padre, y que fueron un día a la espesura a recoger moras. Las dos mayores detestaban a la tercera sin que tuvieran el menor motivo, porque la pequeña era dulce y amable. Cuando terminaron la recogida, la pequeña pidió a las otras dos: Dejadme ver las frutas que habéis recogido. Sus hermanas no le habían dejado recoger más que las moras que aún no estaban maduras, mientras que ellas se habían reservado las mejores. La pequeña les dijo: (...)

La Nueva Molenda, Traducido del francés por María Puncel

En Molenda hay problemas. Los jóvenes de la aldea se reúnen y discuten. La escuela está desierta y el "mualimu" se mesa la barba preocupado. Los mayores están inquietos porque lo que provoca el descontento de los jóvenes es el deber de tener que obedecer a los padres, a los ancianos, al jefe. ¿Por qué tenemos que ir a cultivar sus campos? -protestaban-. ¿De dónde procede esa ley según la cual les debemos obediencia sino de ellos mismos? ¿Por qué tenemos que escucharles sólo a ellos? ¿Es que (...)

El kabuluku, el elefante y el cocodrilo, traducido por María Puncel

La astucia, dicen en África, vale más que la fuerza. Para probarlo existen numerosos, testimonios. He aquí uno más que le ocurrió a kabuluku, el antílope. Iba el kabuluku retozando por el borde del río. Era la estación seca. El grácil y ligero kabuluku mordisqueaba a derecha e izquierda los penachos de hierba, saltaba, brincaba, cabrioleaba, echaba una carrerita, se paraba en seco, arrancaba de nuevo a toda velocidad para detenerse otra vez bruscamente, como si le hubiera tirado de las riendas un (...)

No escuchar detrás de las puertas, traducido por María Puncel

Cuando oís hablar de Tembiawoko, pensáis:"¡Lo que ese animalillo debe de trabajar!" Y, en realidad, cuando pensáis así estáis simplemente siendo engañados por Tembiawoko; él se ha dado a sí mismo este nombre que significa: "Me caigo de cansancio", para que ni se os ocurra pedirle un servicio. Está siempre demasiado fatigado para hacer nada. Y, bueno, ¿a qué dedica su tiempo? Yo os lo voy a decir porque mi casa está enfrente del palmero en el que él ha hecho su nido. En cuanto los hombres se van a (...)

Las uñas del gato salvaje, traducción de María Puncel

(Tomado del libro "Ce que content les Noirs", pág.89) Texto original: Olivier de Bouveignes ¡Ah, qué hermoso es el gallo! ¡Qué soberbio aspecto tiene con sus plumas de un bello marrón dorado y su cola en forma de penacho! Sus gallinas están locas por él y él estaba tan engreído y tan envanecido de sí mismo, (es un cuento de gallo el que os voy a contar),que un día en que se le había caído una de sus plumas, se preocupó tantísimo que convocó a todo el gallinero para que le ayudasen a pegársela. Se (...)

Por un cesto de ciruelas, traducido por María Puncel

Mbaba había descubierto el árbol desde su primera floración. Se lo había tropezado un día que paseaba al azar por el bosque, lejos de los senderos más frecuentados. Era un magnífico ciruelo silvestre lleno de excelentes ciruelas tersas y brillantes llenas de un zumo ácido y meloso. Se prometió volver, sin decírselo a nadie...cuando las ciruelas estuvieran maduras. Le hubiera gustado poder cogerlas de las ramas, pero él estaba muy torpe y el ciruelo era tan alto y las ramas tan extendidas que, sin la (...)

El mono y el camaleón, traducido por María Puncel

El mono del hombre blanco había roto su cadena y se había escapado. No era un mono malo, pero, ¿qué se podía esperar? Cuando se ha estado mucho tiempo sujeto a una estaca por una cadena y se recobra la libertad, se vuelve uno loco y se hacen diabluras. Así que nuestro mono se entregó a toda clase de vola-tines por los tejados de la vecindad y por sus jardines.¡ No tan disparatados como para dejarse atrapar por su dueño y señor! Persiguió a las gallinas y a las palomas, les arrancó plumas de la cola, (...)

Las lentejas de Kasadi, traducido por María Puncel

Esta vez, os voy a contar la historia de un hombre, la historia de Kasadi, un hombre como vosotros y como yo, pero con una diferencia: Kasadi no quería comer lentejas. Se había jurado que ni tocarlas en jamás de los jamases. ¿Consecuencia de un voto hecho por su madre cuando él era un bebé? ¿Acaso una prohibición impuesta por un brujo? ¿Un capricho? Nadie lo sabía. -¿Es verdad -le preguntaban sus amigos-, que tú crées que no puedes comer lentejas? -Sí, amigos, es verdad... Cada vez que alguien (...)

Los dos perezosos, traducido por María Puncel

Cierto día, dos perezosos, se encontraron en un sendero. -¿A dónde vas? -preguntó el primero; porque quería averiguar si de verdad valía la pena que uno de ellos se saliera del sendero para dejar paso al otro. -A ningún sitio -respondió el segundo-, ¿y tú? -A ningún sitio -le contestó su hermano en pereza. ¿Entonces, merecía la pena que cada uno se quedara donde estaba, sin poder moverse? -Puesto que los dos vamos a ninguna parte...¿qué te parecería que fuéramos juntos? -¡Esa es una buena (...)

El cernícalo y el martín pescador, traducido por María Puncel

No se pueden hacer alianzas con cualquiera, sin correr el riesgo de tener luego que arrepentirse. Y si no estáis convencidos de esto, he aquí una historia que os convencerá de ello. Les sucedió hace poco tiempo al cernícalo y al martín pescador. Aquel día, el cernícalo debía de haber hecho, seguramente, una buena comida de babosas y saltamontes; porque ahora descansaba medio dormido posado sobre una rama de mangle. Digamos que estaba sumido en una ensoñación en la que sentía simplemente que (...)

Los dos conejos, traducido por María Puncel

Aquellos dos, cuando la camada se dispersó, siguieron juntos. De gazapos se convirtieron muy pronto en conejos. Se llevaban muy bien. Un día decidieron construirse cada uno su madriguera propia. El primero se cansó enseguida de excavar y en cuanto pudo meter el hocico en el agujero, se dió por satisfecho. -Ya terminaré el trabajo más tarde -se dijo-, total ¿qué queda? Bien poca cosa. En un par de horas ¡listo! Era bastante tontorrón, el agujero era tan poco profundo que desde el cercano (...)

El hombre del perro, traducido por María Puncel

Cierto día, tres hombres se encontraron en un camino. Uno de ellos llevaba una raíz de mandioca recién desenterrada, otro llevaba un pedazo de carne, el tercero sólo llevaba su lanza. Pero, se me olvidaba contarlo, el tercero no iba solo: su perro corría delante de él. Después de haber caminado durante algunas horas juntos y como el sol ya estaba muy alto, se detuvieron los tresa la sombra de un gran árbol. -Este sería un lugar estupendo para comer -dijo el hombre que no llevaba nada para comer. (...)

El cazador de la noche, traducido por María Puncel

Un día, de vuelta de la caza, Kasapa se encontró con su amigo Dumba -¿Has cazado algo? -le preguntó, pero estaba tan orgulloso del puercoespín que él mismo había cazado, que no esperó a oir la respuesta de Dumba. Era tan absolutamente evidente para él que Dumba no había cazado nada, sólo llevaba su lanza... ¡Lo único que deseaba era, sobre todo, poder mostrarle su presa! Pero Dumba, pagándole con la misma moneda, apenas se dignó mirar de reojo distraídamente a "su" puercoespín. -¡Vaya una (...)

El antílope y el murciélago, traducido por María Puncel

¡Buenos días, antílope! ¡Buenos días primo! Estas fueron la palabras con las que el murciélago saludó al antílope que estaba recogiendo el malafu de sus palmas. El antílope estaba tan embebido en su tarea y el murciélago es tan discreto, en su vuelo de terciopelo, que el trabajador no oyó al intruso. -¡Bueno días, antílope! ¡Buenos días, primo! -repitió el murciélago-. ¿Qué tal es la cosecha de bebida este año? Hace tanto calor en esta época que seguro que tus palmas dan un jugo exquisito. ¿Me darías (...)

Elegir bien a los amigos, traducido por María Puncel

Seriamente preocupado al pensar que su muerte podría estar cercana, un hombre llamó a su hijo pequeño. -¿A quién crées que debería yo encomendarte para el día en yo ya no esté aquí? -¡A mi primo! -respondió el joven-; es rico y siempre está de buen humor. Es un verdadero amigo. Lleno de dudas y recelos acerca de esta elección, el padre sugirió a su hijo que pusiera a prueba a su primo, antes de contarle nada sobre el proyecto. - Me he dado cuenta de que tú lo pasas muy bien en su compañía; pero (...)

El huevo de Pongo-Pongo, traducido por María Puncel

Nunca hay que desesperar. Siempre se puede aprovechar la mala suerte y lograr que nos resulte útil. Si no se consigue hoy, ya veréis por la historia de Kalulu, que se consiguirá mañana o al otro. Kalulu, la liebre de la que os hablo, la liebre de pelo corto, pequeña, pero astuta; Kalulu, estaba un día brincando por la hierba cuando se topó, de repente, con un gran bulto blanco. ¡Era tan grande como una casa! ¡Imaginaos la impresión que se lleva-ría! Era la primera vez que se encontaba con una cosa (...)

La crítica es fácil, el arte difícil, traducido por María Puncel

Aquel día, Masamba, decidió celebrar una fiesta con sus amigos y sus vecinos, porque le habían nacido gemelos. Envió al mercado a su hermano pequeño. -Ve -le dijo-, y busca a las alfareras que hacen cacharros, diles que vengan a mi casa con sus útiles de trabajo. Junto al río, en el pantano, hay buena tierra para modelar cuencos y platos. Voy a necesitar muchos para recibir a todos los que me han ayudado y ellas van a tener trabajo para muchas semanas. El hermano pequeño de Masamba fue a la (...)

Dumba, el plantador de cacahuetes , traducido por María Puncel

Tú no sabes plantar cacahuetes -le dijo un día Dumba a su anciana madre-, este año, me voy a ocupar yo del campo y ¡ya verás qué cosecha! -¡Que no sé plantar cacahuetes! Con el tiempo que llevo haciéndolo... -Sí, lo has hecho, pero como lo habéis hecho toda la vida. -¿Y no debería haberlo hecho así? - No, eso ya son cosas de otros tiempo -le respondió el pre-suntuoso joven-, como lo hacían vuestros padres: "hay que hacerlo así o hay que hacerlo asá", pero ahora eso ya no sirve, les copiabais paso a (...)

El cangrejo y sus pequeños , traducido por María Puncel

El cangrejo, señor Nkala, se había instalado en la ribera del río al abrigo de una enorme roca que, esperaba, ningún hombre pudiera mover. Con la ayuda de la señora Nkala, su esposa, criaba una numerosa familia de cangrejitos, revoltosos como diablillos, pero amables y llenos de buena voluntad. Sobre todo en el mayor, Nkala Mukulu, cifraba su padre grandes espernzas. Desde luego, no eran más que esperanzas cangrejiles, no vayáis a imaginaros que padre Cangrejo esperaba que su hijo llegara a ser (...)

La rana y el milano, traducido por María Puncel

Cierta rana recibió una herencia. Los vecinos se enteraron. Y, desde ese momento, empezaron a descubrir que desafinaba, que era petulante y machacona. Mientras había sido pobre había vivido sin preocupaciones. Nadie se ocupaba de ella. El milano, que era su vecino, y tenía el nido en la copa del árbol a cuyo pie vivía ella, apenas respondía a su modesto saludo, pero en cuando supo que la rana tenía dineros, le entró un deseo enorme de apoderarse de ellos. La época de las lluvias se acercaba: (...)

¿ Porqué las ratas y los hombres se entienden tan bien? , traducido por María Puncel

¡Pobre Kiluwe! No había tenido suerte en su matrimonio. Siempre solo en la casa. Su mujer, que no era mala, era tan independien-te que, en vez de cuidar de la casa y del bienestar de su marido, estaba siempre fuera para charlar con el primer desocupado que encontraba. Afortunadamente, cuando Kiluwe se aburría en casa, podía irse de caza: recorría el país y corría aventuras. Sin esto, su vida hubiera sido bien triste. Un día, durante una de sus caminatas, se encontró con una rata, una pobre (...)

No provoques la envidia de tu vecino, traducido por María Puncel

Sucedió que Kalulu, la liebre, y Nge, el leopardo, tenían sus campos uno al lado del otro. Después de haber limpiado bien los terrenos de árboles, matorrales y hierbajos, empezaron a pensar qué plantarían o sembrarían en ellos. Ya conocemos a la liebre. Tiene imaginación. -Plantemos árboles -le dijo al leopardo. -¿Y para plantar ahora árboles hemos derribado los que ya había antes aquí? -Sí, si sembramos un muhafu -replicó la liebre. Los muhafu son árboles silvestres, que dan unas olivas (...)

Hacer el bien a todo el mundo

Mabokwansefu era la irrisión de los otros hombres. Tenía un corazón tan compasivo que hacía el bien a todo el mundo y no hacía mal a nadie. Una mañana en que se encaminaba a sus plantaciones con el azadón al hombro y la lanza en la mano, oyó que no lejos del sendero, en una gran trampa, se debatía una presa. Se aproximó, se asomó al foso y reconoció por los grandes ojos húmedos, el hocico de seda negra y los pequeños cuernos de su frente a una pequeña gacela Kashia, desesperada al verse prisionera en (...)

Cuando uno se casa

Sabe Dios por qué casualidad el leopardo y el antílope habían instalado sus poblados uno cerca del otro. Bueno, he dicho "poblados" y, en realidad, debiera haber dicho "chozas", porque los dos estaban solteros y sus albergues eran bastante poca cosa. Un día, a la vuelta del bebedero, el leopardo le dijo al antílope: -¿Vamos a seguir mucho tiempo así, mirándonos como extraños? ¿No sería mejor que saliéramos juntos en busca de novias?. -Esa es una cosa que no se busca entre dos -respondió el (...)

Hacer caso a palabras del otro, texto original: Olivier de Bouveignes ; traducción del francés: María Puncel

Ngulungu, el antílope había salido de caza. Con el carcaj colgado junto a la cadera, el arco en el puño y una flecha entre los dedos, rebuscaba entre la alta maleza y los matorrales, dispuesto a disparar contra la presa. Así preparado, fue a encontarse con la familia leopardo que laboraba en su campo. Nge, el leopardo, había asignado a sus pequeños la parte menos árida del terreno. Él y su mujer se afanaban en la parte más dura. Los cuatro leoparditos, armados con sus pequeños azadones se (...)

La liebre y el león

El rey de la selva había establecido su morada cerca del río. Todos los animales que iban a beber tenían que pasar ante su guarida y el león no dejaba nunca de elegir sus víctimas entre los miembros de la gran familia de la selva. No había ninguna otra corriente de agua en toda la zona, lo que aumentaba la inquietud de los animales. Así que se reunieron en una gran asamblea, presidida por la liebre. -Queridos amigos -les dijo-, el comportamieto de nuestro rey nos afecta mucho a todos. Voy a (...)

La Leyenda del Matamoscas

(tomado del libro "Sur les lèvres congolaises", pág.51) texto original: Olivier de Bouveigni traducción del francés: María Puncel Enrollada sobre sí misma, casi oculta entre la hierba, Pidi Mbobo, la cobra escupidora, digería pesadamente la tierra que se había tragado. Una mosca que revoloteaba por allí la descubrió y empezó a zumbar a su alrededor canturreando: "Cobra escupidora partida en pedazos guisada en aceite durante una hora (...)

La mamá ratona que perdió a su hijito,Texto original: Ncò Kulubali. Traducido del francés por María Puncel

Hubo una vez una mamá ratona. No tenía más que un hijito. Y, ¡qué desgracia!. La muerte se lo arrebató. ¿Se puede imaginar un dolor tan grande? ¿Una pena más desgarradora? La ratona decía a sus amigos: -Se me rompe el corazón...Id a enterrar a mi hijito... Cuando todo había terminado y empezaba a caer la noche, todos pudieron irse a dormir; pero a la ratona le era imposible dormir a causa de su sufrimiento. No pudiendo resisitir más, cogió su tam-tam, se sentó en el patio interior, y ajustando (...)

La hiena y el chivo

Un día, por la mañana temprano, la hiena decidió ir a pescar. En el camino se encontró con el chivo. -¿Quién eres? -le preguntó. -A mí -respondió el chivo-, me llaman "jefe de balsa" -Buenos días,"jefe de la balsa". Yo voy a pescar. Perdona, pero tengo mucha prisa. Decidido a divertirse a costa de la hiena, el chivo tomó otro camino, se adelantó a la hiena y llegó a la balsa antes que ella. Se embadurdó todo el cuerpo con barro muy espeso, dejando sólo descubiertos sus ojos. Maquillado de esta (...)

Así es el corazón del hombre

(Tomado del libro "Sur les lèvres congolaises", pág.42) texto original: Olivier de Bouveigni traducción del francés: María Puncel En el poblado del jefe había un hombre al que acusaron de ser gafe, de atraer la mala suerte. Después de larga deliberación, el consejo de ancianos le ordenó que se marchase del poblado sin pérdida de tiempo, si no quería acabar mal cualquier día. El pobre diablo tenía la conciencia muy tranquila, pero como le acusaban, no le quedaba más remedio que irse. Se (...)

Gran Butu y Pequeño Butu

Del libro "Sur les lèvres congolaises",nº 16 de la collection Lavigerie»”3ème série. 1974. pág.19) Texto original: Olivier de Bouveignes Traducción del francés: María Puncel Pequeño Butu acababa de salir de la gruta de su madre, allá en lo hondo, bajo el cañaveral, al pie del acantilado. Todo le interesaba porque tenía que aprenderlo todo, así que se puso a seguir a su padre, Gran Butu, que nadaba en la aguas libres del río. Su padre le decía a menudo: -Cuando llegues a ser un gran pez, (...)