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Reche, Paquita

Nació en Chirivel (Almería). Estudió Magisterio en Almería, Licenciaturas de Pedagogía y de Filosofía, en la Complutense de Madrid.

Llegó por primera vez a Africa en 1958 (a Argelia): después estuvo en Ruanda, Guinea Ecuatorial y desde el 1975 en Burkina Faso.

En África trabajó como profesora en el Instituto Catequético Lumen Vitae de Butare, Profesora de enseñanza secundaria de español y filosofía; Universidad Popular (filosofia). También ha colaborado con Asociaciones de mujeres y con niños de la calle en Burkina Faso.

Está en España desde 2004, actualmente, en Logroño. Colabora con la revista de los misioneros de África "Africana", Los Comités de Solidaridad con África Negra y con Rioja Acoge.

Ver más artículos del autor

Sabiduría africana: Burkina Faso - La Palabra - Traducido y adaptado por Paquita Reche, mnsda.
21/09/2011 -

Cuando al Sabio Yaba se le preguntaba que era mejor, hablar o callarse, invariablemente contestaba: “Demasiado lejos al este, está el oeste” y contaba la historia siguiente:

Había una vez un muchacho de pocos años y menos estatura, que se marchó para buscar la sabiduría. Después de mucho andar tenía hambre. Un pájaro se puso a cantar y rápido sacó su tirachinas y lo mató. Mientras lo asaba, el chico empezó a pensar: “Si este pájaro no hubiese cantado, yo no lo habría descubierto ni matado. Aquí está la prueba que la palabra mata”. Entonces decidió no hablar nunca más.

Haciendo camino encontró a dos mujeres que buscaban leña, “¿Pequeño dónde vas con ese hatillo al hombro?” -le preguntaron- El niño no respondió nada. Las mujeres concluyeron que era un sordomudo y lo llevaron a su casa. El marido decidió darle hospitalidad hasta el día siguiente que lo llevaría a casa del jefe. Le dio una estera y lo puso a dormir en la habitación de la más joven de sus mujeres y de su bebé.

Durante la noche, llegó el amante de la mujer y al darse cuenta de que había una presencia indeseable quiso volver sobre los talones. “No te inquietes –le dijo su amiga, señalando al jovencito que, sin perder detalle fingía dormir- no es más que un niño perdido, un sordo mudo que hemos traído del campo”. Al primer canto del gallo, el hombre se marchó, pero al darse cuenta de que había olvidado su fusil, volvió con prisa para buscarlo. Rápidamente su amiga se lo entregó y él lo cogió por el cañón. Con la precipitación el fusil resbaló, la culata cayó sobre la cabeza del bebé que murió en el acto. El hombre enloquecido no sabía qué hacer.

“Márchate, le dijo la mujer, dentro de un rato empezaré a gritar y a pedir socorro diciendo que el sordo mudo ha matado a mi hijo”.

Dicho y hecho. Todos llegaron para oír a la mujer gemir y gritar: “¡Wii, mi niño! ¡Este sordomudo es un asesino! ¡Ha matado a mi hijo!”.

Atado de manos y pies el muchachito fue conducido ante el jefe. A punto de ser ejecutado abrió la boca y dijo:

“Escuchad buena gente, yo no soy ni sordomudo ni asesino, yo sólo soy amante de la sabiduría. Marché en su busca y después de ver morir a un pájaro, por haber hablado, decidí que nunca jamás hablaría. Pero, como constato que el silencio también puede conducir a la muerte, os contaré todo lo que ha pasado…”.

Y el chico salvó la vida hablando”. (1)

...........Este cuento nos habla de la importancia de la palabra en África y la responsabilidad que los humanos tienen ante ella. La palabra construye e identifica al ser humano. La palabra da vida y puede matar. La importancia que se reconoce a la palabra se visibiliza en cada poblado por el lugar que ocupa el árbol de la palabra. Una de las cosas que nos llama la atención al llegar a los poblados del África subsahariana. Son majestuosos y centenarios árboles bajo los que se reúnen regularmente ancianos y notables solos o con el grupo, más amplio, de iniciados y, en ciertos casos, con todos los implicados en un conflicto que hay que resolver.

El Árbol de la Palabra está en el corazón del poblado. Bajo la sombra generosa del “Árbol de la Palabra”, sin prisa, la palabra va y viene, se gesta en el silencio y la escucha, se da y se recibe. Allí se discuten los problemas importantes de la vida del poblado. Se resuelven los conflictos y se fijan las fechas de las celebraciones. El árbol de la palabra, corazón del poblado, es el lugar donde la palabra teje y reconstruye la vida social. Centro vital de convivencia, también abriga en ciertas ocasiones la alegría de la fiesta expresada en danza.

Por la palabra que va y viene se reciben las fuerzas de la vida. Del mismo modo que, en el centro de los poblados está el Árbol de la Palabra, en las culturas africanas la palabra está en el centro de la vida. Gracias a ella los hombres reciben la fuerza vital. Con ella no sólo se comunican con sus semejantes, sino que hacen participar de esta fuerza a otros seres.

Por la palabra, que transmite la historia y la tradición del grupo, se alcanza el sentido de la vida. La palabra es un precioso y apreciado bien común que hay que intercambiar y saber recibir. Como dice la sabiduría dogón de Mali:

“Es bueno que la palabra vaya y venga porque es bueno recibir las fuerzas de la vida”. “Al sabio no se le conoce por el ojo, se le conoce por la oreja”.

Hampate Bâ, el sabio de Bandiagara, dice que según la tradición del Komo (Mali) la palabra humana es un eco de la Palabra del Ser Supremo que hace vibrar las tres potencias que Él ha depositado en el hombre: la del poder, el querer y el saber. Y añade que cuando Él actúa, las tres potencias se ponen a vibrar. Primero se convierten en pensamiento, luego en sonido y, en tercer lugar en palabra.

Aunque pase por la boca, la palabra es más que un conjunto de sonidos, es algo que sale de las entrañas. Autonombrándose “Ma-da-ré”, “Yo digo que”, un grupo étnico de Burkina Faso, también conocido por el nombre de bobo-fing, se afirma como grupo de personas que poseen la palabra. “Ma-da-ré”, tres sílabas para nombrarse y que indican cuando un niño ha alcanzado la edad de la razón, es decir que se es capaz de apropiarse de la palabra y la racionalidad que ella implica. Pero, el derecho a tener la palabra, en las asambleas de palabras, sólo lo tendrá cuando la iniciación haga de él un hombre completo y comprometido. Es decir un hombre capaz de usar de la palabra con plena responsabilidad y con capacidad de dialogar.

En la tradición oral africana la palabra lo es todo, tiene poder de crear y de destruir, de fortalecer o de debilitar. En África nada se considera importante mientras no se diga. Para que lo que se ha decidido en dialogo tenga valor hay que anunciarlo. Muchos proverbios bambara, recogidos y traducidos por José Morales, nos hablan de la fuerza de la palabra, de la importancia del diálogo, del compromiso que se adquiere con la palabra que se pronuncia, ya que el que habla se entrega a los demás: “A la persona se la atrapa con su palabra”.

La palabra se considera eficaz en la bendición y en la maldición. Si ella da vida y construye, también puede destruir y matar. Por eso no se puede hablar a la ligera; hay que hablar con responsabilidad. La palabra se gesta en la escucha y en el silencio. Como toda realidad humana es ambivalente. Hay que saber hablar y saber callar. Hablar puede llevar a la muerte, como hablar puede salvar la vida, responde el sabio Yaba a la pregunta de si es mejor hablar o callar. La palabra es un bien precioso que hay que usar con responsabilidad.

(1) François Xavier Damiba. «Dieu n´est pas sérieux», ed. l´HARMATTAN, p 135.


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