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Reche, Paquita

Nació en Chirivel (Almería). Estudió Magisterio en Almería, Licenciaturas de Pedagogía y de Filosofía, en la Complutense de Madrid.

Llegó por primera vez a Africa en 1958 (a Argelia): después estuvo en Ruanda, Guinea Ecuatorial y desde el 1975 en Burkina Faso.

En África trabajó como profesora en el Instituto Catequético Lumen Vitae de Butare, Profesora de enseñanza secundaria de español y filosofía; Universidad Popular (filosofia). También ha colaborado con Asociaciones de mujeres y con niños de la calle en Burkina Faso.

Está en España desde 2004, actualmente, en Logroño. Colabora con la revista de los misioneros de África "Africana", Los Comités de Solidaridad con África Negra y con Rioja Acoge.

Ver más artículos del autor

La muerte, traducción de Paquita Reche, mnsda
22/07/2011 -

“El maestro de iniciación instruía a los iniciados en estos términos:

- Había una vez, en un poblado, un hombre que era muy desgraciado porque detestaba los mosquitos. Por todos los medios intentaba escapar a su poder tiránico. Empezó dejando su habitación para ir a dormir sobre la terraza de su casa. Apenas se había instalado en su estera empezó a oír los zumbidos del primer mosquito, luego de otro.

Desanimado, bajó al sitio donde se guardaban las piedras de moler, pensando que los mosquitos no llegaría a ese lugar deshabitado. No había hecho más que poner los pies, cuando los mosquitos, sin duda iniciados a las técnicas de aterrizaje suave, organizaron un concierto

zzwe zzwii... zzwe zzwii...

El hombre volvió sobre sus pasos sin darse por vencido. Volvió a su habitación, cogió un grueso leño y lo instaló sobre su estera. Para simular su presencia le puso su sombrero y le dio pies y manos, luego se acurrucó en un rincón. Los mosquitos fueron a buscarlo y le dijeron:

- ¡Desolados de molestaros, pero habéis olvidado poner sangre a vuestro hermano!

El hombre volvió a su cama con una gran sonrisa, adoptó a los mosquitos y desde ese día vivió feliz.

Cuando el maestro terminó su instrucción, los iniciados le pidieron que les hablara de la muerte y el maestro muy extrañado les repitió la misma lección”. (1)

La muerte es como un mosquito siempre presente, nos dice este cuento de Burkina Faso.

Del nacimiento a la muerte, los ritos jalonan la vida del hombre africano. Los que acompañan el nacimiento y la imposición de nombre hacen de él un ser social miembro de una familia.

Los ritos de iniciación lo convierten en miembro responsable y activo de la comunidad.

Los ritos funerarios tienen una gran importancia ya que introducen al difunto en el mundo de los antepasados que, ocupan un lugar central en la vida de los africanos. Son considerados como intermediarios entre los vivos y las fuerzas espirituales de la naturaleza y no se toma ninguna decisión importante sin consultarlos. En cierto modo, los muertos siguen viviendo e influyendo en la vida de los hombres, son guardianes de la tradición y de la cohesión social. Forman parte de la comunidad, garantizan la vida y la continuidad de las tradiciones que da sentido y coherencia a las sociedades. Son temidos y venerados. La veneración de los antepasados no es sólo un deber moral y religioso, es una necesidad vital, ya que son los garantes del orden cósmico y social.

Los funerales tienen también un importante papel social, ya que son momento de encuentro y de reconciliación.

Nacimiento y muerte son inseparables. El hombre africano no ha escapado a las preguntas que desde sus orígenes los hombres se han hecho y a las que nadie escapa: ¿Por qué la muerte? ¿Cómo situarse ante ella?

La muerte aparece en la tradición oral como una realidad cruel e inevitable a la que nadie puede escapar, pero que no debe ensombrecer la vida. La muerte sólo es trágica y debe llorarse cuando no es natural, como la muerte violenta o la que vino a truncar la vida joven.

La muerte del hombre que cumplió su misión no es una tragedia y debe celebrarse. Así, cuando un viejo muere se dice “sus pies están de acuerdo”. Aceptar la muerte como parte de la vida y vivirla feliz, es el ideal del hombre sabio, del iniciado que debe comprender que sin muerte no hay vida, que la muerte es el precio que hay que pagar por la vida.

Si la muerte representa un corte con la vida terrestre, también tiene una función en la existencia de los hombres y los que se han ido siguen jugando un papel importante en sus vidas, primero como “muertos vivientes” siempre presentes, más tarde como antepasados.

Un conocido poema de Bigaro Diop nos habla de la presencia de los que se han marchado:

“Los muertos no están muertos,

Los muertos no están bajo la tierra,

Están en el árbol que se estremece,

Están en el agua que fluye,

Están en la choza,

Están en la multitud…

Los muertos no están muertos.

También la muerte es una gran maestra para la vida, Un mito de África Occidental cuenta la respuesta que Dios dio a la delegación que fue a pedirle que suprimiera la muerte: “No sabéis lo que pedís, sin muerte no sabríais lo que es vivir”. Si la muerte da valor a la vida, también enseña a vivir. Así lo recuerdan algunos proverbios: “En la tierra el hombre está de viaje, lejos de los suyos dentro de un cuerpo carnal”. “El cuerpo es muy pequeño comparado con el espíritu que lo habita”.

(1) François Xavier Damiba, “Dieu n´est pas serieux”, ed.L´Harmatan, 1999, p.177


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