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Inicio > Bitácora africana >
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Reche, Paquita

Nació en Chirivel (Almería). Estudió Magisterio en Almería, Licenciaturas de Pedagogía y de Filosofía, en la Complutense de Madrid.

Llegó por primera vez a Africa en 1958 (a Argelia): después estuvo en Ruanda, Guinea Ecuatorial y desde el 1975 en Burkina Faso.

En África trabajó como profesora en el Instituto Catequético Lumen Vitae de Butare, Profesora de enseñanza secundaria de español y filosofía; Universidad Popular (filosofia). También ha colaborado con Asociaciones de mujeres y con niños de la calle en Burkina Faso.

Está en España desde 2004, actualmente, en Logroño. Colabora con la revista de los misioneros de África "Africana", Los Comités de Solidaridad con África Negra y con Rioja Acoge.

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Heroínas senegalesas resistentes a la esclavitud, por Paquita Reche , mnsda

1ro de julio de 2011.

Sylvia Serbin, publicó hace unos años “Reines d’Afrique et Héroïnes de la dispore noire”, en esta obra encontramos la historia de las mujeres de Nder que en 1819 se sacrificaron colectivamente para no caer en manos de los esclavistas moros, en el Norte de Senegal. La resistencia numantina de estas mujeres es un hecho trágico y heroico. Madres ante todo, ponen a salvo a sus hijos, luchan con desesperación cuerpo a cuerpo con los invasores, esperando la ayuda que tarda en llegar, y por último prefieren perder la vida antes que ser reducidas a la esclavitud. Para conmemorar este hecho heroico, el día internacional de la mujer, se publicó una versión de esta historia (1) que muchas de las personas que comparten conmigo el interés por conocer figuras de mujeres africanas del presente y del pasado, se alegrarán de leer en una versión española de estas heroínas de ayer, orgullo de las mujeres de hoy.

El Walo era una provincia próspera situada en la desembocadura del río Senegal. Sus habitantes eran cultivadores y vivían del comercio con las caravanas que atravesaban el Sahara y con las gentes de San Luis, primera capital colonial de Senegal. Desde que las tropas francesas se instalaron en Senegal, los Moros, habían acentuado su presión sobre el Walo para buscar esclavos y evitar que la región cayera bajo la dominación europea.

Al comienzo de la estación seca de 1819, el Rey había ido a San Luis acompañado de la mayoría de los dignatarios y buena parte de la caballería. En el pueblo habían quedado unos pocos soldados. Como cada día al alba, los hombres habían salido al campo para cazar, o al río para pescar. En el pueblo reinaba la animación de cada día: gritos de niños jugando alrededor del Árbol de la Palabra, risas y cantos de las mujeres que machacaban el mujo con ardor, conversaciones animadas entre mujeres que iban y venían…De pronto se oyó un grito de terror: “¡Los Moros! ¡Llegan los Moros!”. En un instante mujeres y niños corrieron al encuentro de la mujer que gritaba sin aliento: “He visto un ejercito de Moros acompañados por una tropa de Toucouleurs conducidos por el jefe Amar Ould Mokhtar, se preparan a atravesar el río y vienen hacia el pueblo”. Todas las mujeres gritaron al mismo tiempo. Sabían la suerte que les esperaba: Muchos hombres, mujeres y niños serían cogidos para ser vendidos como esclavos a las familias ricas de África del Norte. Así había sido siempre y Nder había perdido muchos de sus hijos e hijas.

Mientras que los caballeros del desierto se preparaban para asaltar el poblado, las mujeres decidieron organizar la resistencia con los soldados que habían quedado. Enviaron a los niños a esconderse en los campos y se precipitaron a sus chozas para salir rápidamente vestidas con ropas de sus maridos o hermanos, pertrechadas con todo lo que podía servir para defenderse: machetes, lanzas, porras... Las mujeres combatieron con la energía de la desesperación y causaron muchas bajas al enemigo.

Los cantos compuestos en su honor por los trovadores, para celebrar esta gesta, aseguran que ese día ellas mataron a trescientos Moros.

Los soldados que habían quedado en el pueblo fueron exterminados, pero los asaltantes, viendo la determinación de las mujeres, decidieron retirarse para volver más tarde y poderlas cogerlas vivas.

En medio de gritos de dolor y lamentaciones que expresaban la desesperación de unas mujeres extenuadas, que sabían que no podrían resistir un nuevo ataque, se levantó una voz enérgica. Era Faty Yamar, la confidente de la reina que se puso a arengar a sus compañeras: “¡Mujeres de Nder! ¡Dignas hijas del Walo! ¡Erguíos y anudad vuestros paños! ¡Preparémonos a morir! ¡Mujeres de Nder, tenemos que huir siempre de nuestros invasores? Nuestros hombres están lejos y no pueden oír nuestros gritos. Nuestros hijos están en seguridad. Allah, el Todo Poderoso los protegerá. Pero nosotras pobres mujeres, ¿qué podemos hacer contra esos enemigos sin piedad que no tardarán en volver? ¿Dónde podríamos escondernos sin que nos capturen? Nos capturarán como a nuestras madres y abuelas. Nos arrastrarán al otro lado del río para ser vendidas como esclavas. ¿Es eso una suerte digna para nosotras?” Los llantos pararon y las lamentaciones se hicieron más sordas. “¡Responded, en vez de gemir! ¿Qué tenéis en las venas? ¿Agua de riachuelo? ¿Qué preferís, que se diga más tarde a vuestros nietos y a su descendencia: “Vuestras abuelas salieron del pueblo como cautivas”, o bien: “!Vuestras abuelas fueron valientes hasta la muerte!”.

¡La muerte! Ante esta palabra se alzó una exclamación sorda: “¡La muerte! ¿Qué dices Mbarka Dia?”. “Si, hermanas mías. Tenemos que morir como mujeres libres y no vivir como esclavas. Que las que estén de acuerdo me sigan a la gran choza del Consejo de Sabios. Entraremos todas y prenderemos fuego…El humo de nuestras cenizas el acogerá a nuestros! ¡En pié hermanas, puesto que no hay otra salida, muramos como mujeres digna del Walo!

El sol estaba en lo más alto del cielo. Un silencio angustioso cayó sobre el pueblo. Mudas de desesperación, las mujeres avanzaron lentamente hacia la amplia e imponente choza que se levantaba en el centro del pueblo. Ni una se había opuesto a Faty Yamar. Por última vez posaron sus ojos llenos de lágrimas, sobre las gallinas enloquecidas, los graneros saqueados, las marmitas vertidas, las chozas destruidas y los cadáveres de sus parientes que empezaban a hincharse a causa del calor. Las mujeres se hacinaron en la gran choza. Algunas madres jóvenes apretaban a sus recién nacidos sobre su pecho. La última en entrar fue una mujer que estaba a punto de dar a luz.

Mbarka Dia cerró la puerta. Con un gesto preciso encendió una antorcha y sin que la mano le temblara, la aplicó a las paredes de cañas que enseguida se inflamaron. En el interior de la choza, las mujeres abrazadas unas a otras, en un último impulso de valor, entonaron cantos que desde la infancia habían ritmado sus actividades. Las voces se fueron apagando poco a poco, reemplazados por violentos ataques de tos. En ese momento, la futura madre, empujada por el instinto de sobrevivir, dio un violento puntapié a la puerta y tragando una bocanada de aire se precipitó al exterior, donde cayó desvanecida. Ninguna de las mujeres que vivía todavía se movió. Una tuvo el tiempo de murmurar: “Ella dará testimonio de nuestra historia”.

A penas se oían voces. De pronto, el crepitar de las llamas fue dominado por el terrible crujido del armazón del techo que se vino abajo.

Un silencio de muerte acogió a los hombres que llegaron demasiado tarde para socorrer al pueblo. Todas las mujeres de Nder perecieron menos una…

(1) www.au-senegal.com



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