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Inicio > Bitácora africana >
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Nuno Cobre

Sin que nadie le preguntase si estaba de acuerdo, a Nuno Cobre lo trajeron al mundo un día soleado del Siglo XX. Y ya que estaba por aquí, al hombre le dio por eso que llaman vivir.

Sin embargo, durante mucho tiempo creyó Nuno que el mundo era sólo eso, sólo eso que se presentaba de manera circular y hermética ante sus ojos. Se asfixiaba. A veces. Pero algunos viernes o lunes por la mañana, una vocecita fresca y lejana le decía que habían otras cosas por ahí, que debían haber otras cosas por ahí.

Y un día Nuno Cobre salió y se fue a la Universidad, y un día siguió viajando y al otro también, y al otro, mientras iba conociendo a gente variopinta y devorando libros sin parar… Entonces descubrió con un cierto alivio que no estaba solo. Que habían más. Cuando llegó la hora de elegir, Cobre decidió convertirse entonces en viajero sólido y juntaletras constante, pero quería más, un más que venía del Sur. Y fue así como el latido africano empezó a morderle tan fuerte que una noche abrió la puerta del avión y se bajó en un país tropical. África.

Los temores. Llegó con cierto temor a África influenciado por la amarilla información occidental ávida de espectáculos cruentos y de enfermedades terminales. Y resultó que en lugar de agitarse, a Cobre se le olvidó la palabra nervios a la que empezó a confundir con un primo lejano. Y así fue como se llenó de paz, tiempo y vida.

Tras varios años en África, Nuno Cobre sólo aspira a lo imposible: vivir todas las experiencias mientras le da a la tecla, a los botoncitos negros del ordenador que milagrosamente le proyectan un nuevo horizonte cada día.

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Casualidad por Nuno Cobre

10 de junio de 2011.

La reunión empezará a las ocho de la mañana en el Instituto Industrial. Eso dice el papel amarillo que está sobre mi mesa y así se lo hago saber al chófer que me lleva hasta allí en el Nissan Pathfinder. Es mi primera reunión en un edificio público, en las dependencias del Gobierno, en África.

Llegamos. Cuando salgo del coche me encuentro con un edificio de unas tres o cuatro plantas despintado, revelando su capa de cemento inicial, cubierto de descuido. No hay luz eléctrica y los pocos muebles que hay por aquí deben tener muchos años. Los azulejos son de un color amarillento que son incapaces de brillar. Todo es como oscuro. Una cueva.

Hace un calor que da frío. Camino con mi chaqueta y corbata, pregunto por la reunión y nadie sabe nada. Fuera, alrededor de las escaleras de la entrada se van sentando parsimoniosamente diferentes personas. Aquí pregunto de nuevo por la reunión y me dicen que ya empezará, que no me preocupe. Siguen llegando poco a poco los invitados a la reunión. Por mi reloj son ya casi las nueve. La gente se va saludando entre sonoras carcajadas, bajo el calor de ese saludo africano que consiste en darse la mano con un chasquido de dedos. Desde el obrero al ministro, todos saludan con un chasquido final. De dedos. Clac.

Por fin, sin prisas evidentemente, los invitados van subiendo a la segunda planta. Sigo al grupo y nos vamos sentando en torno a una mesa ovalada. Varios presentes se enfrascan de pronto en una discusión interminable que provoca las sonrisas cómplices de unos cuantos burlones. Al rato una puerta se abre y se asoma el primer secretario del Instituto Industrial. Todo el mundo guarda silencio. Se trata de un hombre robusto y rostro áspero. El primer secretario dice que esto va a empezar y da una serie de órdenes rápidas y contundentes que son cumplidas inmediatamente. Todo el mundo se pone firme sobre el asiento y al cabo de unos minutos estamos hablando. Por mi reloj son las nueve y media pasadas. He pagado la novatada. La próxima vez que me citen a una determinada hora en este país, entenderé que el acto en cuestión empezará en realidad una hora o una hora y media después de la hora fijada.

En uno de los recesos, salgo del edificio y doy una vuelta para buscar un periódico. Al lado de este edificio que se está cayendo, descubro varios caminos de tierra que se pierden a lo lejos. La tierra es roja y la flanquean varios árboles, algún que otro puesto de plátanos, más frutas. Varias mujeres pasan transportando cubos de alimentos sobre sus cabezas. Se cruza algún que otro niño. Sigo caminando y pregunto donde se puede conseguir un periódico. Una mujer se encoge de hombros y me señala una especie de casa recién pintada y me acerco hasta allí.

En la entrada hay dos jóvenes que me miran con desconfianza. Les pregunto por algún periódico y después de mirarse entre ellos me dicen que sólo el Director puede permitir la venta del periódico. No entiendo nada y me da por decirles que en ese caso, le digan por favor al Director que me dé un periódico. Me preguntan entonces mi nombre, me piden que me identifique. Luego me dicen que espere.

What up fuck man.

Sigo sin entender nada y cuando estoy a punto de irme, aparece el mismo tipo de la entrada manteniendo todavía un gesto de absoluta desconfianza para decirme que pase. Doy varios pasos y de repente miro un letrero y para mi sorpresa, descubro que estoy en la sede misma de un periódico. Creo que empiezo a entender. Miro hacia atrás. Ahora son los mismos jóvenes de la entrada los que me empujan hacia una especie de salita de estar. Estoy de pronto sentado frente a un despacho cubierto de paredes de cartón del que sale una mujer muy gorda que me mira con cara de sospecha y me dice que el Director me está esperando.

Por fin he entrado en la oficina del director. Sorprendentemente me encuentro con un hombre muy joven. Se trata de un muchacho rechoncho que está de pie, tenso, mirándome como si yo fuese un espía, un traidor. Me presento y le digo que yo tan solo buscaba un periódico... El Director frunce el ceño y no dice nada. Estoy frente a él, esperando a que diga algo. Pasa un siglo, y soy yo el que le digo una chorrada, extraigo mi sonrisa, recurro al poder de la ciclotimia. Le digo, tío que no pasa nada… Ay mi madre.

Él relaja la expresión aliviadoramente y finalmente me dice que me siente y nos acomodamos sobre un sofá. La habitación es pequeña, hay un ordenador y un buen tocho de periódicos. Todo está desordenado. El Director no acaba de relajarse y le digo de nuevo que por favor no desconfíe, que sólo estaba aquí por un periódico, que ya me voy. Él por fin se relaja, se reclina un poco hacia atrás y me lo explica.

Y descubro que sin comerlo ni beberlo, estoy en la sede de un periódico considerado como ‘transgresor’. Un periódico poco menos que perseguido por ese ente abstracto llamado poder. Glups. Se va rompiendo el hielo. El Director cada vez se va soltando más y me cuenta que me mira con desconfianza porque está acostumbrado a los intentos de sobornos, a las extorsiones, a las amenazas. Me revela que no hace mucho le ofrecieron una ingente cantidad de dinero para que no publicase una serie de noticias donde se denunciaba un caso de corrupción flagrante. “Seguí adelante”. Me dice también que la semana pasada intentaron quemarle la sede… “Afortunadamente, -continúa- estamos protegidos por un contingente de la ONU, pero”.

Luego se pone de pie e insiste en enseñarme las instalaciones. Caminamos y me encuentro de nuevo con la mujer gorda que salió antes del despacho que ahora sí relaja el gesto y me da la mano con una sonrisa. Clac. Avanzamos y el Director abre una puerta y hallo una sala grande llena de ordenadores viejos en frente de los cuales hay varios jóvenes tecleando concentradamente. Se respira una energía de nombre ganas. Me encuentro también aquí con el mismo tipo que me ha interrogado antes en la entrada y esta vez me saluda con un gesto de cabeza. Clac.

Cerramos la puerta y volvemos a caminar hasta llegar a un cuarto donde una máquina de impresión nos mira triste, completamente quemada, destrozada. El Director adelanta su labio inferior y me cuenta que esta máquina resultó irremediablemente averiada en el ataque de fuego. “¿Sabes quién fue?” , le pregunto. “Sí, mi propio primo. El mismo que antes trabajaba conmigo”, me dice el muchacho.

Después de divisar varios estancias más, regresamos al despacho del Director. Me cuenta que ha estado muchos años estudiando fuera, en Inglaterra, en Estados Unidos… “Hasta que decidí que era el momento de volver a mi país y luchar por él”. Le pregunto qué cuales son sus influencias y me dice que siempre le han inspirado ejemplos como el del Che Guevara, el de Tomas Sankara…

Yo miro de pronto el reloj, me pongo de pie y mirando hacia la ventana me da por preguntarle, “¿Estás dispuesto a morir por esto?”. Él también se pone de pie y me dice casi agradablemente, “sí”. Y luego añade, “venías a buscar un periódico, ¿no?, toma”. Y me alcanza un ejemplar que aterriza entre mis manos. Entre mis diez dedos.

Original en Las Palmeras Mienten



Comentarios
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Jorge Soriano comentó de Casualidad por Nuno Cobre...

serendipia africana deliciosamente narrada, estas cosas pasan
Gracias Nuno por compartirlo, la prensa local siempre nos llevará lejos, buen ejercicio para ponerlo en práctica en próximos viajes




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