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Mikel Larburu

Mikel Larburu es un Misionero de África (Padres Blancos) nacido en Zumaya (Guipuzcoa). Ha estado trabajando por la sociedad argelina durante más de cuarenta años, especialmente con la formación profesional de la juventud del Sahara. Actualmente trabaja en un proyecto de Europa - Islam en Bruselas y es el coordinador de la sección "AfrIslam" del Portal del Conocimiento sobre África de la Fundación Sur.

Ver más artículos del autor

Un tren puede esconder otro, por M. Larburu
13 de mayo de 2011

Se encuentra escrita a menudo en los pasos de nivel. En el caso de este artículo, podríamos parafrasear el proverbio como sigue: unas revoluciones podrían esconder otras.

Revoluciones, pero diferentes

La actualidad ha querido que los conflictos se focalicen en los países árabes. Esto no debe inducirnos a tratar todas las revoluciones con el mismo baremo.

Podríamos clasificar dichas revoluciones en tres grupos. Los que dieron la salida al movimiento, que podrían ser Túnez y Egipto, y que se saldaron con la huida y demisión de sus respectivos líderes.

Seguidamente, podríamos poner el grupo de países que ha optado por la represión pura y dura, o mejor, brutal, para mantenerse en el poder. Es el caso de Gadafi en Libia, de Bachar el Asad en Siria y, en menor medida, el de Saleh del Yemen. En fin, un tercer grupo, donde se encontrarían Marruecos, Argelia, por no nombrar más que los más significativos, los cuales han procedido a algunos ligeros proyectos de adaptación de sus respectivas constituciones, pero que hasta el presente no conocemos el alcance ni el calendario. Así, parecen librarse de la quema; ¿Por cuánto tiempo todavía?

Podemos sacar de estos procesos algunas conclusiones generales, que no por ser generales vamos a quitarles importancia. Son revoluciones que han nacido en las clases jóvenes y en el paro. A menudo, su nivel intelectual es relativamente importante, sobre todo en Túnez, lo cual ha permitido marcar objetivos claros de libertad y democracia, y de no cejar hasta su consecución. En un mismo movimiento, han desposeido a sus líderes corruptos. Ello supone un grado elevado de secularización del islam en dichas sociedades. Para llegar a estos fines, dos han sido los instrumentos privilegiados que han permitido la organización del movimiento y la divulgación de las noticias: las redes sociales (internet) que permiten comunicar con facilidad y sin control policial las consignas necesarias; y la cadena de T.V. qatarí, en su versión árabe sobre todo, que mantenía despiertas las solidaridades necesarias en los países vecinos y en occidente.

Todo no es perfecto, ni mucho menos, y el tiempo será el juez de estos procesos. Podemos constatar, por ejemplo en Egipto, la presencia de los Hermanos musulmanes en la elaboración de la nueva constitución con el lastre que ello representa; mientras que hoy es el día que no se da todavía ninguna representatividad al sector copto que suma el 10% de la población. En cambio, Túnez parece encaminarse, bajo la batuta de los militares, hacia una constitución más laica, con paridad perfecta de género, cosa que no sorprende demasiado y para la que estaba preparada casi desde su independencia.

África sub-sahariana y sus revoluciones

Sus regímenes tienen de común la longevidad de la mayoría de sus líderes. No faltan elecciones, pero amañadas y formales. Puede incluso darse el caso como en Costa de Marfil, donde el presidente depuesto llevaba cinco años ejerciendo sin mandato alguno. Los acontecimientos de Costa de Marfil han sido seguidos en toda África y podemos sacar ya algunas lecciones. La primera está relacionada con el movimiento democrático, emparentada a la revolución tunecina. Como observa el presidente de Senegal, a partir de ahora, a los jefes de estado africanos va a resultarles mucho más difícil ignorar el veredicto de las urnas. Aviso por lo tanto a todos aquellos que quieren mantenerse en el poder a toda costa, y los hay.

La forma en la que Gbagbo se ha visto obligado a ceder es también una lección. Sin duda, los militares franceses han tenido algo que ver, pero han actuado bajo mandato de la ONU y a demanda del secretario general de dicha institución. Quiere decir que la comunidad internacional se está dotando de medios para actuar en el sentido del respeto de la democracia. Lo mismo está sucediendo en Libia, con un Gadafi que se aferra de manera obsesiva al poder. ¿Qué credibilidad pueden tener las promesas de democracia de su hijo?

Todo el mundo está de acuerdo en que Gadafi debe abandonar el poder. Sin embargo, muchos critican las motivaciones que han empujado a la comunidad internacional para actuar de manera tan contundente, y al mismo tiempo tan improvisada. ¿Por qué no se actuó de la misma manera en Darfour, Ruanda, o en la República Democrática del Congo, por ejemplo, donde tantos millones de personas perdieron la vida en sendos genocidios? Todos pensamos, pero no lo decimos, que bajo la forma de injerencia humanitaria o de defensa de los derechos de la población civil, se esconden otras formas no tan relucientes de intervención; más de carácter político o económico que humanitario.

En todos estos conflictos, llama la atención los pesados silencios de las organizaciones y de los líderes de los países africanos (UA), que en su mayoría deben algún favor al dictador, al “rey de reyes de África”. Un hombre, Gadafi, un bufón, cuya visión política se reduce a un África de tribus, mantenida por una red mafiosa, basada en una relación de amo-siervo, en los petro-dólares y el miedo.

¿Dónde están nuestras revoluciones?

No dudo de la sinceridad de la alegría que nos produjeron las revoluciones en el sur del Mediterráneo. Pero tenemos que reconocer que nos hemos tenido que tragar los juicios recurrentes sobre los árabes y su inmovilismo; sus sociedades adormecidas. De golpe, nos hemos visto sorprendidos -digamos, agradablemente-, porque sobre todo nos fortalecemos en nuestra superioridad del “teníamos razón”. Y claro, no bastante con los árabes, ahora deseamos que se extienda por toda África.

¡Vamos, amigos! ¿Porqué no completamos la rueda, y nos ponemos en la fila y que llegue nuestro turno? ¿No somos también nosotros, en gran parte, responsables de la situación actual de África? Nuestro país ha pactado algunos silencios tanto con los regímenes árabes como con los subsaharianos para mantener los niveles de nuestra economía, concretamente con “nuestro amigo tocado”. ¿Cómo podemos explicar que, en plena crisis económica y energética, 14 millones de ciudadanos españoles nos hemos desplazado durante las intocables vacaciones de Semana Santa, que eso es lo que significa etimológicamente la palabra ‘santo’?

Para terminar, ¿a qué estamos esperando para denunciar un sistema que excluye al 20% de sus miembros del mundo laboral? ¿No vamos por detrás de la juventud árabe que se ha echado a la calle a pesar, o precisamente, porque estaban sometidos al silencio por regímenes de plomo? ¿El cúmulo de rapiñas, de saqueos de las riquezas de África, por parte de sus dirigentes, excede de tanto nuestros propios escándalos económicos que día a día van goteando nuestros medios de comunicación?

Sí, son muchas preguntas. Y, para terminar, todavía me atrevo a formular una más: ¿Qué sociedades son las que están verdaderamente adormecidas?... ¿Las africanas o las nuestras?

Mikel Larburu, P.B.


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