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Puncel Reparaz, María

Nace en Madrid y se educa en un colegio de religiosas de la Compañía de maría. Es la mayor de siete hermanos y empieza muy pronto a inventar cuentos para sus hermanos y hermanas pequeños. Al dejar el colegio estudia francés e inglés en la Escuela Central de Idiomas en madrid. Ha trabajado en Editorial Santillana como editora en el departamento de libros infantiles y juveniles. Ha escrito más de 80 libros y traducido alrrededor de los 200.

Ha escrito guiones de TV para programas infantiles y colabora en las revistas misionales GESTO y SUPEGESTO .

Algunos de sus libros más conocidos:

"Operación pata de oso", premio lazarillo 1971

"Abuelita Opalina" . SM,1981

Un duende a rayas", SM, 1982

"Barquichuelo de papel, Bruño, 1996

Ver más artículos del autor

El mono y el camaleón, traducido por María Puncel
14/03/2011 -

El mono del hombre blanco había roto su cadena y se había escapado. No era un mono malo, pero, ¿qué se podía esperar? Cuando se ha estado mucho tiempo sujeto a una estaca por una cadena y se recobra la libertad, se vuelve uno loco y se hacen diabluras. Así que nuestro mono se entregó a toda clase de vola-tines por los tejados de la vecindad y por sus jardines.¡ No tan disparatados como para dejarse atrapar por su dueño y señor!

Persiguió a las gallinas y a las palomas, les arrancó plumas de la cola, saltó de una flor a otra como si quisiera mostrar a la gente:"Soy un pájaro, mirad cómo vuelo"; claro que lo que la gen-te veía era que destrozaba las flores de los macizos, y maldecían al mono y a su dueño, mientras el animal se divertía como un loco y disfrutaba del lío que estaba organizando.
Le persiguieron, pero logró escapar y, después de una hora de saltos y carreras, entró en la espesura cercana y allí se quedó, cansadísimo, pero encantado de haberse librado de sus perseguidores.

Apenas había echado un vistazo a los alrededores, cuando descubrió entre el follaje de un matorral a un gracioso e inofensivo camaleón que hacía girar sus redondos ojos como si fueran dos faros.

Y en el mismo momento de haberle visto, se dedicó a divertirse incordiándole: sacudió violentamente la rama a la que el anima-lito se aferraba con toda la fuerza de sus dedos. Después, se dió cuenta de que el camaleón podía mirar al mismo tiempo de frente y hacia atrás. Le hizo girar los ojos simultáneamente uno hacia arriba y el otro hacia abajo, después a la derecha y luego a la izquierda; esto le hacía soltar grititos de alegre sorpresa por-que hacía mucho tiempo que no vivía en la espesura y había olvidado lo que era un camaleón.

Se enderezó sobre sus manos posteriores y así, erguido, hizo amago de querer saltar sobre el animalito, sólo para asustarle; después, lanzó un grito agudo y trepó hasta lo más alto de los árboles y, cuando llegó a la cima, se dejó caer a cuerpo muerto hasta las ramas gruesas de la base.

Más tarde, saltó, cruzando como un bólido ante la mirada espantada del pobre desgraciado, y aterrizó sobre el extremo de su rama; y la soltó tan bruscamente que la hizo tambalearse con violencia.

-¿Es tuya esa calabaza colgada en lo alto de la palma?- le pre guntó de repente.
-No -respondió el camaleón-, es de un recolector de vino que la pone en la ranura de las ramas para recoger cada día su provisión de malafu.

-¿Está bueno eso?

-Muy bueno.

-¿Y qué te parecería a tí, pequeño camaleón de la floresta, un trago de ese vino?

-¡Ni pensarlo! El tipo va a venir y si nos bebemos su vino nos lo hará pagar caro.

-Camaleón de la floresta, voy a bajar la calabaza.

-¡No lo hagas, amigo, no lo hagas! Tú estás aquí sólo de paso, pero para nosotros la floresta es nuestra aldea. No nos crees problemas con ese hombre.

El mono ni siquiera escuchó el final de esta súplica. Ya estaba en lo alto del árbol vaciando la calabaza del recolector de vino.

-¡Camaleón! -gritó cuando bebió la última gota-, te aconsejo que te largues de ahí, porque si el hombre del vino te pregunta por su licor, te arriesgas seriamente a sufrir su furia.

El camaleón, lento y premioso como todos los de su familia, empezó a moverse sobre sus patas de "cangrejo-de-las-hojas", cuando vió acercarse al hombre del vino.

-¡Oye! -gritó el hombre en cuanto vió que le habían robado-.Oye, soy el recolector de malafu; ¿quién se ha bebido mi vino de palma?
Nadie le respondió, sólo se oyó el eco lejano de su propia voz. El mono se mantuvo en silencio, abrazado al tronco de un árbol, el camaleón temblaba en su rama, el mismo sitio en que le había sorprendido la llegada del hombre.

El mono se dijo que si el hombre viera al camaleón y el camaleón le hablase, probablemente le traicionaría para salvar su propia vida, así que se envalentonó y avanzó hacia el hombre, le señaló al camaleón y dijo:

- O ha sido él o he sido yo, porque estábamos los dos solos en este lugar.

-¡Ah, bien! -respondió el hombre-.¿Y cuál de los dos ha sido?

-Es fácil adivinarlo, mira como ando, ¿tengo yo el aspecto de alguien que ha bebido? Pero obliga al camaleón a que avance un poco y ya me dirás lo que ves.

¿Qué podía hacer? El camaleón tenía que dar prueba de su inocencia. Claro que todo el mundo sabe que los camaleones sufren temblequera. Cuando avanzan semejan viejos paralíticos que no saben dónde van a posar el pie. Y allí estaba el camaleón, abrazado a la rama, girando sus enormes ojos como faros, titubeando, vacilando...

El hombre también sabía lo de la temblequera, pero en aquel momento estaba tan furioso que lo olvidó, creyó, para desgracia del camaleón, que el camaleón estaba borracho.

-¡Mirad a este bebedor completamemte borracho! ¡No puede ni sostenerse derecho sobre sus patas! -exclamó-. Hace falta ser un borrachín empedernido para haberme vaciado una calabaza entera de malafu!

Y sin más averiguaciones se echó sobre el camaleón y le molió a palos. El pobre animal se sintió a punto de morir y de entregar su pequeña alma maltratada al dios de los camaleones.

Cuando el hombre se marchó, el mono tuvo el lamentable valor de burlarse de su víctima:

-¡Tú has nacido para que te apaleen -le dijo riéndose-, y yo para beber vino de palma!

-Lo que has hecho es una cruel maldad -le respondió el camaleón pero ya aprenderás a tu costa, la maldad hace aprender a los buenos y algún día les es concedido hacer justicia.

El mono se tenía por demasiado espabilado como para prestar atención a aquella "cháchara". Estuvo unos momentos despiojándose, después, de repente, recordó que no había comido nada desde que estaba libre.

Así que se dirigió a un campo de mandioca, que estaba a dos pasos de allí. El camaleón que le vió marcharse, le siguió.

-¿Es tuyo este campo? -le preguntó cuando le alcanzó.

-No -respondió el mono.

-Entonces, si tú quieres, podemos prenderle fuego; será divertido ver bailar a las llamas.

-¡Ni se te ocurra! -dijo el otro-. ¡Menudo lío tendríamos con el dueño del campo!

Pero precisamente eso es lo que quería el camaleón. Reunió un manojo de hierbajos secos y les prendió fuego.

El mono estaba tan ocupado en desenterrrar las raíces de man- dioca, que no se dió cuenta de nada.

Bien pronto empezaron a aparecer pesados torbellinos de humo que se alzaban hacia el cielo en espirales y un olor acre se extendió por todo el campo. Los dueños, avisados por los vecinos no tardaron en llegar.

-¿Quién ha incendiado el campo? -preguntaron furiosos.

-Yo no sé nada -afirmó el mono-, yo no he sido.

El camaleón aprovechó la ocasión para devolverle al mono su malévola jugada:

-Tiene que haber sido uno de nosotros dos, porque sólo nosotros dos estábamos aquí.

El camaleón sabía, desde siempre, que el mono tiene negras las palmas de sus manos, mientras que las suyas son tan blancas como si se las hubiera lavado con lejía.

-Eso es fácil de descubrir -dijo-, no hay más que mirar nuestras patas.

Mostró las suyas y naturalmente fue disculpado. Pero no ocurrió lo mismo con el mono. En cuanto examinaron las palmas de sus cuatro manos, los dueños del campo, viendo en su negrura un indicio de culpabilidad, le agarrarron por la cabeza, para que no pudiera morder y le apalearon hasta dejarle medio muerto.

-Y ya puedes dar gracias al camaleón de que no te rematemos. Por respeto a su honradez te vamos a perdonar tu fechoría.

Después, le sujetaron por el cinturón de cuero que llevaba, y se lo devolvieron a su dueño que lo ató para siempre con una cadena que jamás podría romper.

Pasaron muchos días, antes de que el momo pudiera ponerse derecho y recuperar algo de su antigua agilidad. Pero, mirad, no tiene cuello, todo el cuello se le ha hundido entre los hombros.

No le compadezcais demasiado: se merecía la lección que le dió el camaleón. ¡Que le pagó con su misma moneda!

(tomado del libro "Ce que content les Noirs",pág.11)

texto original: Olivier de Bouveignes
traducción del francés: María Puncel


Comentarios
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Pepa Puncel comentó de El mono y el camaleón, traducido por María Puncel...

Enhorabuena a mi querida hermana por la traducción. de todas maneras yo no estoy de acuerdo con la Ley del Talión. Lo de "Ojo por ojo y diente por diente" me parece inhumano, injusto y de personas ignorantes y primitivas. Más me gusta, a pesar de no estar completamente de acuerdo, lo que dice Jesús de Nazaret: "Pn la otra mejilla" Yo prefiero que me den dos portas que pagar la maldad con otra maldad. Aunque preferiría no tener que elejir entre lo malo y lo peo, que de eso se trata. Hay más posibilidades ante semejantes situaciones. No, el relato no es didáctico, es más me parece que favorece el revanchismo y la venganza. Mal.




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