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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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¿Saben dónde está la República Centroafricana?, por José Carlos Rodríguez Soto

7 de febrero de 2011.

No se molesten en buscar esta noticia en los medios de comunicación españoles, porque la República Centroafricana es uno de esos países que virtualmente no existen para nuestro mundo rico, sobre todo para España. El pasado 23 de enero hubo allí elecciones y ahora acaban de anunciar que, como todos esperaban, ha ganado el actual presidente François Bozizé. La oposición, sobre todo los principales candidatos Martin Ziguelé, y el ex presidente Ange Patassé -derrocado en 2003 por el actual mandatario-, ya dijeron el día después de las elecciones que rechazaban de antemano el resultado de lo que les había parecido “una mascarada”. Para ellos, el trabajo de la Comisión Electoral fue una chapuza, como demostró la presencia de "listas falsas" de votantes en algunos centros electorales y la ausencia de las listas de electores, que impidió que en muchos sitios bastantes personas registradas y que incluso tenían su tarjeta electoral no pudieran emitir su voto.

Estuve una vez, allá por 1989, tres semanas en la República Centroafricana y de los 14 países africanos donde he estado creo que es el que me dejó una impresión de mayor tristeza. Por no tener, no tiene ni habitantes. Tiene una extensión algo mayor que Francia y contaba entonces con alrededor de dos millones de habitantes, población que ahora casi se ha duplicado. Viajando por el país, uno percibía inmediatamente la sensación de soledad –una impresión muy rara en África- al transitar por carreteras por las que apenas se veía gente. En su capital, Bangui, contrastaban los arcos triunfales, vestigios de la triste época de aquel cruel derrochador llamado Bokassa que se hizo coronar emperador del país, con la miseria de los barrios como el “Kilometre Cinq” en los que gentes sin futuro se hundían en el fango de sus calles. Me llamó la atención el pesimismo que se respiraba por todas partes, y la falta de escuelas y universidades de donde pudieran salir preparadas personas que pudieran mejorar la situación de su país.

De todo lo que vi, se me quedaron grabadas a fuego dos imágenes: los ojos sin expresión de los pigmeos, explotados por sus propios compatriotas y expulsados fuera de su hábitat natural, las inmensas selvas, cuyos árboles de maderas preciosas eran y siguen siendo explotadas salvajemente por compañías extranjeras, sobre todo francesas y sirias. Visité también –gracias a la caradura que le echaba un comboniano español que nos hizo de guía- una cantera donde varias decenas de infelices sacaban montones de arena de un río con grandes cribas y que se dejaban allí los ojos buscando diamantes, que –según me explicaron- suelen tener el tamaño de un grano de arroz. En aquel lugar había montículos desde donde guardias árabes armados con fusil vigilaban que a nadie se le ocurriera llevarse una de las preciadas piedrecitas. Cuando alguien encontraba una tenía que entregársela al capataz, el cual le daba unos billetes y el afortunado trabajador desaparecía entonces en el vecino campamento donde las prostitutas destilaban aguardiente y ofrecían sus servicios. Los que regresaban a sus casas tras uno o dos años de dejarse allí la piel solían volver con las manos vacías y una sífilis de propina. De regreso a Bangui, el mismo compañero hizo gala de su atrevimiento buscando en la guía telefónica el nombre de una compañía de diamantes donde, según nos explicó, uno de los mandamases era un español que estaba casado con una hija de Bokassa. Le llamó por teléfono y nos llevó allí para entrevistarle. Después de la tercera pregunta nos cortó en seco y nos indicó donde estaba la salida, por si se nos había olvidado.

No he vuelto allí desde entonces, pero según tengo entendido pocos avances ha habido y sí muchos retrocesos. La República Centroafricana está siempre en la lista de los diez países más pobres del mundo y en la de Estados fallidos. Sus importantes recursos, como los diamantes y las maderas, se las siguen llevando las compañías extranjeras que los explotan y poco llega a la población, la mitad de la cual es analfabeta. Aparte de una fábrica de cervezas, no hay prácticamente industrias en el país, y aunque han proliferado en los últimos años las compañías de telefonía móvil, el sector servicios no ha despegado. Además, desde los años 1990, el país ha conocido una sucesión de motines del ejército y de ataques por parte de grupos rebeldes. Muchos de ellos surgieron tras las elecciones de 2005 y han sumido el norte del país en un caos del que se aprovechan también grupos de bandidos. Por si fuera poco, desde 2008 el sureste de la República Centroafricana recibe los ataques del grupo ugandés Ejército de Resistencia del Señor(LRA), tristemente famosos por su gran crueldad con la población civil.

No se me olvidará mencionar que en este país que sólo interesa a los que quieren aprovecharse de sus recursos hay buenos samaritanos que se esfuerzan en ayudar a su población. Allí trabaja el comboniano español Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, una zona remota a donde se llega después de cinco días de viaje en coche por carreteras intransitables y donde sus habitantes sufren los ataques constantes del LRA, además del flagelo del SIDA y de la enfermedad del sueño, una dolencia para la que ya no se fabrican fármacos porque las compañías que lo hacían hace años que dejaron de hacerlo porque no les salía rentable contar con un mercado de gente muy pobre que no les hace generar beneficios. Entrevisté el año pasado a este misionero cordobés, que me contó los esfuerzos que hacía para construir un hospital y varias escuelas en su inmensa diócesis. Cuando le pregunté que en qué ocupaba la mayor parte de su tiempo me dijo sin pensárselo mucho: “En escuchar”. Sospecho que no serán historias muy felices.



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