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Eisman, Alberto

Alberto Eisman Torres. Jaén, 1966. Licenciado en Teología (Innsbruck, Austria) y máster universitario en Políticas de Desarrollo (Universidad del País Vasco). Lleva en África desde 1996. Primero estudió árabe clásico en El Cairo y luego árabe dialectal sudanés en Jartúm, capital de Sudán. Trabajó en diferentes regiones del Sudán como Misionero Comboniano hasta el 2002.

Del 2003 al 2008 ha sido Director de País de Intermón Oxfam para Sudán, donde se ha encargado de la coordinación de proyectos y de la gestión de las oficinas de Intermón Oxfam en Nairobi y Wau (Sur de Sudán). Es un amante de los medios de comunicación social, durante cinco años ha sido colaborador semanal de Radio Exterior de España en su programa "África Hoy" y escribe también artículos de opinión y análisis en revistas españolas (Mundo Negro, Vida Nueva) y de África Oriental. Actualmente es director de Radio-Wa, una radio comunitaria auspiciada por la Iglesia Católica y ubicada en Lira (Norte de Uganda).

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"Volunturismo" o la inefable experiencia de hacer el bien, por Alberto Eisman

14 de diciembre de 2010.

Lo sabíamos o lo podíamos intuir, pero a veces es difícil cuantificar el daño que se hace, aun sin quererlo. En un devastador artículo, Ian Birrel del periodico The Guardian se hace eco del creciente fenómeno del turismo de voluntarios a corto plazo que quieren “hacer caridad” en instituciones benéficas, si es posible en algún orfanato de niños enfermos de SIDA o una institución similar. Un reciente estudio revela las consecuencias de tales prácticas:

El estudio revela que los proyectos de voluntariado a corto plazo hacen más daño que bien. [La presencia de] los acaudalados turistas hace que trabajadores locales no puedan acceder a un necesario puesto de trabajo, ya que [los voluntarios] pagan por hacer estos trabajos; las instituciones que están ya de por sí bajo presión pierden tiempo cuidando [a estos voluntarios] y mejorando sus instalaciones, y los niños explotados o abandonados crean lazos emocionales con los visitantes y ven incrementado su trauma cuando estos desaparecen y vuelven a casa.

Hay grupos organizados de turistas que llegan a pagar con tal de tener la grata experiencia de poder dar de comer a huérfanos o repartir juguetes que se han traído desde sus países. Algunas agencias de viajes incluyen visitas a orfanatos entre la apretada agenda de estancias en la playa o visitas a los parques naturales. Niños desamparados o acogidos son reducidos poco menos que a la categoría de animales de zoo, fotografiados y agasajados durante unos instantes y dejados luego a su propio destino. Iniciativas que, aunque desde un punto de vista del visitante puedan ser loables, desde el punto de vista de las personas afectadas por la pobreza puede incluso ser lesivo para su dignidad y su futuro. Si es impensable la idea de que en instituciones de acogida españolas un extraño acceda a los niños en su interior, juegue con ellos, les prepare el biberón o los lleve a la cama... ¿por qué tienen derecho a hacerlo turistas (se supone que blancos, responsables y bienintencionados) en el Tercer Mundo? ¿es que una actitud es permitida o es delictiva según en el contexto legal en el que ocurra? Ni quiero ni pensar lo que puede pasar en aquellos casos en los que el turista vaya buscando “experiencias” de esas por las que en su país original le condenarían a severas penas de cárcel...

La cosa ha llegado hasta tal punto que incluso organizaciones profesionales de voluntariado que llevan muchos años organizando estancias largas de profesionales en los países en vías de desarrollo han alzado su voz contra esta nueva moda. Mis oídos apenas podían creer la nueva iniciativa del gobierno alemán que promueve que cientos de estudiantes que acaban de terminar la educación secundaria puedan pasar un año en un país del Tercer Mundo antes de entrar en la universidad y hacer allá “su experiencia en el extranjero” a costa del contribuyente federal.

No dudo que entre ellos haya personas serias y comprometidas, pero – por desgracia – la media emocional y de madurez del joven europeo de diecitantos años no es precisamente para tirar cohetes. De lo profesional, ni hablamos... no les ha dado tiempo a especializarse en algún campo laboral pero llegan a África siendo “maestros de todo y oficiales de nada.” Sin querer hacer un juicio derrotista, tal como veo la situación no creo que sea exageración decir que muchos de ellos tienen – literalmente – la picha hecha un lío en lo que a prioridades se refiere. Las noticias que me llegan de la marabunta de jóvenes teutones que llegan a Uganda al calor de esta novedosa iniciativa no son nada tranquilizadoras: los que llegan en general son gente obviamente joven y despreocupada, más inclinada a buscar los “sitios de moda” donde se pueda beber barato, ligar y disfrutar de buena música que a “perder” tiempo con locales que hablan otra lengua en un barrio marginal. Es normal, después de todo; son hijos de su tiempo y no les culpo por ello. Lo que me parece de juzgado de guardia es que un gobierno sensato apoye experimentos tales con variables tan altas de fracasos y meteduras de pata.

Sea por iniciativas privadas o gubernamentales, el llamado volunturismo es un tema sobre el que hay que reflexionar seriamente, entre otras cosas porque comienza a ser un problema en ciertos países. Se pueden tener las mejores y más nobles intenciones de ayudar, pero la realidad resultante puede ser funesta si alguien viene a África con las prioridades descolocadas, queriendo vivir experiencias “fuertes” en el menos tiempo posible, ignorando la cultura local o sin pensar cuáles son las consecuencias de nuestra “ayuda” a largo plazo para las personas a las que decimos asistir. Quizás debido a la culpa que nos embarga por ser o venir del Primer Mundo nos vemos obligados a recurrir a tales minidosis de solidaridad para aquietar nuestra conciencia, darnos un tranquilizador chute de buenismo y seguir viviendo nuestro frenético ritmo de vida, esa vida de cinco estrellas con comodidades a las cuales – faltaría más - no estamos dispuestos a renunciar. Al fin y al cabo, ese cambio de vida y de perspectiva cuesta infinitamente más esfuerzo y dinero que un vuelo a Bangkok con parada en orfanato incluida.

original en:

http://blogs.periodistadigital.com/enclavedeafrica.php



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