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Puncel Reparaz, María

Nace en Madrid y se educa en un colegio de religiosas de la Compañía de maría. Es la mayor de siete hermanos y empieza muy pronto a inventar cuentos para sus hermanos y hermanas pequeños. Al dejar el colegio estudia francés e inglés en la Escuela Central de Idiomas en madrid. Ha trabajado en Editorial Santillana como editora en el departamento de libros infantiles y juveniles. Ha escrito más de 80 libros y traducido alrrededor de los 200.

Ha escrito guiones de TV para programas infantiles y colabora en las revistas misionales GESTO y SUPEGESTO .

Algunos de sus libros más conocidos:

"Operación pata de oso", premio lazarillo 1971

"Abuelita Opalina" . SM,1981

Un duende a rayas", SM, 1982

"Barquichuelo de papel, Bruño, 1996

Ver más artículos del autor

El cazador de la noche, traducido por María Puncel
19/11/2010 -

Un día, de vuelta de la caza, Kasapa se encontró con su amigo Dumba

-¿Has cazado algo? -le preguntó, pero estaba tan orgulloso del puercoespín que él mismo había cazado, que no esperó a oir la respuesta de Dumba. Era tan absolutamente evidente para él que Dumba no había cazado nada, sólo llevaba su lanza...

¡Lo único que deseaba era, sobre todo, poder mostrarle su presa!

Pero Dumba, pagándole con la misma moneda, apenas se dignó mirar de reojo distraídamente a "su" puercoespín.

-¡Vaya una cosa! -exclamó encogiéndose de hombros-, si quieres ver una buena presa, echa una mirada a los cuatro porteadores que vienen detrás de mí.

El pobre Kasapa no podía creer lo que veín sus ojos: un enorme, y grueso antílope-caballo, que agobiaba con su peso a los cuatro porteadores que marchaban detrás de Dumba, como se sigue a un rey.

Kasapa creyó poder tomarse una revancha, mencionando al ciervo que él había matado, hacía unos días, con un dardo envenenado.
Pero Dumba le recordó el búfalo que él había cazado la semana anterior.

Ya metido en el juego, Kasapa, no se dio por vencido: y habló del elefante que un día había encontrado con las patas delanteras metidas en su trampa y al que había matado clavándole una estaca en la base del cráneo.

La discusión no terminaba: cada uno quería mostrarse más hábil que el otro y poseedor de un mejor instinto de cazador.

La presunción no lleva nunca a nada bueno.

-Al oirte -exclamó en un momento dado Dumba, exasperado-, cualquiera diría que te crees capaz de cazar en tu trampa al sol, la luna y las estrellas.

-¿Y por qué no? -replicó fuera de sí Kasapa.

-Sí, claro, y lo mismo te crees capaz de atrapar también en tus trampas a la misma noche.

Era un reto tan directo que Kasapa perdió el poco sentido común que le quedaba y dijo la mayor tontería que podía decir en aquel momento:

-¡La atraparé!- exclamó- ¡Desde luego que la atraparé y te la traeré en un cesto!

Jactarse de poder atrapar la noche era una locura.

Sin embargo, Kasapa se puso a tejer con sus propias manos un cesto con tallos de caña, tan bien cortados y tan estrechamente trenzados que el día no podría penetrar por entre su trama, ni la noche, en su opinión, atravesarla para salir.

Hacia el atardecer, desde su cabaña, Dumba le vio tomar el sendero del bosque:

-¡Buena caza, Kasapa! -le gritó.

Kasapa no le respondió.

Cuando la noche llegó, se metió por lo más denso de la espesura pensando que allí la noche llegaría antes.

En cuanto oyó levantarse al viento desde la llanura y acercarse gimiendo para agitar las copas de los grandes árboles, preguntó:

-¿Quién eres?

Y el viento le respondió:

-Yo soy el crepúsculo.

Pero por más que Kasapa corrió a derecha e izquierda con su cesto abierto, no consiguió más que arañarse la cara y hacerse desgarrones en la ropa al tropezar con zarzas y lianas, que no veía en la oscuridad. Y no había atrapado nada en su cesto.

Lo colocó en la parte más oscura de la espesura y se quedó vigilando muy quieto a su lado, silencioso, reteniendo el aliento y, de pronto, oyó de nuevo un murmullo, como una canción, que surgía de entre los juncos.

-¿Quién eres? -preguntó.

Una dulce voz le respondió:

-Soy el anochecer.

Inmediatamente se precipitó, con el cesto abierto, hacia el lugar de donde salía la voz, pero por mucha prisa que se dio en cerrarlo, tampoco esta vez consiguió atrapar nada. Estaba completamente decidido a cazar algo, así que colocó su trampa en un hoyo que le pareció un buen lugar y esperó pacientemente.
Los mosquitos le atacaban por todas partes, le habían hinchado las mejillas de tal modo con sus picaduras, que casi no podía abrir los ojos.

Por fin, el viento volvió a mecer las ramas. Las ramillas secas se rompían en pedacitos y caían al suelo.

-¿Quién eres? -preguntó una vez más Kasapa, dispuesto a cazar a quienquiera que le respondiese.

-Soy la hora de irse a dormir -respondieron a una las ramas que el viento partía.

Nustro cazador corrió con todas sus fuerzas, pero cansado de fatigas inútiles, no consiguió más que golpearse con los troncos de los árboles y caerse en los hoyos.

Agotado y bastante desanimado, se sentó junto a su cesto, y decidió tener más paciencia en el futuro.

¡Qué cansado estaba! ¡Y cómo le torturaban sus chichones y las picaduras de los mosquitos! El sueño se apoderó de él y se quedó dormido. De repente, le arrancó de su modorra el ruido de olas que chapoteaban en el río. Gritó:

-¿Quién eres?

Las olas, entrechocando entre ellas, le respondieron:

-Somos la media noche.

Se lanzó al agua y, felizmente para él, cayó en el limo del pantano que, en aquel lugar, cubría el ribazo del río. Pero no recogió en su cesto nada más que un poco de cieno mal oliente y algunas ranas saltarinas.

Empapado hasta los huesos y temblando de frío, le hubiera gustado volverse a su choza y poder dormirse en paz entre su fuego y su perro, pero, claro, se había jactado de ser capaz de atrapar la noche; y tenía que hacerlo, costase lo que costase. Si no lo hacía ¿qué iba a decir Dumba de él?.

Una vez más, inició la espera junto a su cesto; y he aquí que el viento volvió a tomar la palabra, pero, esta vez, muy en serio. El trueno tableteó y retumbó, los relámpagos trazaron en el negro cielo sus cegadores zigzags y gruesas gotas de lluvia empuja-das por el viento le azotaron el rostro. Era la tormenta. Tuvo que gritar con todas sus fuerzas para hacerse oir en medio de todo aquel ruido.

-¿Quién eres? -vociferó-.¡Dime quién eres...!

Al fin, por entre las violentas rachas de viento y agua, seme-jantes a negras furias, se abrió en la obscuridad de la noche un claro, y una estrella parpadeó.

Se diría que ella había entreabierto una puerta y que respondía desde el umbral:
-¡Soy la estrella que anuncia la mañana! -dijo, burlándose de Kasapa.

Inmediatamente, nuestro cazador de la noche, trepó hasta el tope del árbol más alto que pudo encontrar, pero fue inútil. Ni pudo alcanzar la estrella, ni apoderarse de los relámpagos, ni agarrar los nubarrones que las ráfagas de la tormenta desgarraban en gi rones.

Se atrevió a encaramarse hasta la punta de una rama, que cedió bajo su peso y se partió, dejando caer al osado trepador sobre un matorral de mimosas silvestres de las que tienen largas espinas.

Pasó todas las penas del mundo para desengancharse dificultosamente de las espinas y acabó con la piel llena de arañazos sangrantes y la ropa hecha harapos. Y de nuevo fue en busca del cesto de sus desdichas. Estaba decidido a pedirle ayuda, tan desesperado estaba que ya casi ni sabía lo que hacía; se acercó a él y descubrió que el interior era de un negro intenso.

-¡Lo conseguí! -exclamó, olvidando de repente todos sus ante-riores fracasos -¡Ya tengo a la noche dentro!

Y sin más preguntar a las cosas o al viento, cerró su cesto
tan firmemente como pudo y emprendió el camino hacia el poblado.

Le llegó desde lejos el canto de los gallos y eso le infundió ánimo y fuerza a sus piernas. Pronto empezó a divisar las sinuosas ondulaciones del humo de las chimeneas que se mezclaba con la bruma matutina.

Por fin llegó a la casa de su amigo Dumba. Golpeó con fuerza la puerta gritando:

-¡ Mira, ven, he traído la noche!

Abrió su cesto, y para su gran decepción, de él sólo salieron los primeros rayos del sol.

Dumba no le tuvo la menor compasión.

-En adelante, lo mejor que puedes hacer es no envidiar la buena suerte de los otros y no jactarte de éxitos imposibles.

-Sí, tienes razón -asintió tristemente el pobre Kasapa-, yo debería haber sido prudente y no haberme comprometido a atrapar la noche.

Naturalmente, todo el poblado se enteró de su malaventura y Kasapa no perdió solamente su ropa, y hasta parte de la tela de su taparrabos, sino también su reputación de hombre listo.

Las comadres llegaron a llamarle desde entonces en burla el "cazador de la noche"

(tomado del libro"Ce que content les Noirs",pág.32)

texto original: Olivier de Bouveignes
traducción del francés: María Puncel


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