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Puncel Reparaz, María

Nace en Madrid y se educa en un colegio de religiosas de la Compañía de maría. Es la mayor de siete hermanos y empieza muy pronto a inventar cuentos para sus hermanos y hermanas pequeños. Al dejar el colegio estudia francés e inglés en la Escuela Central de Idiomas en madrid. Ha trabajado en Editorial Santillana como editora en el departamento de libros infantiles y juveniles. Ha escrito más de 80 libros y traducido alrrededor de los 200.

Ha escrito guiones de TV para programas infantiles y colabora en las revistas misionales GESTO y SUPEGESTO .

Algunos de sus libros más conocidos:

"Operación pata de oso", premio lazarillo 1971

"Abuelita Opalina" . SM,1981

Un duende a rayas", SM, 1982

"Barquichuelo de papel, Bruño, 1996

Ver más artículos del autor

El cangrejo y sus pequeños , traducido por María Puncel
06/10/2010 -

El cangrejo, señor Nkala, se había instalado en la ribera del río al abrigo de una enorme roca que, esperaba, ningún hombre pudiera mover. Con la ayuda de la señora Nkala, su esposa, criaba una numerosa familia de cangrejitos, revoltosos como diablillos, pero amables y llenos de buena voluntad.

Sobre todo en el mayor, Nkala Mukulu, cifraba su padre grandes espernzas. Desde luego, no eran más que esperanzas cangrejiles, no vayáis a imaginaros que padre Cangrejo esperaba que su hijo
llegara a ser zapatero, impresor, mecánico o empleado en una oficina.

¡No! Le veía crecer, ganar fuerza y agilidad, ser cada día más diestro en la pesca y la caza, en una palabra, convertirse en un cangrejo perfecto o...casi. Porque padecían todos estos cangrejitos un defecto del que debo hablaros. Todos, todos ellos, andaban de costado.

¡Seguro que los habéis visto!, ¿no es verdad? A ellos o a otros como ellos, cada vez que habéis levantado una piedra en el mismo borde del río, los habéis visto dispersarse en todas direcciones y siempre corriendo de costado, jamás de frente. Algunas veces, cuando los pequeños dormían, o fingían que lo hacían, el señor Cangrejo le decía a la señora Cangreja.

-Mujer, ¿duermes?

-Dormía, pero tú me has despertado.

-Pues yo no puedo dormir.

-¿Qué es lo que te lo impide?

-Cuando pienso que mi hijo mayor, Nkala Muluku, al que he cui-dado con el mayor desvelo empieza a caminar de costado...

-Sí -suspiraba la señora Nkala-, ¿y qué esperabas?-.Y se vió en la triste situación de afligir a su querido marido, recordándole que él y ella no caminaban mejor.

- Nosotros, también nosotros...

-¡Chist, calla...! -ordenaba el señor Cangrejo como si no qui-siera ni que se mencionase aquella tara familiar de la que deseaba librar a sus pequeños. Y, después, volvían a dormirse.

Desde el principio, muchísimas veces, el padre Cangrejo le había dicho a Nkala Makulu que debía esforzarse por andar de frente. Y le ponía el ejemplo de los peces, de los lagartos, de las cucarachas y hasta de las arañas, todos ellos y ellas marchaban con la cabeza por delante.

-Créeme, hijo querido, serías un mejor cangrejo, serías un honor para tu raza si marchases de frente.

-Tú sabes bien -respondía el chico-, que si yo pudiera marcharía de frente, pero es que no puedo, no sé hacerlo.

-Yo creía que tú podrías ser mi heredero, sucederme; eres el mayor, el más ágil, el más inteligente... Verdaderamente me harías feliz si caminases de frente como corresponde a un cangrejo listo y honesto.

El padre Cangrejo le dedicaba estos discursos a su hijo en se-creto, cuando estaban los dos solos, cuando iban juntos de caza por las aguas del río o cuando estaban resguardados del sol al abrigo de una piedra grande. Pero en cuanto se ponían en movimiento, el pequeño cangrejo seguía obstinadamente avanzando de costado.

El padre cangrejo, a veces, no podía contenerse y llegaba a golpear a su hijo; pero lo único que conseguía era hacerle llorar.

¡Pobre cangrejito, qué mal lo pasaba, replegado sobre sí mismo, las patas encogidas dentro del caparazón y soltando gruesos la-grimones de sus ojitos redondos! ¡Lagrimones grandes como gui-santes! Llegó a no querer salir más que lo estrictamente impres-cindible... Era la forma más segura de librarse de broncas y cas-tigos.

Una mañana, el padre Cangrejo le dijo:

-Venga, vamos. No voy a regañarte más, lo que voy a hacer es enseñarte a marchar de frente.

Y durante muchos días se pudo ver a los dos cangrejos moverse sobre la arena, cuando creían que nadie les observaba, entregados a ejercicios de marcha en línea recta, verdaderamente dignos de conseguir éxito.

La señora Cangreja, fue la primera en descubrirles, luego, poco a poco todos los cangrejitos se unieron a ella en su puesto de observación para contemplar desde el umbral de la puerta aquella marcha paralela del padre y el hijo.

-¡Pobre pequeño -suspiraba la madre- cómo le hace sudar!
El padre ni la oía.

-¡Adelante, en marcha! -gritaba con su vozarrón de cangrejo acatarrado- ¡En marcha y rectos hacia adelante!

Pero, cada vez, y con una precisión militar perfecta, ¡los dos avanzaban de costado!

Los cangrejitos más jóvenes estaban intrigados. Preguntaron a mamá qué era lo que hacía papá con el hermano mayor, pero mamá Nkala les decía:

-¡Chist, callaos, pequeñajos!, ¿es que no véis que vuestro padreestá enseñando a vuestro hermano a marchar de frente?.

Pero los cangrejitos, insolentes y tremendos como son todos los pequeños, se reían y hacían comentarios divertidos viendo a su hermano mayor hacer esfuerzos por aprender a caminar de frente.

Y, por fin, agotado y avergonzado al ver que se burlaban de él,
el hijo mayor le dijo a su padre.

-Por favor, papá, camina ante mí para que yo pueda verte y aprender cómo consigues avanzar de frente.

Inmediatamente el padre Cangrejo se puso en marcha...pero, a pesar de todos sus esfuerzos, avanzó de costado. Estaba tan acos
tumbrado a marchar de lado que no sabía hacerlo de otro modo.

Entonces su hijo mayor le dijo:

-Ya puedes decirme lo que quieras y mandarme lo que te parezca, pero mientras tú no te comportes como deseas que lo haga yo, no te haré ningún caso.

Y de allí en adelante el hijo Cangrejo y todos los demás cangrejitos que no son mayores que una monedita de un céntimo, continuaron marchando de lado y cada vez más deprisa.

(tomado del libro "Sur des lèvres congolaises", pág.158)

texto original: Olivier de Bouveigni


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