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El norte de Uganda, una guerra olvidada y los esfuerzos para la paz
03/03/2008 -

El pasado día 26 de febrero, tuvo lugar en el Departamento África de la Fundación Sur, una conferencia titulada “El norte de Uganda: una guerra olvidada y los esfuerzos para la paz”, impartida por José Carlos Rodríguez Soto, teólogo y licenciado en Ciencias de la Información, que ha vivido y trabajado los últimos 20 años en Uganda, la peor época de la guerra, que comenzó en 1986.

En lo que se adapta a España, a donde ha llegado hace apenas dos meses, José Carlos escucha en las noticias cómo se ha producido una movilización mundial, en numerosos países para pedir la liberación de unas 600 personas que permanecen secuestradas por las FARC de Colombia. “Qué bien que pasen estas cosas” se dice, mientras se acuerda de su Uganda, donde 40.000 niños han sido secuestrados en los últimos años y nadie ha hecho absolutamente nada por ellos. Bueno nadie, no. Él y sus compañeros religiosos han arriesgado la vida para dar a conocer al mundo las atrocidades que ocurrían en Uganda, conscientes del poder de la información.

Jan Egeland, el anterior comisario para Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, tras su viaje a Uganda en 2003 reflexionaba públicamente sobre lo que acababa de presenciar y se preguntaba: si la vida humana tiene el mismo valor en todas partes ¿por qué se interviene en unos sitios (Kosovo) y en otros no (Uganda)? José Carlos cree que porque no se le da cobertura mediática, entro otras muchas razones. Egeland calificó la situación de Uganda como la peor crisis humanitaria del momento, peor que Irak, que aparecía a diario en las noticias de toda Europa. Esa visita marcó un punto de inflexión en la situación de la población ugandesa porque lo mostró ante el mundo.

En estos últimos días las noticias que llegan desde Uganda son tan alentadoras… Se han firmado protocolos de alto al fuego; sobre los juicios a los responsables de los peores crímenes y sobre la desmovilización y reintegración de los rebeldes. Parece ser que el acuerdo total de paz, es cuestión de semanas, incluso días, entre el gobierno y la Guerrilla del LRA. Las personas como José Carlos, que tanto han luchado para que llegara este momento, se siente alegres, aunque saben mejor que nadie todo lo que queda por hacer.

La guerra de Uganda, como muchas otras de África, hunde sus raíces en la época colonial. Los ingleses, aprovecharon la división cultural que había entre las etnias del norte y las del sur para ejercer un dominio práctico e indirecto. Al llegar a la independencia, en 1962, la situación que habían creado era: los del sur tenían todos los favores, como la educación y el acceso a la riqueza, y los del norte, considerados por los ingleses no válidos para estudiar, habían sido utilizados para las fuerzas armadas y la policía. Así, los del sur tenían el poder político, pero los del norte tenían los fusiles. Como era de esperar, esta situación no duró mucho. El primer golpe de estado llegó en 1966, de manos de Milton Obote, del norte. En 1986, Yoweri Museveni, un jefe de guerrilla del sur, llegó al poder con esas mismas credenciales, las armas.

No es la de Uganda la única guerra que comienza por el miedo y la desconfianza extrema. En el 86 los del norte empezaron a temer que los del sur habían llegado al poder para vengarse por los abusos sufridos y para matar a los del norte, sobre todo la etnia acholi, los más numerosos. A la vez, las tropas del nuevo ejército de Museveni empezaron a cometer toda clase de atropellos al intentar recuperar las armas de los del norte. Esto acabó desencadenando la guerra, mientras que el gobierno no le daba importancia a nada, para salvaguardar su imagen hacia el exterior.

Para José Carlos, si el Gobierno de Museveni es culpable de haber ocultado al mundo la tragedia que se vivía en el norte durante tantos años, diciendo cada vez que la prensa le preguntaba por la guerra: “No hay guerra en el norte, simplemente tenemos un pequeño problema de vandalismo que está a punto de solucionarse”, la comunidad internacional es culpable de haberlo creído.

El Gobierno de Uganda, que estaba entre esos pocos ejemplos, según la comunidad internacional, de éxito económico y de lucha contra el SIDA, con un líder de los de la “nueva generación”, que ya no iban a cometer los errores de los dictadores que les precedían, era puesto como modelo a seguir y se cerraban los ojos ante lo que ocurría lejos de la capital Kampala. El ejército de Museveni, para acabar con la guerrilla del LRA, decidió despoblar el norte, para que la población no les apoyase, acogiese o abasteciese. A partir de 1996, empezaron a recorrer los pueblos de la selva obligando a la gente a marcharse de inmediato. Bombardeó poblaciones enteras y empezó a concentrar a todos estos desplazados forzosos en centros, al lado de la carretera, sin ningún tipo de servicio ni preparación. La gente se contaba por decenas de miles y “sólo Dios sabe cuántos murieron allí por falta de atenciones médicas y alimentos”, recuerda José Carlos. Aunque para la comunidad internacional estos se llamaban “poblados protegidos”.

Por otra parte, como Museveni había apoyado a los rebeldes del SPLA, en el sur de Sudán, el Gobierno central de Jartum empezó a apoyar a los rebeldes del norte de Uganda, del LRA, de Kony. El Gobierno de Sudán les proporcionó apoyo logístico en enclaves a 70 u 80 kilómetros del norte de Uganda. Desde allí los rebeldes hacían incursiones en los poblados ugandeses y volvían al seguro Sudán. Secuestraban niños y atacaban los poblados.

El ejército de Museveni, no estaba muy interesado en acabar con aquello. Digamos que no le daba demasiada pena que los Acholi, sus archi-enemigos políticos, estuvieran sufriendo. El ejército podría haber actuado de manera efectiva contra estos ataques, pero decidió no hacerlo. A su vez Sudán se veía beneficiado por esta situación, porque, además de desestabilizar Uganda, los rebeldes del LRA, les traían cada vez que hacían una incursión entre 600 y 800 niños, atados en fila con cuerdas, como esclavos, que les venían muy bien para utilizarlos como combatientes contra su propio grupo rebelde, el SPLA. Al fin y al cabo, los que morían no eran sudaneses. Se calcula que alrededor de 20.000 niños han muerto en combate y la comunidad internacional, impasible.

Cuando el sur de Sudán logró su casi independencia y empezaron a gobernar los que antes eran rebeldes, el SPLA, los rebeldes de Uganda dejaron de recibir apoyo y se marcharon a la selva de Garamba, en la vecina República Democrática del Congo. En este país, tampoco molestaba demasiado alojar a los enemigos del gobierno de Uganda. De todos es sabido que Kabila, el presidente de Congo R.D., no se lleva bien con Museveni, porque este, con su ejército, participó en las dos guerras del Congo y en el saqueo masivo de sus riquezas naturales. Desde ahí operan unos 1.000 efectivos del ejército de Liberación del Señor, LRA, de Joseph Kony, desde hace más o menos dos años.

Otro aspecto de la intrincada situación de Uganda, que nos explicó profusa y claramente José Carlos Rodríguez el pasado día 26, en la Fundación Sur, es que cuando en 2002 se firma el protocolo de Roma, se crea el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Hasta ese momento, cada vez que se quería juzgar a criminales de guerra, se establecía un tribunal Ad Hoc, véase Ruanda o Yugoeslavia, pero con este nuevo tribunal se podrá juzgar a todos los criminales del mundo. Por aquel entonces ya se hablaba en la ONU de la tragedia Uganda y surgía una especie de mala conciencia por los dobles baremos que se usan en el mundo, por las guerras olvidadas, como la de Uganda. Para solucionar esto, deciden empezar por ahí mismo, por el norte de Uganda, que no por el Sur. Lanzó una orden internacional de captura contra los principales líderes de la guerrilla del LRA, como no tiene policía para hacer que les arresten, y parece ser que nadie está dispuesto a hacerlo, pues ahí quedó todo. Pero los ugandeses se preguntan ¿Quién va a juzgar a la otra parte? ¿A los altos mandos del Gobierno? Puesto que también cometieron crímenes de guerra.

Los ugandeses están tan cansados de guerra y violencia que están dispuestos a perdonar, con tal de que su pesadilla termine. No quieren complicarse más, en la cultura acholi se tiene muy en cuenta la reconciliación y la reintegración para resolver conflictos, es así como quieren resolver su conflicto. Un conflicto que, en palabras de José Carlos está ahí, “en los anales de la historia de la vergüenza internacional”.

Con la ayuda de los grupos de paz que la sociedad civil y los líderes religiosos habían montado, a partir de 1997, arriesgando sus vidas para dar a conocer al mundo esta guerra olvidada, la comunidad internacional fue conociendo y condenando la crisis. El Gobierno de Museveni ya no pudo ocultarlo más, y tuvo que acceder a negociar, lo hizo en julio de 2006.

Las negociaciones se han llevado y se llevan a cabo en Juba, capital del Sur de Sudán. Con muchos altibajos, parece que las conversaciones han dado sus frutos en 2008. José Carlos está feliz por las buenas noticias sobre los acuerdos de paz.

¿Sus apreciaciones sobre el proceso de mediación de Juba? sin mala intención, se ríe un poco del entorno de los mediadores de Juba, que corren el riesgo de coger una insolación si salen del hotel con aire acondicionado. Comparable al riesgo que él y sus compañeros corrían en 2002 y 2003, al entrar en la selva a hablar con los rebeldes y llevarle sus mensajes al Presidente y viceversa; al acudir a los lugares donde acababa de producirse un ataque, para hacer fotos a los muertos y mostrar al mundo que eran niños; al indagar para hacer una lista lo más exhaustiva posible de muertos, desaparecidos, secuestrados, etc. y enviárselas a Naciones Unidas, Amnistía Internacional...; al irse a dormir con los niños que huían en la noche de las aldeas, para dormir en la calles de las ciudades, por miedo a ser secuestrados, los “night commuters” (los que se trasladan de noche). Aunque eran cerca de 40.000 fueron invisibles hasta que los líderes religiosos se plantaron cuatro días consecutivos a dormir con ellos, así se hicieron visibles, teniendo al lado acostado al mismísimo obispo. “Los medios de todo el mundo iban con sus cámaras de televisión a vernos allí acostados, eso le sentó fatal al Gobierno, pero no pudo hacer nada”, recuerda José Carlos. “El nombramiento del mozambiqueño, Joaquim Chissano, como jefe de las negociaciones de Juba ha sido un factor clave”, añade. Chisssano, el antiguo presidente de Mozambique, negoció con los rebeldes en su país, porque vio que negociar es el único camino para la paz, y la alcanzó, y eso es lo que preconizó en Juba, y José Carlos lo aplaude.

“En España Uganda nunca ha salido mucho en la prensa, ni siquiera ahora. Es una pena, porque esta sí que es una historia con un buen final” se lamenta José Carlos para finalizar su charla. La gente está volviendo a sus casas, la gente ha mostrado sensatez y ha dicho basta ya, vamos a hablar, vamos a buscar la paz nosotros mismos. Un buen final. Un final de Paz.

Fundación Sur


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