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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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Mis otras Áfricas: Kenia, Por José Carlos Rodríguez Soto

11 de abril de 2008.

He perdido la cuenta de las veces que he visitado Kenia . Desde la vecina Uganda, es destino casi obligado para acudir a reuniones, hacer compras y encontrar un lugar donde descansar. La primera vez que acudí, en abril de 1986, Uganda era un país que acababa de salir de una guerra y décadas de caos y desorden. En aquella época Kenia se presentaba como un paraíso donde se encontraba de todo en las tiendas, se vivía en paz y los servicios parecían ser medianamente decentes. Me acuerdo que lo primero que me llamó la atención al cruzar la frontera es que había aceras en las calles y las farolas funcionaban, cosa que no se veía entonces en Uganda. Además, acudían turistas en masa atraídos por sus parques nacionales y las playas del Índico. El trayecto más interesante fue uno de 24 horas que hice en tren de Kampala a Nairobi en un ferrocarril tristemente desaparecido.

Aunque ya por aquel entonces empezaban a cocer habas a calderadas, al cruzar de Uganda a Kenia me invadía una sensación de alivio. Diez años después, a mediados de los 90, empecé a notar el sentimiento de tranquilidad al realizar el trayecto a la inversa y volver de Kenia a Uganda. La delincuencia aumentaba de forma galopante, el presidente Arap Moi se mostró como un dictador implacable, el abismo entre pobres y ricos se abrió sin remedio, la corrupción se instaló como forma de vida en todos los lugares y los políticos empezaron a usar las universidades tribales como instrumento para manejar a su antojo, especialmente en la región del Valle del Rift. De Kenia se repetían muchos tópicos, como que era “un oasis de paz y estabilidad en medio de una zona de conflictos”. Era verdad que los países próximos como Somalia, Sudán, Uganda, Burundi, Ruanda o el Este de la República Democrática del Congo se hundían en guerras interminables. Pero en Kenia pasaban también cosas muy serias que todos preferían esconder debajo de la alfombra. Hasta que estallaron después de las últimas elecciones presidenciales el 27 de diciembre del año pasado.

Siempre que acudía a Nairobi para visitar amigos o participar en algún encuentro me pasaba por la parroquia de mis compañeros combonianos en Kariobangi. Allí, en el “slum” miserable de Korogocho, me daba cuenta de cómo hería la realidad lacerante de la verdadera Kenia, la que no está en los circuitos turísticos. Tres cuartas partes de los casi cuatro millones de habitantes de Nairobi viven hacinados en condiciones infrahumanas en estos arrabales que apenas representan el 5% del suelo de la capital keniana. Chabolas sin agua corriente, ni luz, ni saneamiento, donde la gente utiliza de noche bolsas de plástico a falta de retrete para después lanzarlas al aire en una nueva versión del “agua va!” Arrabales enormes donde la gente malvive en medio del paro, el alcoholismo, las luchas entre bandas rivales, la violencia doméstica, el fracaso escolar y mil males más. En estas condiciones, los jóvenes sin futuro son carne de cañón fácil de manejar para políticos sin escrúpulos que juegan con los sentimientos más bajos de odio étnico.

En Kenia los ingleses cometieron el grave error de quitar las mejores tierras a la gente autóctona para dárselas a los colonos. Y la independencia vino tras una guerra cruel protagonizada por la revuelta de los Mau-Mau . Y como ha pasado en muchos países africanos, la población quedó profundamente desilusionada al ver que la revolución del padre de la patria Jomo Kenyatta quedó en el agua de borrajas de una corrupción rampante y la emergencia de un élite kikuyu que tomó el relevo de poder de manos de los antiguos jefes coloniales. Este mala política continuó con Arap Moi, a quien a pesar de todo los países donantes no miraban con malos ojos. A más de un diplomático europeo he oido yo hace algunos años susurrar en elegantes barrios residenciales de Nairobi que después de todo los africanos están mejor con dictadores con tal de que no sean demasiado brutos.

Cuando no tuvo más remedio que aceptar el multipartidismo en los años 90, Moi siempre supo jugar la baza de dividir a la oposición para mantenerse en el poder. El triunfo, en 2002, de Mwai Kibaki abrió un paréntesis de esperanza que duró muy poco. La corrupción no hizo sino aumentar, la inseguridad rampante –sobre todo en “Nairobbery”- ganó terreno a pasos de gigante y el gobierno se caracterizó por un estilo de liderazgo de “manos fuera”, como quedó de manifiesto en julio de 2005 cuando más de cien personas perdieron la vida en luchas tribales en la desértica región de Marsabit y el presidente no se dignó ni aparecer por allí. Pero sobre todo, la política y la economía del país siguieron en manos de la élite kikuyu de siempre, y de aquellos barros vinieron los lodos del odio tribal que estalló tras las elecciones de diciembre de 2007. Más de 1.500 personas murieron en choques entre lúos y kikuyus, y varios cientos de miles fueron desplazadas de sus hogares. Ahora, con el acuerdo de paz alcanzado por los buenos oficios mediadores de Koffi Annan , parece que las cosas pueden volver a su cauce, aunque se tardará mucho en conseguir una verdadera estabilidad que seguramente nunca existió de verdad.

Kenia ha tenido siempre una sociedad civil muy activa, cuya representante más conocida ha sido la premio Nóbel de la paz Wangari Maathai , fundadora del “Green Belt Movement”. También la Iglesia Católica , sobre todo el antiguo arzobispo de Nairobi Raphael N’Dingi , se ha caracterizado por hablar alto y claro frente a los abusos de los poderosos. Como me ocurre siempre en cualquier país de África que visito, al final me quedo con el recuerdo entrañable de misioneros y gentes de Iglesia que se desviven por ayudar a las personas que viven en los lugares más olvidados y pobres, en este caso en los slums de Nairobi, pero también en las regiones semiáridas de Pokot y Turkana.

José Carlos Rodríguez Soto



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