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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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África exporta médicos al mundo desarrollado. Por José Carlos Rodríguez Soto

13 de abril de 2008.

Cualquier persona que haya vivido en algún país africano y se haya molestado en salir más allá de la capital no ha dejado de ver una estampa habitual que habla por sí sola: cientos de personas esperando pacientemente a ser atendidos en algún hospital o dispensario donde escasea el personal sanitario. En la primera misión donde trabajé en el norte de Uganda había un hospital de 350 camas atendido por tres médicos, de los cuales sólo uno era africano. Era el único hospital para una zona habitada por medio millón de habitantes. No es un caso excepcional. Y lo peor es que uno de cada cuatro médicos africanos –formados en sus países de origen- se marcha de su país para trabajar en Europa, América del Norte o los Emiratos del Golfo. Lo acaba de decir la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Estos y otros datos de la OMS se hicieron públicos en un reciente simposio celebrado en Kampala (Uganda) del 2 al 4 de marzo sobre la fuga de personal médico de países africanos. Según la OMS en el mundo faltal 4 millones de médicos, enfermeros y comadronas. Lo peor del caso es que en esto, como en muchas otras cosas, África se vuelve a llevar la peor parte. África sólo cuenta con el 3% de los trabajadores sanitarios del mundo, y los pocos que tiene se le van. Cada año 20.000 médicos y enfermeras emigran en busca de mejores oportunidades. Las consecuencias la pagan los propios africanos, para los cuales recibir una atención médica mínima –no digo de calidad porque sonaría demasiado pretencioso- es un lujo inalcanzable.

Hay países donde el director de la maternidad de un hospital gana (cuando le pagan) 13 euros mensuales. Si este médico emigrara a Londres o Washington podría ganar 9.000 euros mensuales, que es el ingreso de sus colegas con su mismo nivel de responsabilidad.

El año pasado la Comisión Internacional Global de Migraciones ponía dos ejemplos muy gráficos: En la ciudad inglesa de Manchester trabajan hoy más médicos de Malawi que en todo Malawi. Y en Zambia, de un total de 600 médicos que terminaron la carrera desde el año de su independencia, la mitad han emigrado.

En estas circunstancias, es comprensible que quien tenga la oportunidad se vaya de África para ganar más y promocionarse mejor. Pero es que además los países ricos tienen políticas migratorias que favorecen esta fuga de cerebros. Es la otra cara del tema de la inmigración, la de los que no vienen en pateras ni suponen ninguna “amenaza” ni “peligro” para ningún político de los que dicen que hay que poner “orden y control”. En el fondo, esto supone que se trata al ser humano como una mercancía. Cuando el inmigrante es pobre y tiene poca formación se le suele explotar para los trabajos que los europeos no quieren hacer. Y cuando tiene una alta cualificación profesional se intenta atraerle sin reparar en el daño que se hace a su país de origen. Si tenemos en cuenta en lo que cuesta a un profesional sanitario en África, por cada facultativo que sale de este continente, el país afectado pierde 370.000 euros. Un alto funcionario de Naciones Unidas llamaba a este fenómeno el “síndrome de Robin Hood a la inversa”: robar a los pobres para dárselo a los ricos.

Naturalmente, también hay factores culturales que influyen en este estado de cosas. Casi siempre sucede que quien termina la carrera de Medicina ha sido ayudado por sus parientes, quienes han realizado grandes sacrificios económicos para que su “hijo” llegue muy alto. Una vez que el joven doctor se ha situado, éste comienza a recibir la visita de hermanos, tíos, primos y sobrinos, quienes esperan recibir de su privilegiado pariente favores y donativos para todo tipo de necesidades. Al final, la presión social llega a ser tan insoportable que quien tiene una oportunidad de poner tierra de por medio lo hace.

Al final de los tres días de simposio sobre este tema, la OMS declaró que mejor solución sería dedicar más dinero a que médicos y enfermeras tengan mejores pagas y permanezcan en su propio país. Pero también los países desarrollados deberían tener criterios más éticos y no “pescar con dinamita” a unos médicos que cuando faltan dejan a los pacientes más necesitados del mundo sumidos en la mayor de las miserias.

José Carlos Rodríguez Soto



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