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Inicio > Bitácora africana >
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Prado, Teresa

Miembro de la Fundación CEAR en Mauritania

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Mauritania, una encrucijada en la ruta de los refugiados, Por Teresa Prado

11 de abril de 2008.

En Mauritania, un país con poco más de tres millones de ciudadanos, existe una elevada concentración de población inmigrante, localizada sobre todo en las ciudades de Nouakchott (capital administrativa) y Nuadibú (capital económica y punto de salida principal de los cayucos que se dirigen a Canarias). Entre los extranjeros encontramos refugiados y solicitantes de asilo, aunque también hay personas que desconocen que pueden acceder a una protección internacional. La mayoría de los refugiados que viven en este país no pretenden llegar a Europa a toda costa, sino que su deseo es poder vivir en paz e iniciar una nueva vida en un lugar seguro, preferiblemente en un país africano por las similitudes culturales, aunque la ilusión de la inmensa mayoría es regresar a su país si se diesen unas condiciones de retorno seguro.

Muchos de estos refugiados han llegado a Mauritania después de haber pasado por otros países, como Gambia, Senegal o Guinea Bissau, procedentes de naciones como República Democrática del Congo o Guinea. Mauritania, y en particular Nuadibú, es uno de los lugares de África occidental en los que existen mayores oportunidades laborales, un hecho conocido en esta región. Sin embargo, una vez instalados en Mauritania, si sus expectativas no se cumplen, algunos se plantean continuar el viaje hasta territorio europeo, entre otras razones por las carencias sociales del país y la proximidad a su país y los problemas de seguridad que ello entraña. La mayor parte de los que adoptan la decisión de continuar hasta Europa expresan que no desean recurrir a vías irregulares, pero desconocen la existencia de opciones como el reasentamiento o la posibilidad de solicitar asilo en los consulados de algunos países.

Por otra parte, entre los cientos de inmigrantes que salen de Mauritania con destino a Europa hay potenciales refugiados (marfileños, guineanos, congoleños…) que no han iniciado ningún procedimiento de protección internacional por diferentes razones, en algunos casos porque prefieren solicitar asilo en Europa. La ruta más utilizada es embarcarse en un cayucos ya que atravesar el Sáhara Occidental (territorio ocupado militarmente por Marruecos desde el otoño de 1975) es muy peligroso puesto que existe una zona minada en la frontera entre ambos territorios.

En el procedimiento de asilo en Mauritania, ACNUR cumple un papel importante ya que este organismo, junto con dos ONG locales con las que tienen un convenio (APEAH en Nuadibú y ALPD en Nouakchott), localiza a los posibles refugiados, los entrevista y decide qué casos va a defender ante las autoridades mauritanas. En un primer momento, estas dos organizaciones entrevistan a los posbiles refugiados y, si consideran que podrían merecer protección internacional, ACNUR les realiza una segunda entrevista. Si este organismo considera que son refugiados les entrega un documento que acredita que están bajo su amparo y que debe renovarse cada cuatro o seis meses, cuyo único efecto es que evita una expulsión en virtud del principio de devolución, pero no implica una autorización de residencia o de trabajo. Posteriormente, tanto a través de ACNUR como a título individual, pueden presentar su caso ante la Comisión Nacional Consultiva para los Refugiados, de carácter interministerial y dependiente del Ministerio del Interior, que puede otorgarles el reconocimiento de Mauritania como refugiados.

También conviene tener presente que el concepto de refugiado que ACNUR utiliza en Mauritania (orientación que sigue la citada Comisión) depende esencialmente del lugar de origen, por lo que aquellas personas procedentes de países considerados “seguros” pueden verse privadas del estatuto de refugiado. Son los ciudadanos de Togo, Liberia, Sierra Leona, Costa de Marfil y Guinea quienes logran la mayor parte de los reconocimientos como refugiado bajo mandato de ACNUR, aunque últimamente los liberianos y los sierraleoneses están dejando de lograr protección ante el “retorno a la democracia” en estos países.

Djibril Ba, secretario general de la APEAH, ofrece las siguientes cifras relativas a 2007 y la ciudad de Nuadibú. Entre el 1 de enero y el 18 de octubre se habían registrado 119 personas con estos perfiles: 17 mujeres y 102 hombres; 83 ciudadanos liberianos, 21 marfileños, 11 sierraleoneses y 4 togoleses. Durante este periodo ACNUR sólo concedió 7 acreditaciones de refugiados bajo su amparo y se renovaron 64.

En cuanto a la situación social de los refugiados, es bastante complicada. Las ayudas existentes, otorgadas por ACNUR, tienen un carácter estrictamente humanitario y favorecen a las personas o familias más vulnerables, con dotaciones económicas para alimentación y alquiler de vivienda. A esta vulnerabilidad socioeconómica, se une la discriminación que los refugiados sufren por su condición de extranjeros en una sociedad de marcado carácter clasista y racista.

TESTIMONIO

“Mi nombre es E. A. B., soy de Sierra Leona. Llegué a Nouakchott en diciembre de 1998 y desde entonces he vivido en Mauritania, aunque en algún momento me gustaría vivir en otro país. La sociedad mauritana es muy racista y no es fácil encontrar trabajo o alojamiento. Además, la vida es muy cara aquí y lo salarios son bajos.

Tengo un certificado de ACNUR que dice que soy refugiado, pero tengo que renovarlo cada seis meses, lo que dificulta la búsqueda de un puesto de trabajo, ya que los empresarios no quieren trabajadores que no saben si podrán seguir contando con ellos más adelante. Por otra parte, la ayuda social que nos otorgan es insuficiente, de hecho sólo la recibí durante los tres primeros meses una vez que me reconocieron como refugiado en Nouakchott. Nos dieron dos mil ouguiyas (la moneda local) para cubrir nuestro alojamiento durante tres meses y un saco de arroz para cuatro personas, algo de aceite y poco más. Después, la ayuda se acabó porque la reservan para familias y mujeres solas con niños.

Sé que en otros países los refugiados tiene permisos de un año o incluso de cinco años. Aquí no: cada seis meses nos dicen si nos siguen considerando todavía refugiados. Y eso es muy duro porque no sabemos qué va a ser de nosotros. He perdido todo el contacto con mi país porque hace casi diez años que vivo en el exilio. Desconozco qué me sucedería si regresase ahora, la situación no es fácil; aunque ya no hay guerra, están ahí las consecuencias”.

Teresa Prado ha sido miembro de la Fundación CEAR en Mauritania.



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