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Ordoñez Ferrer, Carlos

Carlos Ordoñez Ferrer como él dice "Antes fui realizador de televisión. Ahora soy activista, viajero y escribidor. Es mejor para la salud" .

Colaborador de MUGA El Centro de Estudios y Documentación sobre Inmigración, Racismo y Xenofobia, MUGAK, impulsado desde SOS Arrazakeria, Organización que viene desarrollando su labor desde 1995.

Carlos Ordoñez Ferrer ha pasado nueve meses en Mozambique tiempo en el que ha escrito su blog Mozambiqueando que a partir de ahora podremos encontrar en nuestra página web

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Ilha Moçambique, por Carlos Ordoñez Ferrer

Los árabes llegaron en el año 900. Seis siglos más tarde, los colonos portugueses los expulsaron y se hicieron dueños de lo que tampoco era suyo. Nos encontramos es uno de los lugares más legendarios del norte del país. Punto donde convergieron navegantes chinos, hindús, europeos, árabes. Fue capital del país antes que Lourenço Marques, la posterior Maputo. Ilha Moçambique es una isla de 400 metros de ancho por cuatro kilómetros de largo. Está unida al continente por un curioso y estrechísimo puente de tres kilómetros. A nuestra llegada, un atardecer de lujo anaranjaba y enrrojecía el cielo. El mismo que vemos Oscar y yo.

El entorno es de una belleza difícil de adjetivar. Playas vírgenes que se visitan con los dhow, los barcos de vela más hermosos del mundo. Rincones mágicos para el submarinismo. Aguas tan trasparentes como el oxígeno.

La ciudad, ¿cómo lo diría? Es un decorado de postguerra. Su arquitectura da muestra de una prolongada presencia colonial. Una localidad de edificios decadentes, desgastados, carcomidos. Dentro de sus paredes de piedra hay supervivientes alrededor de pequeñas hogueras. No se escuchan ráfagas ni cañonazos. Las bombas del tiempo son silenciosas. Ahí está el hospital más importante que tuvo África. Hoy, entre sus columnas enmohecidas y paredes sin restaurar dormitan los enfermos a la espera cualquier milagro.

Nos alojamos en la posada Casa Gabriel, un arquitecto italiano que lleva casi una década aquí. Uno de esos curiosos seres que es capaz de convivir a un palmo de la miseria y dormir a pierna suelta. Pero un tipo simpático y acogedor. Su pensión nos reconforta después de seis horas de viaje desde Pemba. Se encuentra a diez metros de la Mezquita. Su ulema nos recordó a las cuatro de la mañana a través de los altavoces que Dios es Grande. Ahora que el papa católico acaba de decir que el infierno existe y es un lugar físico, no me atrevo a cuestionar asuntos de tamaño.

Al día siguiente alquilamos un dhow. La tripulación la componían Mamude (el relaciones públicas), Zè (el capitán de 19 años que sólo hablaba cuando era necesario que el pasaje nos sentáramos a un lado o al otro de la embarcación para facilitar las maniobras), Salufa (el segundo a bordo) y Yusuf (un simpático marinero principiante). Los pasajeros éramos Viola, Fer, Edna y un servidor. Fuimos primero a Carrusca. Una playa con una piscina natural entre rocas. He de reconocer que soy un soberano miedoso con el agua. Sin embargo, esta vez, me puse las gafas de bucear y nadé entre peces de los colores más hermosos. Me encantó la experiencia. Volvimos al dhow y fuimos a Varanda, otra playa donde un restaurante nos invitó a sentamos a comer. Cuando llevábamos más de una hora y varias cervezas esperando al pescado, le dijimos al camarero que teníamos algo de prisa, ya que la marea bajaba y nuestra embarcación debía de salir. “Aún no han empezado a hacer lo de ustedes” fue la respuesta. Un turista con prisa y quince días de vacaciones hubiera montado un follón de campeonato. Nosotros, en nuestro proceso de adaptación nos fuimos con el estómago triste y la cabeza alegre por las cervezas. Tuvimos que caminar largo rato entre los manglares ya que la embarcación había debido retirarse a la par que la marea. Teníamos el viento en contra, pero la pericia de nuestra tripulación consiguió regresar al puerto de Ilha a punto de anochecer.

Al desembarcar nos esperaba Dominão, un jovencito de diez años. “Quiero que me regale unas sandalias” me dijo. Miré sus pies descalzos. Obviando toda reflexión acaté su requerimiento.

Nos acercamos al jardín de la memoria. Un patio financiado por la UNESCO que recuerda que este lugar fue uno de los principales puertos de tráfico de esclavos. Una placa cuenta que “…centenas de milhares de mulheres, de crianças e de homens transitaram pela Ilha. Eles eram armenazados, vendidos e depois levados à várias partes do mundo, como às Ilhas do Océano Índico, América do Sul e do Norte…”. Antes, este “viaje” era obligatorio. Ahora la migración está criminalizada. Especialmente en los países que practicaron la esclavitud.

Esa noche caminé entre las calles silenciosas. Multitud de personas dormían sobre esterillas en el suelo, a las entradas de las casas, junto al hospital, en las esquinas sin alumbrar. Mi corazón iba encogido. No me quise hacer más preguntas y me fui a dormir.

Estábamos en uno de los lugares más hermosos del norte de Mozambique. Destino turístico. Historia viva. Donde ese Dios tan Grande hace tiempo que no viene.



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