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Caballero, Chema

Chema Caballero nacido en septiembre de 1961, se licenció en derecho en 1984 y en Estudios eclesiásticos en 1995 Ordenado Sacerdote, dentro de la Congregación de los Misioneros Javerianos,
en 1995. Llega a Sierra Leona en 1992, donde ha realizado trabajos de promoción de Justicia y Paz y Derechos Humanos. Desde 1999 fue director del programa de rehabilitación de niños y niñas soldados de los Misioneros Javerianos en Sierra Leona. En la , desde abril de 2004 compaginó esta labor con la dirección de un nuevo proyecto en la zona más subdesarrollada de Sierra Leona, Tonko Limba. El proyecto titulado “Educación como motor del desarrollo” consiste en la construcción de escuelas, formación de profesorado y concienciación de los padres para que manden a sus hijos e hijas al colegio.

Regresó a España donde sigue trabajndo para y por África

Tiene diversos premios entre ellos el premio Internacional Alfonso Comín y la medalla de extremadura.

Es fundador de la ONG Desarrollo y educación en Sierra Leona .

En Bitácora Africana se publicarán los escritos que Chema Caballero tiene en su blog de la página web de la ONG DYES, e iremos recogiendo tanto los que escribió durante su estancia en Sierra Leona, donde nos introduce en el trabajo diario que realizaba y vemos como es la sociedad en Madina , como los que ahora escribe ya en España , siempre con el corazón puesto en África

www.ongdyes.es

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¿Dónde estabas?, por Chema Caballero

19 de enero de 2010.

Fue el 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos y, aquella vez, la suerte le tocó a Lisboa. A las nueve y media de la mañana de aquel soleado día de fiesta la mayoría de los lisboetas estaban en misa o paseando por las calles de la ciudad. De repente, un enorme temblor sacudió a la ciudad destruyendo la mayoría de los edificios y sepultando a gran parte de la población bajo los escombros.

Los que sobrevivieron al temblor tuvieron que enfrentarse al maremoto (o tsunami) que vino a continuación con olas de hasta veinte metros de altura y que barrió casi toda la ciudad. Las zonas no afectadas por el maremoto se vieron envueltas en incendios que duraron cinco días en apagarse. Parece que un tercio de la población de Lisboa, unas cien mil personas, murió aquel día.

Todo el litoral atlántico fue víctima del desastre natural. En Marruecos, por ejemplo, se calcula que murieron unas diez mil personas y en Cádiz, la fuerza de las olas rompió las murallas arrastrando sus pesadas piedras mar adentro.

En esta última ciudad, según me contaba mi amiga Margarita Forné el verano pasado cuando recorríamos sus calles, a la gente le dio tiempo a sacar el estandarte de la Virgen de la Palma y el cura que lo llevaba le plantó cara a las olas y les gritó “Hasta aquí habéis llegado” y el mar retrocedió. En la calle de la Palma hay una placa que recuerda la gesta.

Como consecuencia de esta catástrofe Voltaire publicó su famoso “Poema sobre el desastre de Lisboa”, subtitulado “Examen del axioma: ‘Todo está bien’”. Una crítica a lo que su amigo, Alexander Pope, sostenía: “La obra de Dios es perfecta y cada suceso ocupa un lugar preciso dentro de los planes divinos”. O lo que, el también amigo de Voltaire, Leibniz, defendía: “Habitamos en el mejor de los mundos posibles”.

Voltaire se preguntaba: ¿Cómo podemos defender que vivimos en el mejor de los mundos posibles cuando miles de inocentes perecen en una catástrofe natural? ¿Acaso Dios, en su omnipotencia, desea que ocurran semejantes desgracias? Voltaire se atrevía a plantarle cara al optimismo racionalista del Siglo de las luces lanzándole un nuevo axioma: “Existe el mal sobre la tierra”.

Rousseau fue tocado por las afirmaciones de Voltaire e intercambió cartas con él en las que intentó justificar el mal. Alcanzó a dar una respuesta al mal físico o moral diciendo que nosotros, los seres humanos, somos los causantes de él.

Cuando miramos al terremoto de Haití y vemos las imágenes que periódicos, televisiones e internet nos están transmitiendo, podemos entender que el alto número de muertos se debe a la mala construcción de los edificios que se han desplomado sobre los que estaban dentro. La pobreza del país más pobre de América está detrás de todo esto.
Haití es un trozo de África en medio del Caribe. Sufrió un colonialismo atroz al que siguió una serie de dictadores que agotaron los pocos recursos de sus gentes. Estados Unidos intervino siempre que quiso para defender a los opresores y acallar las quejas de los oprimidos.

Cuando vivía en el South Bronx de Nueva York, en la parroquia de St. Thomas Aquinas, encontré a muchos haitianos. La mayoría había huido de la pobreza en pequeñas lanchas, arriesgando la vida para llegar a las costas de Estados Unidos. Entre ellos hablaban Patuá (patois) y, sobre todo los jóvenes, escuchaban a los Fugees y a Wyclef Jean. Fueron ellos los que me hablaron, por primera vez, de la miseria de la que huían.

Es verdad que si este mismo terremoto hubiese sucedido en un país más rico, como Japón por ejemplo, el número de víctimas hubiera sido mucho menor porque allí hay dinero para construir a prueba de seísmos. Por tanto podemos aceptar que es el egoísmo humano que genera pobrezas como la de Haití el causante de tanta muerte.

Pero entonces pueden surgir preguntas como ¿Por qué Dios permite que mueran los inocentes en vez de los culpables? ¿Por qué Dios permite la injusticia y la pobreza? ¿Dónde estaba Dios (o Bondye, divinidad máxima del vudú haitiano) cuando la tierra temblaba?

Aquí ya estamos ante el mal metafísico, un tema que lleva años revolviéndome las entrañas. He buscado respuestas en teólogos como Moltmann o Torres Quiroga que no logran convencerme. Pienso que son personas que no han experimentado el dolor o la injusticia en carne propia y que elaboran respuestas desde el sillón de su escritorio (pienso solamente, porque no conozco sus experiencias).

Esta mañana compartía estas reflexiones con Felicísimo Martínez, uno de los teólogos más honestos que conozco, el cual me decía que ante estos temas lo único que cabe es guardar silencio porque nunca podremos entender el misterio de Dios. Es como admitir que el caos, el sufrimiento, el dolor,.. se encuentran más allá del dominio de nuestra razón.

Llevo años dándole vueltas a estas ideas, llevo años cabreándome con Dios cada vez que un niño o una niña me contaban su historia de soldado o esclava sexual, cada vez que me cruzo con un amputado en las calles de Freetown, cada vez que una víctima más me cuenta su dolor, cada vez que veo las imágenes de Haití… y no encuentro respuestas. Por eso callo y me trago la impotencia y la rabia pero sigo preguntando.

Ahora todo el mundo se vuelca con Haití. Todas las ONG anuncian las cuentas donde podemos ingresar nuestro granito de solidaridad. También recibo correos que se recrean en el dolor y el horror para pedir donaciones. ¿Quién controlará que las víctimas, de verdad, reciben nuestras aportaciones, que no se utilizan para reconstruir las casas o comprar nuevos coches para las organizaciones, o se destinan a otros programas, por ejemplo? Me duele este retortijón de solidaridad que de vez en cuando nos da. Seguimos poniendo parches cada vez que se nos toca la fibra sensible pero no queremos comprometernos a hacer de este mundo el mejor de los mundos posibles.

El terremoto también me transmitía preocupación y miedo por Marcela, amiga colombiana que me acogió tantas veces en su casa de Smart Farm en Freetown. Ahora sigue trabajando para Naciones Unidas pero se trasladó a Haití. Al ver las imágenes del cuartel general de la ONU en Puerto Príncipe derrumbado se me agolparon tantos buenos recuerdos que guardo de ellas. Entre muchas cosas le estoy agradecido por haberme descubierto los libros de Laura Restrepo, las copas de vino que compartimos, la cama y la ducha caliente de su apartamento,…

Escribí a los amigos que tenemos en común y nadie podía comunicar con ella. Esta tarde, Raquel Rico desde Kinshasa me decía que está a salvo. Ella, Raquel, en cambio, lloraba la muerte de algunos amigos y personas con los que había trabajado y que ahora estaban destinados en Haití.



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