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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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Maternidad herida y mujeres refugiadas, por José Carlos Rodríguez Soto

30 de octubre de 2009.

El pasado domingo, 25 de octubre, finalizó en Ávila el Congreso "La Fuerza Espiritual de África", organizado por el Centro Internacional de Estudios Místicos. Me llamó la atención especialmente la última ponencia, sobre el tema "La Experiencia Espiritual de la Maternidad Herida: Mujeres Refugiadas y Niñas Soldado", de la trabajadora social ugandesa Margaret Ber-Iwu. Les transcribo a continuación algunos párrafos sobre la situación de las mujeres refugiadas sudanesas con las que esta mujer trabajó durante cinco años en los campos de Adjumani, en el norte de su país. Creo que son lo suficientemente elocuentes.

"Es difícil describir cómo se siente una persona que vive en un campo de refugiados. Seguramente, el rasgo más característico -y también el más dramático- de su vida es la incertidumbre y la incapacidad de hacer planes. Nadie sabe cuánto tiempo tendrá que pasar allí y al final uno tiene que labrarse allí su vida cotidiana con todas sus dificultades.

"Además de esto, ser mujer refugiada significa una carga extra que se sufre todos los días: sacar adelante a los hijos sin ayuda de un marido. Todas ellas se enfrentaban a numerosos problemas, como ver morir a algunos de sus hijos más pequeños por falta de atención médica adecuada. Todas ellas procedían de sociedades tradicionales en las que sus familias comían lo que cultivaban en el campo, pero al tener que vivir en un campo de refugiados donde como mucho podían cultivar unas pocas verduras en un pequeño espacio de tierra arrancado a un terreno pedregoso, tenían que pasar a una economía basada en el dinero, y el dinero en la mayoría de los casos sólo podían conseguirlo de una manera: cuando recibían las raciones periódicas de alimentos distribuidas por el Programa Alimentario Mundial (PAM) de Naciones Unidas, consistentes en alubias, harina de maíz y aceite vegetal, las mujeres refugiadas solían vender una parte de estos víveres para poder comprar otros alimentos, como carne, pescado y azúcar, o bien otros artículos como jabón o parafina. Las mujeres que querían cultivar por ellas mismas podían negociar con una familia ugandesa el alquiler de un trozo de terreno durante un periodo de tiempo suficiente para obtener una cosecha.

"Generalmente, el dinero obtenido por la venta de una parte de las raciones de alimentos distribuidas por el ACNUR no era suficiente para hacer frente a estos gastos, por lo que muchas mujeres se dedicaban también a la elaboración de arege, una especie de aguardiente muy consumido por los refugiados y también por la población local. Es curioso observar cómo 100.000 personas refugiadas que empiezan a desarrollar pequeñas iniciativas de economía informal terminan por poner en marcha una actividad nada desdeñable, como lo demuestra el hecho de que a los pocos meses de llegar los refugiados el mercado del campo de Adjumani se convirtió en el más grande y mejor surtido de todo el norte de Uganda. Acudían a él incluso hombres de negocios de Kampala, que compraban la comida de los refugiados, la cargaban en sus camiones, la llevaban a la capital y se la vendían en muchos casos al propio Programa Alimentario de Naciones Unidas, organismo que volvía a llevar estos sacos de alimentos a Adjumani para hacer una nueva distribución, y así volvía a empezar el ciclo económico en el que muchos kilos de alubias y de maíz recorrían una y otra vez la carretera Kampala-Adjumani en ambos sentidos. Uno no puede menos de maravillarse al ver lo que varios miles de mujeres que necesitan alimentar a sus hijos pueden poner en marcha.

"Pero no todos los aspectos de la economía informal eran tan jocosos como puede ser este. En muchos casos, las mismas mujeres que elaboraban el arege para venderlo consumían también ellas una parte y el alcoholismo entre las mujeres refugiadas se convirtió en un problema grave que era expresión de la frustración y situación de vejación en la que vivían. Algunas de las mujeres que se dedicaban a esta actividad llegaban al extremo de ejercer la prostitución, actividad que suele estar ligada a la venta de este alcohol. Muchas chicas jóvenes se dedicaban al sexo transaccional para poder pagar sus estudios en la escuela secundaria. Estas situaciones no hacen sino poner en evidencia que en un conflicto las mujeres -y los niños- son sus principales víctimas, a pesar de que son los hombres los que han empezado el conflicto y lo mantienen.

"En este contexto, yo trabajé en un programa pastoral que desarrollábamos en las comunidades cristianas. Ayudábamos a las mujeres a comenzar pequeños proyectos agrícolas para producir verduras y tomates que pudieran vender en el mercado y de esta manera obtener ingresos como alternativa a la producción y venta de alcohol. También organizamos grupos de mujeres que hacían bolsos y otras piezas de artesanía que después vendían en los mercados locales. Lo que me resultó más impactante de esta experiencia fue ver cómo mujeres muy pobres se ayudaban entre ellas para llevar una vida con más dignidad.

"El trabajo que realicé en el campo de refugiados tenía una parte de labor pastoral. Muchas de estas mujeres eran católicas y acudían regularmente a los grupos de oración que animábamos. Allí pude constatar que cuando una mujer vive en una situación de humillación permanente la oración es un espacio en el que se desahoga y vierte la amargura que crece en su alma ante un Dios que sabe que recoge sus lamentos. Como en el caso de la oración de Ana en el primer libro de Samuel, muchas mujeres gritan a Dios para que las libre, si no de la esterilidad física que impide concebir y dar a luz a hijos, al menos de las mil formas de esterilidad que convierten la existencia en un largo laberinto de penalidades e incertidumbres en el que no se sabe cómo encontrar la salida."



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