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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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Los despistes del misionero que regresa, por José Carlos Rodríguez Soto

23 de junio de 2009.

Me imagino que no es muy común que un español haga su primera Declaración de la Renta con 49 años, pero en mi caso es así, y aún estoy reponiéndome del susto después de que me hayan comunicado que tengo que pagar al fisco algo más de 1.400 euros, cosa que no le deseo ni a mi peor enemigo, sobre todo si es un mileurista como yo con familia a su cargo. Después de los chascos del año pasado, cuando tras volver de Uganda después de 20 años ni me pagaron el paro los meses que estuve buscando trabajo (me dijeron que lo que yo había hecho en África no tenía carácter de relación laboral) ni nos dieron a mi mujer ni a mí el cheque bebé cuando nació nuestro hijo. Son los inconvenientes de pasar demasiados años trabajando en el África profunda y de querer casarse con una inmigrante sin papeles. Todavía no he terminado con todo el papeleo y sigo equivocándome de cola cuando voy a alguna oficina a gestionar algo. En una de esas andanzas burocráticas el año pasado, una funcionaria poco acostumbrada a ver a pardillos como yo me espetó: “Pero señor, ¿de dónde sale usted’ ¿de la selva?”.

“Exactamente, señora”, le respondí.

Más allá de la anécdota, la verdad es que cuando un misionero se sumerge durante muchos años en un mundo remoto y conflictivo y sus preocupaciones cotidianas están formadas por desplazados de la guerra, niños soldados, gentes que mueren jóvenes por falta de atención médica y campesinos engañados y explotados por los políticos de turno, uno termina por adentrarse tanto en ese mar que cuando recala en la patria de origen cada tres años por un par de meses no se da cuenta de que está perdiendo en tren de muchas cosas. Además, hay que tener en cuenta que hay muchas Áfricas y no es lo mismo trabajar en una capital africana que 500 kilómetros más al norte en sitios donde no hay ni teléfono, ni televisión ni por supuesto conexión a internet. Durante los nueve años que yo pasé en Kitgum, cerca de la frontera con Sudán, la situación de inseguridad no nos permitía mucho salir de allí y más de un año me lo pasé con rarísimas oportunidades de viajar a Kampala, como mucho una o dos veces al año.

En estas circunstancias, tal vez no se extrañen si les digo que, si mal no recuerdo, puse mi primer correo electrónico en el año 2001 y me compré mi primer ordenador (mejor dicho, me lo compraron)al año siguiente. Fue durante unas cortas vacaciones, y no olvidaré nunca el momento en que unos amigos me condujeron a un hipermercado de artilugios electrónicos donde me quedé mirando al techo embobado y con sensación de mareo. Cuando mi amigo me preguntó si quería el ordenador con DVD le pregunté que qué era eso. Si hijo de siete años que nos acompañaba –y que parecía mucho más familiarizado que yo con todo ese mundo- me miró con ojos de incredulidad mientras exclamaba: “Pero papá, qué burro que es tu amigo. ¿De verdad que no sabe lo que es un DVD?”.

A los dos años de aquello, de nuevo en otras vacaciones, me enteré de lo que era un Ipod, aunque nunca he manejado uno. Otros campos donde se ha manifestado mi ignorancia, particularmente desde que volví de Uganda en año pasado incluyen: cómo darse de alta en la seguridad social, cómo contratar un seguro, cómo manejar un teléfono móvil con cámara (aún sigo usando el que me compré en Uganda hace ocho años), cómo usar el Facebook, cómo gestionar una cuenta bancaria y –lo peor de todo- cómo hacer la Declaración de la Renta. Seguro que me olvido de alguno más.

Claro, que en África me he familiarizado con otras cosas que seguramente la mayoría de las personas con las que trato en Madrid desconocen: cómo contar cuentos por la noche alrededor de una hoguera, en qué época del año sembrar mijo, cómo secar verduras al sol para que se puedan comer el resto del año, cómo matar una gallina, cómo rehidratar a un niño que sufre de diarrea crónica, cómo plantar árboles, cómo hacer para intentar reconciliar a dos clanes que están enfrentados, cómo hablar con unos padres cuyo hijo acaba de volver de la guerrilla y alguna más que en los trópicos pueden ser harto útiles.

Aquí en Europa, sobre todo en el mundo urbanita, cosas como estas últimas y otras parecidas seguramente sirvan de bien poco, pero yo estoy muy contento de haberlas aprendido. Tal vez sean poco prácticas, pero estoy seguro de que nos hacen más humanos.



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