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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Ordenacion de "viri probati". En Africa hay situaciones similares a las de la Amazonia, por José Carlos Rodríguez Soto

7 de noviembre de 2019.

No conozco la Amazonia, pero durante 20 años trabaje en lugares del Norte de Uganda con enormes necesidades pastorales, en comunidades rurales remotas donde los católicos veían al sacerdote, con mucha suerte, dos o tres veces al año

No he estado nunca en la Amazonia, por lo tanto durante las últimas semanas me he abstenido de escribir sobre un tema del que no tengo experiencia directa, aunque haya tenido en el pasado muchos buenos compañeros que se han dejado la piel en lugares varios de esta región y a los que he tenido la suerte de escuchar largo y tendido. He leído con mucho interés lo que se ha desarrollado en el Sínodo, incluidos los encendidos comentarios de quienes nunca han estado allí ni remotamente y han levantado acusaciones de paganismo y herejía. Una vez más se muestra que la ignorancia es muy atrevida.

No creo que el tema de la posibilidad de ordenar a hombres casados, que figura en las recomendaciones finales, haya sido el tema principal de este Sinodo, aunque por razones muy comprensibles si haya podido resultar muy llamativo y generador de titulares. No es la Amazonia el único lugar del mundo donde se haya planteado esto como solución, y aquí sí que me puedo permitir decir algo, porque durante 20 años trabaje en lugares del Norte de Uganda con enormes necesidades pastorales, en comunidades rurales remotas donde los católicos veían al sacerdote, con mucha suerte, dos o tres veces al año.

Durante mis 25 años como misionero trabaje 18 en tres parroquias del Norte de Uganda durante una época muy difícil, dominada por la guerra del LRA. En una de ellas, donde estuve nueve años, vivíamos en la comunidad tres curas: dos jovenzuelos que teníamos por aquel entonces treintaypico años y otro no tan joven de más de ochenta que llevaba 60 años en África. Teníamos algo más de 50 capillas, algunas a unos 60 kilómetros. Nada del otro mundo. Un día en que acudí a un encuentro con otros combonianos que trabajaban en Sudan del Sur escuché a jóvenes religiosos con el cansancio acumulado de tener que visitar a comunidades (que llevaban años sin ver a un cura) a más de 100 kilómetros, y a pie.

Recuerdo que empezaba mis domingos con una misa a las siete de la mañana en una de las escuelas secundarias de las que yo era capellán. Hacia las ocho salía con el coche (o a veces en bicicleta), a una sub-parroquia a 45 kilómetros donde celebraba la siguiente eucaristía hacia las nueve y media. A las once me ponía en camino para recorrer, a pie, una media de diez kilómetros para llegar a alguna de las comunidades más lejanas. Había que atravesar un rio, sin puente, con el agua hasta donde me llegara, lo que me acarreo más de una enfermedad. El ultimo ano que estuve allí intente construir uno y cuando me marche deje los pilares hechos u otro que vino detrás acabo la obra. Hacia las cuatro de la tarde regresaba, y si podía cogía el coche y volvía a la misión, y si no me quedaba a dormir allí. Teníamos suerte si la guerrilla no andaba cerca y nos podían realizar nuestro ministerio pastoral en paz, lo que no era siempre el caso. Así fueron mis domingos durante aquellos años agotadores y maravillosos. Por no hablar de los otros días. Otras veces visitaba comunidades lejanas y me quedaba allí varios días trabajando con nuestro equipo pastoral de catequistas y otros líderes laicos. Invertimos mucho en su formación porque, en realidad, eran ellos los que llevaban todo el peso del trabajo pastoral, sin cobrar nada y en circunstancias muy difíciles, a veces incluso heroicas.

Al cabo de algunos años nos enviaron a la comunidad a otro compañero, ya de más de 60 años, muy curtido en parroquias difíciles y de una resistencia física y espiritual a prueba de bomba. Fue la primera vez que escuche hablar de los “viri probati”. Argumentaba nuestro nuevo superior que debería llegar un día en que se pudiera admitir al orden sacerdotal a algunos de nuestros catequistas de probada experiencia y vida familiar ejemplar. Si es cierto que la Eucaristía es “el centro y el culmen de la vida cristiana”, tener comunidades donde la misa es un lujo excepcional del que pueden participar, a lo sumo, una o dos veces al año, es una situación anormal y a la que hay que buscar soluciones.

Siempre he pensado que esta propuesta tendría muy pocas posibilidades de prosperar en África, donde los obispos por lo general suelen ser muy conservadores y poco amigos de presentar propuestas que puedan ser interpretadas como “revolucionarias”. Los curas diocesanos que conocí hubieran sido los primeros en rechazar un clero de “viri probati” casados. Sospecho que a muchos de ellos les habría resultado tener delante de ellos un desafío difícil de digerir. En los seminarios africanos que he conocido los jóvenes curas salen imbuidos de una imagen muy clerical de sacerdocio basado en el poder y poco en el servicio. Para ser justos, en muchas diócesis africanas (y conozco unas cuantas) el problema no siempre es la escasez de clero, sino que tipo de clero existe.

Muchos problemas de atención pastoral se podrían resolver si, en lugar de concentrar un montón de curas-funcionarios en oficinas en el centro de la diócesis, se les enviara a donde realmente son necesarios. Pero para eso tienen que cambiar muchas mentalidades. Hace apenas seis años, ya apartado del ministerio, viví en un remoto lugar de África donde los tres curas concelebraban juntos todos los domingos en la parroquia central. Un día les pregunte que por que se repartian el trabajo los domingos para ir a comunidades situadas a seis, ocho y diez kilómetros y me dijeron que tenían el coche estropeado. Y otro buen día se marcharon “a unas reuniones” y dejaron la parroquia desatendida cerca de tres meses.

Por lo demás, que quieren que les diga. Que si el Papa, quien tiene la última palabra tras acabar un Sínodo, decide dentro de unas semanas dar luz verde a la ordenación de algunos hombres casados en la Amazonia, me acordaré de tantos ancianos catequistas ejemplares a los que conocí evangelizando en lugares donde había que meterse en el rio hasta el pecho y me parecerá de perlas.

Original en : En Clave de África



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