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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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"Con el debido respeto... así no, monseñor Aguirre", por José Carlos Rodríguez Soto

31 de julio de 2019.

"Desde que empezó la mision de mantenimiento de la paz en la República Centroafricana, a finales de 2014, han muerto ya 84 soldados y policías, la mayor parte víctimas de ataques, además de 22 entre el personal civil"

"Centroáfrica está considerado el país más peligroso para estos trabajadores, hasta el punto de que solo el año pasado, 2018, hubo 396 ataques a estas personas y sus instalaciones, con seis muertos y 26 heridos"

"Nos criticas porque vamos cada dos meses de vacaciones. Si asi lo hacemos no es tanto para ’desestresarnos’ (que también), sino sobre todo para poder estar algunos días con nuestras familias"

"Me parece poco prudente cargar contra un proceso de paz de diálogo en el contexto que tenemos en Centroáfrica, porque mucha gente va a caer en discursos del odio

Querido Juanjo:

He leído tu ultima colaboración en Religión Digital, titulada. "A Bangassou están llegando niños con el pelo seco como la estopa, las mejillas caídas y un poco de encefalopatía". Una vez más, no puedo estar más de acuerdo contigo en que la situación de la República Centroafricana es trágica y que la gente sufre enormemente. Lo ves tú a diario en tu diócesis de Bangassou y yo en Bangui, donde trabajo -de forma algo intermitente- desde 2013. Anteriormente estuve ocho meses en Obo.

Pero permíteme que te diga que yo, que te llevo leyendo ya siete años, siempre me quedo con una pregunta cuando termino alguno de tus posts: realmente para destacar la excelente labor que tú y la Fundación Bangassou hacéis en favor de los más desfavorecidos, ¿es necesario descalificar de forma tan amarga a quienes intentan también ayudar al prójimo desde otras instituciones? En este último te despachas a gusto contra ONGs y personal de Naciones Unidas, y creo que de forma muy injusta. Yo trabajo en la ONU desde el 2012, he estado también en ONG y anteriormente dos largas décadas con la Iglesia en África. Creo que conozco lo mejor y lo peor de cada una de ellas y por eso me permito hacer algunos comentarios. Aclaro que lo hago a título personal y no en nombre de la MINUSCA.

Vayamos por partes. Dices que “todos nuestros problemas los empezaron un grupo de fanáticos musulmanes llamados los Seleka que nos destrozaron la vida hace 4 años”. Pongamos el comienzo de la crisis mucho antes. Cuando yo llegue a Centroáfrica en el 2012 la mitad de los niños no estaban escolarizados, y el país figuraba ya como el segundo por la cola entre los más pobres del mundo. Es una pena que ha habido una tradición de un Estado predador que en lugar de dar servicios a sus ciudadanos se ha aprovechado de ellos o los ha ignorado. Y sabes perfectamente que los musulmanes han sufrido una injusta discriminación que está en el origen de esta guerra que es -aunque haya mercenarios extranjeros que pescan en el rio revuelto- en primer lugar, un conflicto entre centroafricanos.

Durante una visita que hice de un mes en 1989, me sorprendió como los cristianos (muchos curas incluidos) hablaban de los musulmanes como seres perversos, a los que negaban la condición de centroafricanos, y atribuyéndolos planes maquiavélicos para islamizar el país y conquistarlo. Una orgia de violencia como la que hemos conocido durante los últimos anos, y que por desgracia sigue aún, no surge de repente sin una larga historia de conflicto latente detras.

Cargas, como te he oido hacer siempre, contra el personal de las organizaciones humanitarias, a los que acusas incluso de llenar la piscina en un hotel de cinco estrellas de la capital donde supuestamente muchos de ellos viven. No sé si sabes que Centroáfrica está considerado el país más peligroso para estos trabajadores, hasta el punto de que solo el año pasado, 2018, hubo 396 ataques a estas personas y sus instalaciones, con seis muertos y 26 heridos. Me imagino que ninguno de los que murieron intentando ayudar al prójimo cayeron bajo las balas al borde de esa piscina. Yo he trabajado cinco años en ONG en África, Bangui incluida, y te puedo decir cuando cobre más nunca pase de los 1.400 euros de sueldo al mes (además de un año entero que me lo pase de voluntario sin cobrar nada), con lo que difícilmente pude haberme alojado en un hotel de lujo. Durante mi trabajo de ocho meses en Obo conocí a gente muy joven que habían dejado sus países con una gran motivación de servir a los más necesitados y que se estaban jugando la salud física y mental haciendo frente a situaciones muy difíciles por contratos de pocos meses. Durante unos meses en los que trabaje con dos ONG en Bangui, ni yo ni mis compañeros pasamos nunca por el Hotel Ledger, y si por barrios donde cada dos por tres teníamos que echarnos cuerpo a tierra cuando empezaban los tiroteos.

De los que trabajamos para Naciones Unidas dices que “la mayoría cobra sin hacer ni el huevo” y que nos paseamos con coches sin al parecer saber lo que ocurre en el país. Vaya por Dios. Servidor de ustedes esta todos los días en la oficina antes de las siete de la mañana y no suele salir antes de las seis o las siete de la tarde, y te aseguro que no soy el único y que tengo compañeros que trabajan incluso 14 horas al día y sin fines de semana libres. Tenemos un coche para los diez que trabajamos en el mismo equipo, lo que me obliga muchas veces a desplazarme a pie por los barrios más conflictivos. Pasarse el día intentando convencer a milicianos armados hasta los dientes que dejen de pasearse con las armas, organizando sesiones de dialogo entre comunidades enfrentadas o negociando para que liberen a un rehén o devuelvan unas motos robadas y evitar así enfrentamientos no es precisamente “cobrar sin hacer ni el huevo”.

Nos criticas porque vamos cada dos meses de vacaciones. Si asi lo hacemos no es tanto para “desestresarnos” (que también) sino sobre todo para poder estar algunos días con nuestras familias, las cuales no pueden estar con nosotros al tener que vivir en un sitio peligroso. Te aseguro que vivir separado de mis hijos pequeños no es ningún placer. Tal vez no nos juzgarías tan duramente si supieras cuantas historias de dolor y de fracaso se viven en familias donde el padre o la madre no puede estar con los suyos al volver del trabajo cada día. Espero que tu, que pasas varios meses al ano en Espana y otros paises europeos por varios motivos, lo puedas entender en lugar de tener una actitud de juzgar.

La MINUSCA, como toda institución humana, tiene sin duda sus debilidades, pero te aseguro que la gran mayoría de su personal de uniforme no vive “como tortugas dentro de su propio caparazón”. Protegen escuelas, lugares de culto, convoyes en las carreteras, campos de desplazados, realizan acciones de desarme… y no sé si sabes que desde que empezó la misión a finales de 2014 hasta hoy han muerto ya 84 soldados y policías de la MINUSCA, la mayoría por ataques, además de 22 personas entre el personal civil. He perdido ya la cuenta de a cuantos funerales de compañeros he asistido. Y aceptemos que en todas partes cuecen habas, incluida la Iglesia.

Siento un enorme respeto por los religiosos que siguen al pie del cañón en lugares muy difíciles y sobre todo por los cinco sacerdotes asesinados el año pasado -de los cuales conocía a dos- por estar al lado de su gente, pero me indigna ver a curas centroafricanos que se pasan meses en Europa o sin hacer nada en la capital mientras abandonan sus parroquias. Si yo falto un día al trabajo sin el permiso correspondiente, a mí me sancionan. En una ocasión viví hospedado en una parroquia donde sus dos curas se ausentaron durante casi tres meses. A la vuelta, nunca les vi ir a celebrar misa a un campo de refugiados congoleños que estaba a cinco kilómetros porque, según me dijeron, tenían el coche estropeado. Un campo donde, por cierto, yo que no tenía coche iba dos veces por semana a pie.

Déjame terminar con algo de esperanza. La solución al conflicto centroafricano no podrá ser nunca militar, sino el dialogo. No tengo ninguna duda de que el Acuerdo de Paz de Jartum que tanto criticas es la salida a la crisis. El problema no es el acuerdo en sí, sino como decimos todos (incluía la Conferencia Episcopal en su último mensaje de junio) el respetar sus términos, y ahí tendremos que arrimar todos el hombro. Me parece poco prudente cargar contra un proceso de paz de dialogo en el contexto que tenemos en Centroáfrica, porque mucha gente va a caer en discursos del odio y sacar una conclusión muy peligrosa: si el dialogo no sirve para nada… volvamos a coger las armas para atacar “a los mercenarios”. No sabes la cantidad de pacíficos musulmanes centroafricanos que yo conozco en Bangui que tiemblan cada vez que tiene que escuchar la acusación de “mercenarios” de sus propios compatriotas cada vez que salen de su barrio

Original en; En clave de África



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