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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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Calmar los ánimos cuando la sed de venganza arrasa un barrio de Bangui, por José Carlos Rodríguez Soto

23 de julio de 2019.

Testigo de otro brote de violencia en la capital centroafricana

Hace poco más de una semana volví a ser testigo de otro brote de violencia en la capital centroafricana que se cobró alrededor de diez muertos en apenas dos días. Llevábamos un periodo de relativa calma desde principios de año, y los incidentes que sacudieron el tercer distrito de Bangui nos hicieron recordar que los conflictos latentes o durmientes terminan por despertar, sobre todo cuando hay muchas personas que tienen armas y están dispuestas a usarlas.

Todo empezó al caer la tarde del día 10 de julio, cuando dos jóvenes ligados a uno de los grupos armados de la zona del Kilometro Cinco lanzaron una granada de mano contra la casa de un comerciante. Unos días antes ya habían tenido un rifirrafe con el cuándo quisieron que les diera combustible sin pagar y el asunto termino con un tiroteo. Tras lanzar el artefacto, uno de los parientes del comerciante murió en el acto y otros resultaron heridos. Aquello fue la chispa que inflamo el ambiente ya enrarecido. No pasaron ni dos horas cuando varios comerciantes de la misma etnia (árabe de Chad) que el fallecido se organizaron y atacaron a los compañeros de los presuntos agresores, en la zona del puente Yakite. Muchos de sus residentes y del vecino barrio de Castors huyeron de sus casas y se refugiaron donde pudieron, la mayoría en casas de sus familiares en otras zonas de Bangui.

Tras una noche muy tensa, los disparos empezaron a oírse de nuevo a eso de las cinco y media de la mañana. Yo llegue a la oficina poco después de las seis y pase la mañana pegado al teléfono intentando seguir los acontecimientos. Nuestra misión de paz desplegó a unos doscientos soldados para, conforme a su mandato, interponerse entre los beligerantes e intentar así impedir males mayores, aunque cuando hay cientos de personas bien armadas dispuestas a batirse a muerte no hay ejército en el mundo capaz de separarlos por completo. Fue una mañana tensa, en la que las detonaciones -apenas a un kilómetro de nuestra sede- nos obligaron a permanecer dentro y a movernos con rapidez pegados a las paredes de los edificios cuando teníamos que salir. Al lado de mi despacho, en la sala de conferencias, cayó una bala perdida, y otras dos en la sección de al lado, además otra más que alcanzó la luna de un vehículo aparcado dentro del cual, afortunadamente, no había nadie en ese momento.

Por la tarde, cuando parecía que los disparos habían terminado, me acerque al barrio de Castors. Desde el año pasado, durante ocho meses, acompañamos a varios de los líderes de esta zona mayoritariamente cristiana y a sus vecinos de Yakite, musulmanes, en un proceso de diálogo de paz que culminó con la firma de un “tratado de buena vecindad” entre ambas comunidades el pasado mes de marzo. Gracias a él, las escuelas volvieron a abrir y la gente pudo circular libremente entre los dos barrios. Me enteré que, a pocos metros de donde estaba hablando con la gente, los comerciantes árabes habían tomado el puente Yakite e incendiado por lo menos dos casas y un comercio, al parecer del jefe de la milicia, que se había retirado en desbandada.

Volví también al día siguiente por la mañana y encontré los ánimos muy caldeados entre la gente de Castors. Al parecer desde el día anterior había empezado a correr el rumor de que los comerciantes que habían ocupado la zona de Yakite tenían previsto continuar con su ofensiva y ocupar el barrio de Castors. Varios jóvenes empezaban a hablar de armarse y reaccionar a la menor provocación. Si esto hubiera ocurrido, la disputa habría pasado de ser un asunto interno entre la comunidad musulmana para convertirse en un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes que podría haberse extendido por todo Bangui, como ha ocurrido en ocasiones anteriores. Pasé una buena parte de mi tiempo, junto con mi compañero, a intentar disipar los rumores y calmar los ánimos. Tengo infinidad de ejemplos de cómo una información falsa puede avivar el un fuego entre los rescoldos de las emociones, la ira la desconfianza, hasta hacer estallar el incendio del odio y la voluntad de querer eliminar al otro.

Mientras tanto, varios líderes respetados de la comunidad musulmana, incluidos sus imanes, llevaron a cabo una mediación durante dos días. Cuando todo el mundo tenia miedo de acercarse a los barrios musulmanes, el cardenal de Bangui, Dieudonne Nzapalainga, realizó una visita para dar el pésame a los familiares de los fallecidos y lanzar un llamamiento a la calma y al cese de la violencia. Los miembros del grupo armado de Yakite y sus compañeros de armas de otros grupos de la zona aceptaron la condición que pusieron los comerciantes sobre la mesa: entregar a la policía a los dos presuntos autores del lanzamiento de la granada. Tras cumplir esta condición el sábado día 13, los hombres armados que aun ocupaban Yakite se retiraron. Nuestra misión de paz llevaba desde el jueves por la mañana con una presencia militar en la zona para evitar nuevos enfrentamientos. Casi todos los desplazados han vuelto a sus casas.

El domingo por la mañana, al regreso de la misa en parroquia de Fátima, pase a pie por el Kilómetro Cinco mientras caía una lluvia mansa y vi que los comerciantes empezaban, tímidamente, a reabrir sus tiendas. Ahora nos toca, otra vez, volver a empezar con mucha paciencia para que los vecinos que han vivido toda su vida juntos no vuelvan a mirarse como enemigos.

Original en : En Clave de África



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