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El Pacto del G20 con África: un largo camino a recorrer
16 de julio de 2019



Los “socios para el desarrollo” de África siguen teniendo dificultades para definir y gestionar su relación con el continente. Esto se puso de manifiesto en la cumbre del G20 en Osaka, que finalizó el pasado 29 de junio

El G20 ha sido acusado de tratar a África exclusivamente como un problema de desarrollo, excluyéndola como participante en pie de igualdad de las deliberaciones sobre el cambio climático, el futuro del trabajo, el sistema de comercio mundial y otras cuestiones importantes de las que el G20 presume que es capaz de abordar.

Cobus van Staden, del Instituto de Asuntos Internacionales de Sudáfrica, ha dicho que “si uno carece de un asiento en la mesa, es probable que esté en el menú”. Quizás esto sea cierto, aunque África está representada en las cumbres a través de los miembros permanentes de Sudáfrica y la participación regular de los presidentes de la Unión Africana y de la Nueva Alianza para el Desarrollo de África. El mundo desarrollado domina claramente, pero África no es la única región que está sub-representada.

EL G20 ha tratado de evolucionar su relación con África

Sudáfrica trata de impulsar el caso de África en el G20, aunque con un éxito limitado. Puede que haya ayudado a presionar para que se tomen medidas más duras contra la evasión de impuestos por parte de las empresas multinacionales, lo que ha costado muy caro al continente. Ha fracasado, junto con otros, en su intento de garantizar un sistema de comercio mundial libre y justo.

El G20 ha tratado de “normalizar”; su relación con África, aunque no, como sugiere Van Staden, invitando a más países africanos al círculo de los encantados. Más bien, ha intentado que la relación se aleje del nexo tradicional entre donante y receptor.

En la cumbre del G20 de 2017, los anfitriones alemanes presentaron el Pacto con África como la última iteración de la larga y a menudo angustiosa relación de la comunidad internacional en materia de desarrollo con África. En lugar de desembolsar dólares para proyectos socialmente estimulantes de la manera tradicional, el pacto proponía que los países individuales celebraran pactos con estados individuales del G20 para ayudar a mejorar sus entornos para la inversión, principalmente del sector privado.

La recompensa para los países africanos no se medirá en dólares, sino en un aumento de la inversión, incluso en infraestructura, para estimular el desarrollo mediante una actividad económica normal, impulsar el crecimiento y crear empleo. Así pues, en sus pactos, los países africanos se han centrado en reformas tales como facilitar la puesta en marcha de un negocio, mejorar la resolución de conflictos contractuales, reducir el tiempo de importación y exportación y reforzar la legislación sobre insolvencia.

El progreso de los 12 países africanos que participan en el Acuerdo del G20 con África es alentador

Dos años después, el panorama es un poco confuso. Por un lado, sólo 12 de los 54 países de África han firmado pactos con los países del G20: Benin, Burkina Faso, Costa de Marfil, Egipto, Etiopía, Ghana, Guinea, Marruecos, Ruanda, Senegal, Túnez y Togo.

Esta lista es interesante. El África occidental está bien representada, al igual que el África septentrional y, en menor medida, el África oriental. El centro y el sur de África no están representados en absoluto. Sudáfrica, que es miembro del G20 y copreside tanto su grupo de trabajo sobre desarrollo como el Grupo Asesor de África que gestiona el Pacto con África, está ausente, quizás porque siente que está gestionando adecuadamente su entorno de inversión por sí sola.

Además, los progresos de esos 12 países que participan en los pactos han sido alentadores, aunque existen ciertas señales de advertencia. En su última evaluación del Pacto con África publicada para la cumbre, el G20 dijo que los países del pacto estaban “superando significativamente las proyecciones de crecimiento mundial y regional”.

Los 12 países compactos habían mejorado su facilidad para hacer negocios. Todos menos dos habían mejorado su posición entre los 190 países medidos en términos de negocios.

“Ruanda, que ocupaba el puesto 56 en 2017, ahora ocupa el puesto 29 en el mundo, por delante de países como Francia, Polonia y Bélgica. Costa de Marfil ha mejorado su clasificación en 20 puestos; Togo ha subido 17 puestos; y Guinea ha subido 11 puestos y 1,81 puntos porcentuales”.

Sin embargo, estos valiosos esfuerzos no siempre se han traducido en una mayor inversión, donde “el panorama es más mixto”, según dice el informe. Siete de los países del pacto (Burkina Faso, Costa de Marfil, Etiopía, Guinea, Marruecos, Ruanda y Togo) atrajeron más inversión extranjera en 2018 que en 2017. Sin embargo, “en todos los países del Pacto, la tendencia es a la baja, con 30.700 millones de dólares en 2018, frente a los 54.400 millones de dólares en 2017.”

El informe advierte que el hecho de que las reformas no se traduzcan inmediatamente en una inversión extranjera directa sostenida y creciente “es un recordatorio de que otros factores, además de la estabilidad macroeconómica y el compromiso con las reformas favorables a las empresas, impulsan los niveles de inversión”. Una de ellas es la necesidad de impulsar el capital humano, principalmente a través de la educación.

El Centro Africano para la Transformación Económica (ACET) advierte que el flujo relativamente lento de inversiones puede estar empezando a generar fatiga con el enfoque del G20 hacia los pactos. El principal motivo de preocupación, sugiere, es que los países a menudo no entienden realmente el modelo de desarrollo “indirecto”.

Aunque existen otros pactos de desarrollo, como el de la Corporación del Desafío del Milenio de los Estados Unidos, éstos siguen el modelo tradicional de desarrollo en el que los países en desarrollo se comprometen a realizar cambios de política a cambio de recompensas predefinidas. ACET señala que el Pacto con África no garantiza “la promesa recíproca de inversión. Los gobiernos del G20 no han prometido apoyo directo”.

ACET culpa en parte a los gobiernos del G20 por no haber animado suficientemente a sus empresas a invertir: “esto resulta en una propuesta de valor que no es clara… existen expectativas altas de una inversión extranjera directa significativa por parte de los países del G20 como resultado [del pacto]”.

Pero el principal problema parece ser el de la gestión de las percepciones y expectativas. Los países africanos del Pacto deben ser conscientes de que las reformas puestas en marcha en el marco del Pacto con África son buenas en sí mismas, independientemente de que abran o no inmediatamente los grifos de la inversión. Inevitablemente, este va a ser un largo camino.

Peter Fabricius

Fuente: Polity

[Traducción y edición, A. Martínez Pradas]

[Fundación Sur]

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